Ecos del abismo. Primera parte

Como hormigas en el cristal ( 2020)

La Estación Espacial Internacional siempre había sido un lugar de ruidos pequeños y constantes. El zumbido de los ventiladores que mantenían el aire en movimiento para que los astronautas no se asfixiaran con sus propios globos de dióxido de carbono, el chasquido metálico de los conductos al expandirse bajo el sol orbital, el pitido intermitente de los ordenadores del módulo Zvezda. Era una sinfonía vieja y predecible, la banda sonora de la supervivencia humana en el vacío.

Pero desde hacía exactamente un mes, a esa sinfonía se le había sumado un silencio nuevo. Un silencio exterior, espeso, que parecía filtrarse por las pocas ventanas de la cúpula.

El comandante Tomás Vance flotaba con las piernas encogidas, sujetando el marco de la escotilla con un solo dedo para no irse a la deriva. Llevaba seis meses en órbita y se conocía cada centímetro de la estación: cada mancha en el aluminio, cada olor a sudor rancio y electrónica caliente. Aun así, en las últimas cuatro semanas, sus ojos siempre terminaban en el mismo punto del espacio.

Al otro lado del metacrilato, a unos escasos cincuenta kilómetros en una órbita sincrónica perfecta, flotaba la otra.

No la llamaban por su nombre oficial, porque la Unión todavía no les había dado uno que pudieran pronunciar sin sentir que estaban leyendo un informe militar. Simplemente la llamaban la Estación de la Unión.

—Es enorme, ¿verdad? —La voz de Sarah sonó baja, casi un susurro. Había salido del módulo Harmony arrastrándose en silencio, como si temiera despertar algo.

—Tres mil setecientos metros de eje principal —respondió Tomás sin apartar la vista—. Ayer los rusos volvieron a calcular la masa por las perturbaciones en los escombros cercanos. Es absurda, Sarah. Como tener una cordillera flotando sobre el Atlántico.

Sarah no dijo nada. Se quedó mirando un momento y luego apartó los ojos, como hacía cada vez que la veía demasiado tiempo seguido. No era miedo exactamente, o sí, pero mezclado con algo más difícil de nombrar. La primera semana había soñado con ella todas las noches: que se acercaba despacio, que llenaba la ventana entera, que no había lugar adonde mirar que no fuera esa superficie oscura y perfecta. Desde entonces prefería no mirarla más de lo necesario.

—¿Has vuelto a intentar contactar con ellos? —preguntó, frotándose los ojos cansados. Las ojeras ya eran crónicas en toda la tripulación.

—No hay respuesta en los canales normales —dijo Tomás, soltando un suspiro que empañó un poco el cristal—. Solo el canal automatizado que abrieron la semana pasada. Nos mandan vectores de posición para no chocar y nada más. Nos ignoran, Sarah. No por maldad… Es como cuando vas caminando por la calle y esquivas un hormiguero. No odias a las hormigas. Simplemente tienes cosas más importantes que hacer.

Sarah pensó en eso. Una hormiga. Seis años de entrenamiento, doctorado en astrofísica, ciento cuarenta días en órbita, y lo más preciso que podían decir de sí mismos era eso.

—¿Y abajo? —preguntó—. ¿Crees que saben lo que está pasando?

Tomás soltó una carcajada corta, sin humor.

—Abajo están a punto de volverse locos. Tratados de paz exprés, mercados congelados, el Papa sacando encíclicas sobre la "humanidad del mañana". Y ellos ni siquiera miran hacia abajo. Solo al espacio profundo.

—Porque esperan algo —dijo Sarah.

Tomás no respondió, pero tampoco la contradijo.
A través de la cúpula, la Estación de la Unión se recortaba imponente contra la curva azul de la Tierra. Cuando apareció un mes atrás, sin previo aviso y sin pedir permiso, Houston y Koroliov entraron en pánico. Se habló de armas de saturación, de brechas en el continuo, de un cataclismo sin nombre. Pero no hubo fuego. No hubo amenazas ni naves de desembarco. Solo una baliza de datos que inundó las redes terrestres con un protocolo que tardaron tres días en descifrar, y al final del tercer día todo el mundo se quedó en silencio porque la respuesta era peor que cualquier invasión: eran humanos. Una humanidad distinta, con uniformes distintos, un idioma con raíces terrestres inconfundibles y una tecnología que hacía que la ISS pareciera una lata de conservas oxidada unida con cinta aislante.

A diferencia de la ISS, con sus paneles solares, sus vigas expuestas y sus módulos pegados como piezas de Lego, aquella cosa parecía esculpida de una sola pieza. Un anillo gigantesco de metal oscuro que absorbía la luz del sol y solo devolvía un brillo ceniciento, casi fantasmal. En el centro, un eje cilíndrico giraba lentamente, creando gravedad artificial. Mientras ellos reciclaban sudor y orina con esfuerzo, allá arriba tiraban vapor purificado porque sus tanques ya estaban llenos. Ellos esperaban cada pocos meses una Dragon o una Soyuz con fruta fresca. Aquella estación parecía un mundo completo, indiferente al planeta que tenía debajo.

De pronto, un pitido agudo y diferente rompió el ambiente del módulo.

No era una alarma normal de la estación. Sarah se acercó rápidamente a los sensores.

—¿Qué pasa? —preguntó Tomás.

—Parece una nave acercándose a toda velocidad desde órbita baja. Pasará cerca en cuatro minutos.

El pitido despertó al resto de la tripulación.

—¿Qué ocurre? —preguntó Akira, saliendo medio dormido.

—Posible nave de la Unión —respondió Sarah—. Llegada en dos minutos.

Tomás activó el intercomunicador general:

—Todos a sus puestos. Dmitri, Pieter, prepárense. Quiero todas las imágenes y datos que podamos captar.

El ruso Dmitri Volkov y el holandés Pieter van Dijk se colocaron rápidamente en sus estaciones, listos con cámaras y espectrómetros. Nadie hablaba. El único sonido era el pitido sostenido del sensor y la respiración de cinco personas que habían aprendido, en el último mes, que el silencio de la Unión podía romperse en cualquier momento y sin aviso.

—Un minuto —avisó Sarah, con la voz tensa—. Dios… es enorme. Más de quince mil metros de largo y casi ochocientos de ancho.




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