Lena irrumpió corriendo por la puerta, seguida de cerca por su jefa Evelyn y un equipo de periodistas cargados con cámaras, micrófonos y luces. Sofía se levantó de un salto y corrió hacia su gemela, abrazándola con una fuerza que parecía capaz de fundir huesos.
Mientras tanto, Evelyn barrió la habitación con la mirada hasta que sus ojos se detuvieron en Tris, sentado en el sofá con su armadura de combate completa. Él levantó una mano a modo de saludo informal. Evelyn respondió con un leve asentimiento, claramente desconcertada, como si no supiera si saludar o buscar la salida más cercana.
Las hermanas se separaron. Lena frunció el ceño.
—Creía que estabas de misión. ¿Qué ha pasado?
Sofía sonrió con picardía.
—Nada, solo cambiaron los planes. Quien acompañará a Elora es Lia.
Lena frunció aún más el ceño.
—¿Lia? ¿Se puede saber en qué está pensando Yeon al juntar a esas dos armas de destrucción masiva? Ha perdido la poca cordura que le quedaba.
El silencio cayó como un hacha. Las palabras flotaron en el aire unos segundos demasiado largos. Todas las miradas, incluida la de Tris, convergieron en las gemelas. Uno de los periodistas, un hombre de mediana edad con cara de haber visto de todo, tragó saliva con tanta fuerza que se escuchó en toda la habitación. Otro, más joven, retrocedió medio paso sin darse cuenta. Evelyn no se movió, pero su mano derecha encontró el borde de la mesa.
Las hermanas notaron la tensión y sonrieron con cierta incomodidad. Sabían perfectamente que, tras el ataque draconarii y la revelación pública de la Unión, ese tipo de bromas ya no eran bien recibidas.
—Tranquilos —dijo Sofía, levantando las manos—. Están con nosotros.
Nadie pareció respirar con más calma.
Evelyn se acercó con paso firme.
—Jefa, permíteme presentarte a mi hermana Sofía.
—Es un placer —dijo Evelyn, extendiendo la mano con profesionalidad—. Por fin te conozco en persona.
—El gusto es mío —respondió Sofía, estrechándosela con calidez.
Un carraspeo deliberado sonó desde el sofá.
—Sí, sí, no me he olvidado de ti, Tris —dijo Lena, rodando los ojos con cariño—. Señora Evelyn, permítame presentarle a Tristán Anderson, mi compañero en la DAA.
Tris se levantó con sorprendente elegancia a pesar del peso de la armadura. Estrechó la mano de ambas con la misma economía de gestos con la que hacía todo, y volvió a sentarse. Nada en su expresión indicaba que encontrara remotamente normal estar en una sala civil con un equipo de cámaras.
—¿La DAA? —preguntó Evelyn—. ¿La nueva organización que creó el gobierno para investigar a la Unión?
—Lena nos ha hablado mucho de su hermana —añadió Evelyn, mirando a Sofía.
Tris observó a Sofía, que lucía su típica sonrisa traviesa. Alzó un dedo.
—Ni se te ocurra decir que eres nuestra niñera.
—¿Por qué no? —replicó Sofía, acercándose con actitud desafiante—. Es técnicamente correcto.
—Sofía —intervino Lena con tono cansado—. Ya basta. —Luego miró a Tris—. Y usted, señor Tristán, no tentaría a la suerte. Mi hermana puede jugar al fútbol con sus partes bajas o estrujar su cabeza como un melón con solo pensarlo.
Tris la miró un momento. Luego miró a Sofía.
—¿Eso es verdad?
—¿Quiere que se lo demuestre?
Antes de que pudiera responder, Sofía se alejó unos pasos del grupo y se volvió hacia Evelyn.
—Dígale a su gente que grabe. Les va a encantar.
El periodista veterano intercambió una mirada rápida con sus compañeros. Levantó la cámara despacio, como si no estuviera del todo seguro de querer ver lo que fuera a pasar. El joven ya estaba grabando.
Durante unos segundos no sucedió nada.
Entonces Sofía se elevó del suelo.
Sin impulso, sin esfuerzo visible, con la misma naturalidad con que alguien se recuesta en una silla. Sus pies dejaron de tocar el suelo y simplemente se quedó ahí, a metro y medio de altura, mirándolos con tranquilidad.
El periodista veterano bajó la cámara. La volvió a subir. La bajó otra vez.
—Esto… —murmuró, y no terminó la frase.
Una mujer al fondo del grupo dio un paso atrás y chocó con la pared. Evelyn no se movió, pero el color había abandonado su cara con una eficiencia admirable.
Sofía extendió un brazo hacia el sofá.
Tris y el sofá entero se elevaron hasta casi rozar el techo. Tris se aferró a los cojines con los dos puños, miró hacia abajo, y luego miró a Sofía con una expresión que oscilaba entre la indignación y el respeto involuntario.
—Está bien —dijo, con una calma que le costó evidente esfuerzo—. Punto para ti.
Con la misma facilidad, Sofía devolvió el sofá a su lugar y descendió suavemente al suelo.
El silencio duró varios segundos. El periodista joven seguía grabando, con los ojos tan abiertos que parecía que no había parpadeado en un minuto. El veterano se sentó en el brazo de una silla sin pedir permiso, como si sus rodillas hubieran tomado la decisión por él.
—Mi hermana —dijo Lena, con evidente orgullo— pertenece a las Sombras. El equipo de operaciones más peligrosas de la Unión. Se enfrentan a seres con telepatía, telequinesis, poderes que para ellos son tan naturales como respirar. Para tener alguna ventaja, ella y sus compañeros aceptaron modificaciones genéticas y cibernéticas.
Lena miró a Tris.
—Según me contó mi hermana, usted y su equipo conocieron a Elena en Japón, ¿verdad?
—Perdona —interrumpió Evelyn, todavía procesando todo—. ¿Elena? ¿Quién es Elena?
Lena sonrió con sorna.
—La actual jefa suprema de la Unión. La «gorda», como algunos la llaman.
Tris asintió lentamente, con la mirada fija en algún punto entre el suelo y el recuerdo.
—Redujo a chatarra tres ovnis grises. Convirtió en pulpa a unos diez soldados antes de lanzarlos al Sol. —Hizo una pausa—. Y luego trasladó a todo mi equipo más de tres mil kilómetros en cuestión de segundos. De Japón a Nueva York. Con un solo movimiento de brazo.