Ecos del abismo. Primera parte

El Cerrojo del Alma (Thalasia,2020)

Nema llevó a Elora hasta donde estaba Lia. Empujó la puerta despacio, como si no estuviera segura de lo que iban a encontrar al otro lado.
No se equivocó.

Lia estaba sentada frente a un cuenco de pequeñas frutas de color naranja, con cara de quien no ha hecho nada malo y piensa seguir así.

Nema resopló.

—¡Maldita sea! —Se acercó a ella—. Te has comido más de la mitad del cuenco de Kalyra.

Lia sonrió.

—No deberías dejar algo tan caro a la vista.

—Y tú no deberías coger cosas que no son tuyas —replicó Nema, con esa voz que usaba cuando estaba a punto de llorar de rabia—. Me las había regalado Gark por nuestro aniversario y tú, maldita sanguijuela, te las has comido casi todas.

Elora miraba la escena desde la puerta sin entender demasiado. O quizás sí entendía, pero prefería no pensar en ello: su mejor amiga de la infancia había seguido con su vida sin ella, y le estaba yendo bien. Tenía una cuñada que la quería aunque le robara la fruta cara. Tenía un sitio al que volver.

—¡Cógela! —gritó Lia lanzándole una de las frutas.

Elora la atrapó por los pelos. El lanzamiento la pilló por sorpresa y la fruta estuvo a punto de caer al suelo, pero consiguió agarrarla con los dedos en el último momento.

Lia la miraba divertida.

—Muérdela. No vas a morir envenenada.

Elora obedeció. Era dulce, pero no era un dulzor agresivo y terroso como el de las frutas de la Tierra. Al primer bocado, una efervescencia recorrió su columna como una descarga eléctrica suave. No sintió pesadez en el estómago. Solo una súbita lucidez, como si alguien hubiera encendido todas las luces de su cerebro de golpe. Energía pura, sin precio después.
Se quedó un momento quieta, procesando.

—Están buenas —dijo al fin.

—Adictivas —puntualizó Lia—. Como la cocaína, pero sin los efectos secundarios de las drogas ni del azúcar de las frutas terrestres.

—Y tú eres una de esas yonquis —exclamó Nema retirándole el cuenco con las pocas frutas que quedaban—. Sabes que te acabas de comer algo que cuesta trescientos créditos galácticos.

—Trescientos… No es muy caro —indicó Elora.

—Que al cambio a dólares americanos de la Tierra son tres millones —dijo Lia en voz baja.

Al escuchar eso, Elora casi se atraganta.

—¡¿Tres millones de dólares?! ¡Te acabas de comer tres millones…!

—Dos millones y medio, para ser exactos —precisó Lia—. Es producto de importación. —Hizo una pausa—. ¿Sabes de dónde viene el nombre Kalyra?

Elora la miró sin entender.

—Es veg antiguo. Significa conocimiento. —Lia cogió una de las pocas frutas que le quedaban a Nema y la hizo girar entre los dedos—. Los Veg llevan cultivándola desde antes de que la humanidad tuviera escritura. Algunos historiadores de la Unión llevan años preguntándose si el árbol del bien y del mal de la Biblia no era en realidad una Kalyra que llegó a la Tierra mucho antes de que nadie supiera lo que era.
Elora la miró fijamente.

—Me estás diciendo que me acabo de comer la fruta del pecado original.

—Te estoy diciendo que te has comido dos millones y medio de dólares de fruta del pecado original —corrigió Lia—. Que no es lo mismo.

—Hay una variedad más cara —añadió Nema a su pesar, como si le doliera incluso mencionarlo—. La llaman Kalyra Eterna. Del árbol de la vida, según los mismos historiadores. No da lucidez. Alarga la existencia. Nadie sabe exactamente cuánto.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó Elora.

Nema y Lia se miraron.

—No tiene precio fijo —dijo Lia—. Depende de quién la quiera y cuánto esté dispuesto a dar por más tiempo.
Elora decidió no preguntar más.

Lia se levantó de la silla y empujó hacia Nema una caja que estaba sobre la mesa.

—¿Qué es esto? —preguntó Nema.

—Ábrelo.

La thalasiana abrió la caja y su rostro se iluminó. Elora acercó la cabeza para mirar: dentro había algo parecido a semillas.

—¿Cómo has podido sacar semillas de Kalyra? —preguntó Nema—. Los Veg vigilan sus cosechas y sus semillas como si fueran Kaelion.

—Tengo mis contactos —respondió Lia. Después dejó sobre la mesa una unidad de datos veg—. Y aquí tienes la manera de plantarlas y que no se te mueran.

Nema se acercó a ella y la abrazó con fuerza.

—¡Nema, Nema…! Me vas a ahogar.

La thalasiana se separó, un poco avergonzada.

—Lo siento. Ha sido la emoción.

Lia le besó en la frente. Después se volvió hacia Elora, que llevaba un rato callada de más, con la mirada todavía en la caja.

—Oye. Si los Veg son tan celosos con sus árboles, ¿cómo acabaron en la Tierra? ¿Y en otros mundos?

Lia se recostó en la silla con cara de quien lleva tiempo esperando esa pregunta.

—Los Veg no se quedaron en su planeta —dijo—. Colonizaron otros mundos, visitaron otras razas. Y cuando hacían primer contacto con alguien, era su costumbre regalar un par de árboles. Kalyra normal y Kalyra Eterna. Como gesto de celebración. Bienvenida al universo, aquí tienes algo nuestro.

—Qué detalle.

—También venían con un manual de instrucciones. Los Veg son muy suyos con sus árboles incluso cuando los regalan.

Nema resopló desde el otro lado de la habitación pero no dijo nada.

—Entonces los que llegaron a la Tierra —dijo Elora— ¿eran Veg?

—No. —Lia negó con la cabeza—. Los que llegaron a la Tierra eran otra raza. Llegaron, vieron a los humanos, y decidieron que eran útiles.

—¿Útiles cómo?

—Útiles como mano de obra. Los humanos de entonces ya existían, Elora. No los crearon. Solo los encontraron y pensaron: esto tiene potencial. Les dieron la inteligencia suficiente para manejar maquinaria, seguir órdenes, construir lo que se les dijera. Pero no la suficiente para preguntarse quiénes eran o por qué lo hacían.

Elora frunció el ceño.

—Como robots pero de carne.

—Más o menos. Y funcionó durante mucho tiempo. —Lia cogió una de las semillas de la caja y la hizo rodar entre los dedos—. El problema es que los humanos tenían alma. Siempre la habían tenido. Pero les habían puesto un límite. Una especie de cerrojo. Lo justo para que funcionaran sin despertar del todo.




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