Estaba cansado. Muy cansado.
Desde que la Unión Terrestre apareció en el cielo hacía exactamente un mes, las Naciones Unidas se habían convertido en un hervidero de pánico mal disimulado. Más de diez sesiones extraordinarias en tan poco tiempo. La enorme estación orbital seguía ahí, flotando inmóvil sobre la Tierra, silenciosa. Observando. El mundo entero contenía la respiración.
Nadir Rahman, secretario general desde hacía apenas seis meses, había logrado escabullirse de sus escoltas con la excusa de bajar a por un café. Necesitaba cinco minutos sin preguntas, sin miradas expectantes, sin que nadie le recordara que la humanidad aguardaba una respuesta que él no tenía.
Los pasillos del edificio estaban desiertos a esa hora. Sus pasos resonaban de una forma que no le gustó. Introdujo las monedas en la expendedora, pulsó el botón y esperó mirando el chorro de líquido oscuro caer despacio al vaso de papel.
Se sentó junto a la ventana. Nueva York dormía bajo una lluvia fina y sucia. Bebió un sorbo.
El café sabía a derrota.
—¿Cuándo vais a decir algo? —murmuró en árabe, con la voz ronca de quien lleva demasiadas noches sin dormir bien—. Solo quiero irme a casa.
Un sonido metálico sono a su espalda. La máquina, otra vez.
—Arriba tienen café de verdad, señor secretario.
Voz femenina. Serena. Con un timbre ligeramente grave que no encajaba con el silencio de los últimos minutos porque en los últimos minutos no había habido nadie.
Nadir se quedó rígido. No había oído pasos. Ni el roce de una tela. Nada.
Se giró despacio.
La mujer tenía piel morena profunda, cabello negro recogido con austeridad militar y unos ojos que parecían haber presenciado demasiadas cosas durante demasiado tiempo. Vestía un uniforme oscuro de un material extraño — no reflejaba la luz, la absorbía. Se movía con una naturalidad que lo desconcertó más que cualquier otra cosa: como si aquellos pasillos le pertenecieran desde siempre.
A Nadir se le erizó el vello de los brazos.
—¿Cómo ha entrado aquí? —preguntó. La voz le salió más delgada de lo que habría querido.
La mujer se acercó sin prisa, se sentó frente a él y colocó su vaso sobre la mesa con una delicadeza que resultaba casi irónica.
—Me llamo Aisha Kareem —dijo—. Soy la secretaria personal de la Gran Almirante Elena.
Hablaba un árabe impecable. Pero había algo raro en la cadencia, una musicalidad ligeramente desplazada, como si el idioma fuera una herramienta muy bien aprendida y no exactamente suya.
Nadir tragó saliva.
—¿Qué quiere?
—Mi superiora ha decidido que ha llegado el momento de establecer contacto formal. —Una pausa breve, casi considerada—. La espera ha terminado.
Durante unos segundos, la mente de Nadir se quedó en blanco absoluto.
Luego el vaso se le escurrió de los dedos.
No fue un gesto dramático. Simplemente los dedos dejaron de sujetar. El café caliente se extendió entre los dos por la superficie de la mesa, lento, como si también él necesitara un momento para procesar lo que acababa de oír.
Aisha Kareem lo miró sin inmutarse.
—No se preocupe, secretario Rahman —dijo en voz baja—. Ya no estan solos.
Epílogo:
Tomás seguía mirando la estación cuando lo vio.
Al principio no supo qué era. Un destello, una anomalía, algo demasiado pequeño para ser una nave y demasiado quieto para ser escombro. Buscó una de las cámaras Nikon a tientas sin apartar los ojos de la ventana, la encontró y se la pegó al rostro"
Amplió la imagen.
Una figura humanoide. Traje espacial. Flotando frente a las estrellas con una inmovilidad que no era natural — no era la inmovilidad de alguien que espera, sino la de algo que no necesita moverse. Sin chorros de maniobra. Sin cable. Sin nada que lo conectara a ningún sitio.
Tomás ajustó el zoom y contuvo la respiración.
Entonces empezó.
Alrededor de la figura comenzó a formarse algo que su cerebro tardó unos segundos en aceptar como real. Metal líquido, o algo que se comportaba como metal líquido, extendiéndose despacio desde ningún lugar visible, envolviéndola, tomando forma. Una nave construyéndose a sí misma en el vacío. Luego los anillos — pequeños primero, luego más definidos — disponiéndose alrededor del casco recién formado exactamente como los había visto en los diagramas teóricos del motor de Alcubierre. Exactamente como los había descartado en su cabeza durante años porque eran solo eso, diagramas teóricos.
Los anillos se encendieron.
El espacio a su alrededor hizo algo que el espacio no debería poder hacer: vibró. Como la superficie de un agua que nadie había tocado. La burbuja duró menos de lo que tardó en procesarla.
Luego los anillos se cerraron, y donde había habido una nave, solo quedó el vacío. Limpio. Intacto. Como si nunca hubiera habido nada.
Tomás bajó la cámara despacio.
—Joder la madre que me parió.
No lo dijo para nadie. Lo dijo porque necesitaba escuchar su propia voz para confirmar que seguía despierto.
Los pasos llegaron rápido por el módulo — Sarah primero, luego los demás, atraídos por el grito.
—¿Qué ocurre? —La voz de Sarah tenía ese filo particular del miedo que lleva un mes acumulándose.
Tomás tardó un segundo en girarse. Cuando lo hizo tenía una expresión que ninguno de ellos le había visto antes — no era el miedo que todos compartían desde hacía semanas, sino algo distinto, algo que estaba en el otro extremo de la misma línea.
—Acabo de ver funcionar el motor de Alcubierre.
El silencio que siguió fue de otro tipo. No el silencio de quien no entiende, sino el de quien entiende demasiado bien lo que acaba de oír y necesita un momento antes de permitirse creerlo.
Fin primera parte