Ecos del abismo. Primera parte

La cuñada Neandertal (thalasia,2020)

La casa estaba demasiado en orden. Elora lo notó de inmediato: ni una mota de polvo, ni un objeto fuera de lugar, como si nadie la hubiera habitado nunca o alguien la hubiera preparado expresamente para ser habitada. Recorrió todas las habitaciones, pero no encontró a nadie.

Desde las ventanas se extendía una ciudad que no reconoció. Su arquitectura era viva, orgánica, como si los edificios hubieran crecido en lugar de construirse. No había humo, no había ruido, no había el caos sordo que caracterizaba a las ciudades terrestres. En cambio había árboles entretejidos con las estructuras, canales de agua que corrían entre las calles y una luz que parecía brotar de los propios materiales. No era la Tierra. Eso lo supo antes de poder formularlo.

El pitido de activación de la IA resonó en la habitación.

—Indique su pregunta, por favor —dijo la voz.

—Busca a alguien. En la casa o en la ciudad.

—Búsqueda realizada. No se detecta ninguna forma de vida inteligente ni animal. —Una pausa breve, casi dubitativa—. He ampliado el análisis al planeta completo. No hay ningún signo de vida.

Elora sintió el frío de esa frase instalarse en su pecho.

—¿Dónde estoy?

—Según la base de datos de la ciudad, te encuentras en Thalasia.

—¿Thalasia? —repitió—. No está en los registros de la Unión.

Antes de que la IA pudiera confirmar o desmentirlo, escuchó pasos a su espalda. Se giró.

Su madre adoptiva estaba ahí, de pie en el umbral, mirándola con esa sonrisa suya, tan particular, tan difícil de imitar.

—¿Madre? —Elora no entendía nada—. ¿Estás bien? Creía que seguías en la Tierra, recuperándote.

La mujer no respondió. Solo sonrió. Y entonces su rostro empezó a cambiar: primero se volvió gris, ceniciento, como si la vida lo abandonara desde adentro. Luego comenzó a descomponerse. Elora apartó la vista, el estómago revuelto, y extendió las manos hacia ella sin saber bien por qué, como si pudiera detenerlo. Pero no había nada que detener. La figura se deshizo en humo.

En su lugar apareció la cara de Kaelan.

Gritó.

Abrió los ojos de golpe.

Lo primero no fue una imagen sino una sensación: algo la envolvía por completo, algo tibio y ligeramente viscoso que presionaba contra su piel con una tensión uniforme, como si el aire mismo se hubiera solidificado a su alrededor. Intentó mover los brazos. No pudo. Intentó doblar las rodillas.
Tampoco. La sustancia no era rígida, pero cedía lo justo para recordarle que no iba a ningún lado. Y vibraba. Una vibración baja, casi inaudible, que le recorría el cuerpo desde los pies hasta la base del cráneo como una corriente muy lenta.

Entonces procesó lo demás: estaba suspendida a unos treinta metros de altura. Solo su cabeza quedaba libre, aunque tampoco del todo: algo la mantenía bloqueada en su posición, y en su frente había varios sensores conectados por cables finos que se perdían hacia el techo. Debajo, la sala se abría enorme y silenciosa y completamente vacía.

El pánico llegó ordenado, que era casi peor que si hubiera llegado de golpe. Primero la consciencia del peso del capullo. Luego la del aire que no alcanzaba a respirar del todo. Luego la altura. Luego el silencio.

—¿Dónde estoy? —preguntó. Su voz sonó más pequeña de lo que quería.

Nadie contestó.

Luego escuchó el sonido de unas puertas abriéndose.

—¿Quieres hacer el favor de estarte quieta de una vez? Eres un maldito dolor de cabeza, ¿lo sabías?

—¿Lia? —El alivio fue casi físico—. ¿Eres tú? ¿Dónde estamos? ¿Qué es esto?

La máquina comenzó a bajarla lentamente, con una precisión que resultaba casi delicada, hasta que su cara quedó a la altura de la de su amiga.

—Tranquilízate. Estás en Thalasia. En Moura, para ser exactos. Su capital.

—¿Por qué estoy metida en esto?

Lia exhaló con la paciencia de alguien que lleva horas esperando esa pregunta.

—Kaelan te destrozó. Tu sangre azul reconstruyó el cuerpo, sí, pero la mente es otra cosa. Los thalasianos son los mejores curadores de traumas que existen en la galaxia. Así que estate quieta y deja que terminen de arreglarte, ¿de acuerdo?
Elora quiso replicar algo, pero las puertas volvieron a abrirse.

Una mujer entró en la sala con pasos silenciosos y deliberados.

Elora la observó acercarse. Era hermosa de una manera que no encajaba con ningún canon que conociera, como si la belleza hubiera tomado un camino paralelo y llegado a un destino ligeramente distinto: la piel de un tono dorado cálido que parecía generar su propia luz tenue, el cabello plateado cayendo en ondas hasta la cintura, los ojos de un verde profundo con algo iridiscente moviéndose en el iris, como aceite sobre agua.

Pero cuanto más la miraba, más notaba lo que la separaba de cualquier humano que hubiera visto: los arcos superciliares algo más pronunciados, la mandíbula ligeramente más robusta, una presencia física que no venía del músculo sino de los huesos, antigua y tranquila como la piedra.

La mujer se detuvo frente a ella. La miró en silencio un momento, con una expresión que contenía algo parecido a la compasión y algo parecido a la evaluación clínica, sin que ninguna de las dos ganara del todo.

Elora la miró. La estudió. Dejó que los detalles se ordenaran solos en su cabeza hasta que encajaron en algo que no esperaba encontrar aquí, en este planeta, en este siglo.

—¿Neandertal? —dijo en voz baja. No era exactamente una pregunta. Tampoco era exactamente una afirmación. Era el sonido de una mente recalibrándose en tiempo real, tratando de decidir si lo que veía era un milagro o el mayor malentendido de su vida.

La mujer thalasiana inclinó levemente la cabeza. Su expresión no cambió.

—¿Neandertal? —repitió la mujer thalasiana, ladeando la cabeza. Sus ojos iridiscentes brillaron con una curiosidad limpia, casi infantil, como si la palabra fuera un objeto extraño que acabara de caer en sus manos.




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