La estrella brillaba inmóvil en la negrura del espacio, suspendida como un centinela en un vacío sin tiempo. Reinaba una calma absoluta.
Sin aviso, el tejido del espacio comenzó a desgarrarse. Una grieta azulada se abrió en la nada, como una herida luminosa en la realidad. De ella emergió la Quimera, arrojada desde el hiperespacio con gran violencia y determinación. Su casco titilaba bajo la luz trémula de la estrella, aún tibio por el roce con dimensiones imposibles.
La nave quedó suspendida, inmóvil, como si intentara tomar conciencia de dónde —o cuándo— se encontraba. Poco a poco, las luces de su estructura comenzaron a encenderse una a una. Algo —o alguien— despertaba a bordo.
Las alarmas resonaban por todo el interior.
—Iris, informe —ordenó Alex con una voz aún cargada de sopor.
La inteligencia artificial tardó unos segundos en responder.
—Sector espacial identificado. Nivel de Salto: Coordenadas Cyg 1915+47, situada a 635 años luz de la Tierra.
Alex parpadeó.
—El sistema Cisne-47, a 635 años luz... ¿Cómo demonios ha pasado esto? —preguntó—. Se supone que era un viaje de prueba a Alfa Centauri. ¿Cómo coño terminamos aquí?
—He revisado las coordenadas de salto que introdujiste —respondió Iris con calma.
—¿Y?
—Al parecer, cometiste un error. Uno de los valores no coincide con la secuencia original.
Alex miró su consola y repasó mentalmente los momentos previos al salto.
—Mierda... —murmuró.
—¿Señor? —preguntó Iris, con la voz un poco más baja que de costumbre.
—Tranquila, Iris. No te echo la culpa; solamente estoy reconociendo que tienes razón. Algunas veces soy un poco espeso y me dejo llevar por las emociones.
—Esa es una de tus cualidades, Alex —indicó la IA—. Por cierto, si hay más misiones como esta, me gustaría introducir mi memoria en una de las cápsulas de escape para memorias IA.
Alex rió.
—¿No te fías de mí?
—No es que no me fíe. Es por seguridad; acabo de comenzar mi ciclo vital y no me gustaría que por un error acabáramos dentro de una estrella.
Alex soltó una carcajada.
—La IA tiene miedo de acabar un poco bronceada.
—No te rías, mocoso. Además, las IA no nos podemos poner morenas.
—Venga, miedica. Ya que estamos aquí, activa los sensores de largo alcance e inspecciona la zona.
Iris obedeció.
—Cisne-47 es una enana amarilla de tipo espectral G5, ligeramente más pequeña y fría que el Sol, con el 97 % de la masa solar y el 80 % de su luminosidad. No es visible a simple vista.
Los segundos pasaron sin que Iris añadiera nada más.
—Detecto cinco planetas en el sector. Dos en la zona interior, uno en la zona Ricitos de Oro y otros dos en la zona exterior del sistema. Espera... Aquí hay algo raro —indicó Iris.
—¿Qué ocurre?
—Falta de disco de escombros e infrarrojos limpios. Sin cinturones de asteroides ni materia protoplanetaria residual. Los planetas no fueron formados por acreción natural; la materia prima del sistema fue procesada y reorganizada deliberadamente.
—¿Un sistema artificial? —soltó Alex.
—Exacto —respondió la IA.
La confirmación del hallazgo flotó apenas un instante. Las consolas de la Quimera comenzaron a emitir un pitido rítmico y agudo.
—Tenemos un contacto —interrumpió Iris, abandonando de golpe su tono desenfadado. Las luces del panel principal cambiaron a un ámbar intermitente—. Un objeto de gran masa acaba de entrar en la zona de detección. Se dirige hacia nosotros a gran velocidad.
—¿Un asteroide? —Alex se incorporó en el asiento, con la mano ya sobre el reposabrazos.
—Negativo. Vector de aproximación constante y correcciones de trayectoria activas. Es una nave espacial. —Iris hizo una pausa infinitesimal—. Bueno… la pregunta de si estamos solos en el universo acaba de obtener respuesta.
—Sí. —A Alex se le secó la garganta. Contempló los números que bailaban en el monitor—. ¿Y sabes qué?
—Dime, mocoso.
—Tengo miedo.
—Tranquilo. Ese es el miedo típico de los humanos a lo desconocido. ¿Puedo contarte un secreto?
—Sí.
—Soy una IA y se supone que no debo tener emociones. Pero me programaste según tu mentalidad, tus ideales y… si tuviera un cuerpo físico, te aseguro que me lo haría encima.
Alex parpadeó.
—¿Que te lo harías encima?
—Cagarme de miedo —soltó la IA sin rodeos. Un pequeño fallo, casi imperceptible, hizo temblar su voz durante una fracción de segundo—. Como te dije: soy una IA, pero estoy aterrada.
La gigantesca silueta de la nave desconocida eclipsó parte del campo estelar al posicionarse frente a la Quimera. Su diseño era fluido, orgánico, como si hubiera sido esculpida en una sola pieza de metal oscuro.
—La nave se acerca más —informó Iris. Los indicadores visuales parpadearon en rojo—. Nos están escaneando. ¿Respondemos con otro escaneo?
—No. —Alex negó con la cabeza, aunque Iris no pudiera verlo—. No queremos que lo malinterpreten y nos vean como hostiles.
—Entendido. Lo que tú mandes. —Iris dejó pasar un segundo antes de añadir, con un deje de humor forzado—: Por cierto… nos están llamando. ¿Preparado para ver a tus primeros alienígenas?
Alex se pasó la lengua por los labios resecos.
—Preparado. Activa la pantalla.
El monitor principal cambió de estado. La interferencia táctica desapareció y mostró el puente de mando de la nave visitante: una estructura amplia, bañada por una luz tenue y azulada.
En la silla del capitán se encontraba un ser de piel grisácea y enormes ojos oscuros, muy similar a las descripciones clásicas de los ufólogos, salvo por un detalle inequívoco: una prominente cabellera de azul eléctrico caía sobre su cabeza. A su izquierda, erguido como primer oficial, permanecía un reptiliano de escamas doradas y pupilas verticales, inmóvil como una estatua. A Alex se le tensaron los hombros solo de mirarlo.
En las consolas laterales, un oficial de facciones finas y orejas puntiagudas —prácticamente un elfo de las estrellas— tecleaba con elegancia. En el extremo opuesto, una criatura similar a un pulpo flotaba dentro de una urna transparente llena de agua; varios tentáculos emergían por la parte superior y presionaban los mandos de su estación.