Ecos del abismo. Primera parte

La jaula (Thalasia 2020)

Nema se despidió con un gesto breve desde la puerta y salió sin hacer ruido de la sala de comunicaciones. Esta se quedó en silencio un momento antes de que la pantalla principal comenzara a parpadear.

La cara de Izzy apareció con el fondo neutro de siempre. Tenía ese aspecto de quien lleva demasiadas horas despierto.

—Elora. Lia. —Las saludó con la economía de palabras que usaba cuando el tiempo era un problema—. ¿Están solas?

—Solas —confirmó Lia.

—Bien.

Izzy desapareció un segundo de la pantalla. Se escuchó ruido de fondo, voces, algo que se movía. Cuando volvió, tenía una tableta en la mano.

— Inteligencia me ha pasado los últimos análisis de sus movimientos. Kaelen está operativo, está libre, y sigue siendo el único ser en el universo conocido que sabe cómo entrar en el sistema defensivo de Eos.

—Eos —repitió Elora.

—La estrella de antimateria. La única que existe en el universo conocido. —Izzy dejó la tableta sobre algo fuera de plano y la miró directamente a través de la pantalla—. ¿Sabes lo que significa eso?

—Que es valiosa.

—Que es el arma más grande que ha existido jamás y que por ahora no la tiene nadie porque nadie sabe cómo llegar a ella. —Izzy hablaba despacio, con esa precisión que usaba cuando quería que cada palabra aterrizara en su sitio—. Los Aetheri construyeron el sistema defensivo hace más de diez mil años precisamente para eso. Para que Eos no cayera en manos de ninguna raza. De ninguna. Ni de las buenas ni de las malas, porque entendieron algo que la mayoría todavía no ha asimilado.

—¿Qué entendieron? —preguntó Lia.

—Que no existe ninguna raza lo suficientemente sabia para tener ese poder sin corromperse. —Izzy cruzó los brazos—. Una cantidad de antimateria de ese tamaño en contacto con materia normal no es una bomba. No es un arma convencional. Es el fin de todo lo que haya cerca. Estamos hablando de sistemas estelares completos. Colonias enteras. Razas enteras borradas del mapa en cuestión de horas.

La sala se quedó quieta un momento.

—¿Y Kaelen quiere llegar a Eos? —dijo Elora.

—Kaelen lleva décadas estudiando los códigos de acceso al sistema defensivo. No sabemos cómo los consiguió, no sabemos cuánto sabe exactamente, pero sí sabemos que está más cerca que cualquier otro ser vivo de poder cruzar esa barrera. —Izzy hizo una pausa—. Si lo matas antes de que hablemos con él, esos códigos desaparecen con él. Y tarde o temprano alguien más los encontrará. Puede que dentro de cien años. Puede que dentro de diez. Y ese alguien puede ser peor que Kaelen o puede ser una raza entera con un ejército detrás. Al menos ahora sabemos dónde está el problema.

—El problema tiene nombre y yo quiero matarlo —dijo Elora.

Lia la miró de reojo.

—Elora.

—Es una observación.

—Es una observación que llevas queriendo hacer desde que aceptastes está misión.

—Desde antes —corrigió Elora—. La llevo queriendo hacer desde hace bastante más tiempo.

Izzy no cambió la expresión.

—Entiendo lo que sientes —dijo, con ese tono que usaba cuando no quería que pareciera que estaba dando una orden—. Te torturo a ti, casi mata a tu madre.Ochocientos millones de seres sintientes, Elora. Lo sé. Pero si lo matamos ahora, esos ochocientos millones no son los últimos. Son los primeros de una lista que no va a tener fin.

—Ya lo sé —dijo Elora en voz baja.

—Lo sé que lo sabes. Por eso sigues escuchándome.

Elora no respondió. Miró la pantalla, miró la pared, miró sus propias manos sobre la mesa. Había una diferencia entre saber algo y aceptarlo, y esa diferencia a veces tenía el tamaño de un planeta partido por la mitad.

—¿Cuánto tiempo necesitamos de él? —preguntó al fin.

—El tiempo suficiente para extraer los códigos de acceso completos al sistema defensivo de Eos. No es información que se pueda conseguir en una tarde. El sistema fue construido por los Aetheri con una arquitectura que no se parece a nada que hayamos visto después. Capas de seguridad encima de capas de seguridad, cada una diseñada para una amenaza diferente. Kaelen lleva décadas estudiándolo. Lo que sabe no cabe en una sesión de interrogatorio, y si intentamos presionarlo demasiado rápido nos dará información incompleta o directamente falsa y no tendremos manera de verificarla hasta que sea demasiado tarde.

—O sea que necesitamos que coopere —dijo Lia.

—Necesitamos que no tenga otra opción —puntualizó Izzy—. Que es distinto.

—¿Y cómo se consigue eso con Kaelen? —preguntó Elora—. Porque ese hombre ha demostrado que cualquier contención tiene un límite. Escapa. Siempre encuentra la manera.

—Sí. —Izzy asintió—. Por eso la Unión no está pensando en una contención física.

Lia frunció el ceño.

—¿Entonces?

Izzy se recostó ligeramente en su asiento.

—Cuando lo atrapemos —y usó el cuando con una convicción que no admitía el si— lo ejecutamos. Limpio, rápido, sin margen de error físico. —Hablaba despacio, como quien ha ensayado esto y aun así no le resulta sencillo decirlo—. Pero en el momento exacto de la muerte, antes de que su alma complete la transición, la atrapamos. La contenemos en una matriz de frecuencias inversas. Una jaula diseñada específicamente para su vibración.

Elora lo miró fijamente.

—Estás hablando de no dejarle morir del todo.

—Estoy hablando de mantenerlo en el umbral. Ni aquí ni allá. Consciente, pero sin cuerpo, sin capacidad de moverse, sin posibilidad de escapar. Con el canal de comunicación justo que necesitamos para extraer lo que sabe, y sin ninguna de las capacidades que tiene ahora.

—¿Y su alma? —preguntó Lia—. ¿Qué experimenta mientras está en esa matriz?

Izzy tardó un segundo en responder.

—Kaelen ha destruido ochocientos millones de vidas. Probablemente más si contamos lo que hizo antes de que lo tuviéramos en el radar. En nuestro universo, el peso del alma lo construye cada uno con sus propios actos. El infierno que le espera no es algo que hayamos diseñado nosotros. Ya existe. Ya está ahí, esperándolo. —Hizo una pausa—. La matriz no lo protege de ese peso. Solo lo mantiene suspendido en el umbral, lo suficientemente consciente para comunicarse, lo suficientemente contenido para no poder hacer nada más. Cada vez que su alma intenta moverse, la jaula emite una frecuencia inversa que lo anula. Es como intentar gritar en el vacío. Puede intentarlo, pero no llega a ningún sitio.




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