Ecos del abismo. ( Reedición )

1

La puerta del cuarto se entreabrió con un crujido apenas perceptible. Alex, tumbado boca arriba y con los ojos cerrados, contó los pasos antes de escucharlos.

—¿Está dormido? —preguntó su padre desde el pasillo, sin atreverse a cruzar el umbral.

—Sí, está roque —susurró su madre, y cerró la puerta con el cuidado de quien camina sobre cristales.

Alex contuvo la respiración hasta oír el clic del pestillo. Solo entonces abrió los ojos.

—Iris —susurró, incorporándose de un salto—. Escanea la casa. Indícame si mis padres están ya en su cama.

—Iniciando el escaneo —respondió una voz femenina y metálica desde el pinganillo—. Afirmativo. Tus padres están en su cama.

—Bien, vamos.

Encendió la luz de la mesita de noche. La habitación se llenó de un resplandor amarillo que le hizo entrecerrar los ojos un instante.

—¿Está todo preparado? —preguntó.

—Sí, excepto una cosa...

Hubo un pequeño silencio.

—¿El qué? —preguntó Alex, frunciendo el ceño.

—Vas a probar la Quimera, ¿verdad?

—Sí, ¿qué pasa con eso?

Iris no habló durante unos segundos.

—La misión es un viaje de prueba desde la Tierra a Alfa Centauri.

—Sí, ¿y?

—¿Y si algo falla? ¿Y si en vez de la noche de la prueba sucede algo y tardamos más tiempo en volver? ¿Cómo explicarás tu ausencia durante días?

—Mierda.

Alex se llevó las manos a la cara. Con las ganas de la prueba, aquel detalle se le había escapado por completo.

—¿Qué piensas hacer?

Alex no respondió. Se quedó de pie en mitad del cuarto, con la mirada fija en ningún punto, dándole vueltas al problema.

—¡Ya lo tengo!

Se agachó y buscó debajo de su cama hasta sacar un pequeño baúl que depositó sobre la mesita. Lo abrió, metió la mano y extrajo una bola metálica dorada, fría al tacto.

La dejó encima de la cama y presionó un botón.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego, la bola comenzó a transformarse. La superficie dorada vibró y se separó en miles de placas nanométricas que levitaron en el aire, emitiendo un zumbido magnético. Las piezas se expandieron formando un esqueleto de luz líquida que se reorganizó a la velocidad del rayo. El metal adoptó volumen, proyectando fibras sintéticas que simularon músculos, piel y tela, hasta moldear cada facción de la cara de Alex, el desorden de su cabello e incluso el estampado de su pijama. En un par de segundos, el destello dorado se apagó y sobre la cama quedó recostada una copia exacta de sí mismo, respirando con una simulación perfecta de sueño profundo.

—Ya está —dijo Alex, tapando a su copia con la manta—. Vámonos.

Iris suspiró a través del pinganillo.

—¿Lo piensas dejar así?

—¿Así cómo? No te entiendo, Iris.

Esta resopló.

—Para ser el ser humano más inteligente del planeta, algunas veces eres un poco espeso. Me refiero a que, si tardamos días o semanas, tu copia no va a estar todo el tiempo en la cama. Y, sobre todo, necesitará un mínimo de inteligencia para simular que mea, caga o come.

Alex se rascó la nuca.

—¡Ya lo tengo!

Volvió a revisar el baúl y sacó una esfera más pequeña, del tamaño de una canica. La dirigió hacia la cabeza de su copia y esta se introdujo en ella sin dejar marca.

Después sacó una especie de mando y pulsó varios botones. Del dispositivo brotó un holograma que mostraba la esfera alojada en el cerebro del clon. Aparecieron varias letras: *Iniciando encendido de la IA SAT-1. Iniciando el proceso de memoria estándar en el clon. El proceso se habrá completado antes de las 8:00 a. m.*

—Bien, esto ya está. ¿Nos podemos ir o hay algún otro asunto que resolver?

—Negativo —indicó Iris—. Aunque seré sincera: no me gusta dejar a una IA sola y sin control en la Tierra.

Alex se rió.

—Tú eres una IA.

—Ya lo sé, pero... En fin, dejemos esto y sal de la casa. A este paso, cuando queramos salir ya será de día.

—Vamos —dijo Alex, y salió de puntillas de su cuarto.

Abrió la puerta principal despacio, tratando de hacer el menor ruido posible.

Cuando salió, la cerró tras de sí y comenzó a correr hacia las cuevas cercanas a los Picos de Europa, donde había construido su base secreta.




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