Ecos del abismo. ( Reedición )

3

El alienígena gris giró la cabeza hacia su primer oficial y lo miró perplejo.

—«Gnar'krak vesh'ta thal gra'rok kran zor'ath... vahr vino de Xion...»

Alex abrió los ojos.

—Iris, ¿qué ha dicho?

—La verdad, mocoso, es que no tengo ni idea. Estoy tratando de traducirlo, pero nada de nada.

El reptiliano no necesitó traducción automática. Sin modificar la postura rígida de su torso ni perder la mirada fija en el monitor, desplazó su pesado brazo de escamas doradas y le propinó un manotazo seco en la parte trasera del cráneo al gris. El sonido resonó por todo el puente como un chasquido metálico.

—«¡Grah'zur!» —gruñó Sarkath con voz ronca, ajustando la postura—. «Khor'vak no'ras, Kaelen.»

—Iris —indicó Alex—, mejor que comiences un curso intensivo de traducción, porque a este paso, si nos descuidamos, podemos provocar una guerra intergaláctica.

—Lo estoy intentando, Alex, pero es un idioma nuevo que tengo que aprender desde cero.

El capitán se tocó la cabeza con una mano, parpadeando con fuerza mientras acomodaba su melena azul eléctrico, despeinada por la fuerza del impacto.

—«¡Xar'kash!» —protestó Vex entre dientes en su idioma incomprensible, mirando a su segundo al mando con los ojos desorbitados—. «¡Rakh'ta... khor'vak no'ras!»

Sarkath solo emitió un silbido grave en el fondo de su garganta. Sin apartar la vista de la pantalla, donde el niño de ocho años los observaba con cara de póquer, desplazó su garra y pulsó un botón en la consola central. Un suave pitido resonó en el aire y la interfaz de comunicación parpadeó: el traductor universal se acababa de activar.

Al instante, la voz de Vex se moduló y comenzó a traducirse en tiempo real:

—...dije un golpe, no que me desarticularas el cuello, pedazo de escamoso.

Sarkath ignoró la queja de su capitán y continuó observando la pantalla.

—Por lo que veo, es una cría humana —espetó el reptil.

—¿Y qué diablos hace aquí una cría humana? —preguntó Vex.

—Alex... —se escuchó de repente a través del canal.

Sarkath miró directamente al niño.

—¿Perdón?

—Digo que me llamo Alex. Ni niño ni cría de humano.

Vex y Sarkath cruzaron una mirada.

—Bien, Alex —indicó Sarkath—. Y ¿se puede saber qué haces tan lejos de tu mundo natal?

—Explorar —soltó Alex de golpe—. En realidad, estaba probando mi nave nueva, pero cometí un error en las coordenadas de salto. En vez de ir a mi destino en Alfa Centauri, acabé aquí, a 635 años luz de la Tierra. Por cierto, ¿dónde estoy?

Sarkath y Vex volvieron a mirarse. Alex se ajustó el arnés del asiento, un poco más de lo necesario.

—Bueno —repuso Sarkath tras una pausa—, ya que estás aquí... Te encuentras en el sistema de la estrella Zor'Ath. En el tercer planeta, Khor'Vak, se ubica la sede de la Federación Galáctica.

Alex abrió los ojos de par en par.

—¿La Federación Galáctica? —murmuró para sí mismo. Tragó saliva y miró por la ventana hacia la inmensidad del espacio.

—Capitán, sugiero enviar una señal al planeta e informar al Consejo —intervino una voz—. Les causará intriga descubrir que hay una cría humana con tecnología de viaje hiperespacial.

El capitán gris hizo una señal a uno de sus oficiales en el puente, quien comenzó a pulsar botones en la consola, iniciando la transmisión a Khor'Vak.

—Alex. Me llamo Alex, no «cría humana» —corrigió el joven, apretando los puños sobre el panel de control.

—Lo que sea —exclamó Sarkath con indiferencia—. Bastantes problemas tenemos patrullando la zona para evitar incursiones piratas como para tener que lidiar con un niño. Que se encargue el Consejo.

Un par de minutos después, la consola emitió un pitido.

—Capitán Vex, recibimos respuesta del Consejo. Ordenan que dejemos pasar la nave de la cría humana y continuemos con nuestra ruta. Dos naves dron la escoltarán.

—Sarkath, ya has oído —sentenció Vex—. Cría, espera a los drones aquí.

Alex rodó los ojos y bufó, rindiéndose a discutir la palabra «cría» por tercera vez. En cuanto la comunicación holográfica se cortó, la interfaz interna de la nave parpadeó y una voz femenina resonó suavemente en los altavoces. Iris, la inteligencia artificial de a bordo, por fin rompió su silencio.

—Procesando... Vaya, Alex. Parece que nuestro «error de cálculo» nos ha dejado en la capital de la galaxia.

Alex dejó ir un largo suspiro y se cruzó de brazos, dejándose caer pesadamente en el asiento del piloto.

—¿Te parece gracioso, Iris? Llevas toda la conversación callada mientras me tratan como a un crío de preescolar. Podrías haber dicho algo. Y para colmo, ¡estamos en el centro del poder alienígena!

—Mis protocolos de seguridad me indicaban no interferir con la comunicación extraterrestre sin datos previos —explicó Iris con tono pausado—. Además, técnicamente tienes ocho años. Dentro de sus parámetros biométricos eres, en efecto, un espécimen joven. O una «cría».

—Muy graciosa —refunfuñó Alex. Le temblaban un poco las manos sobre los controles—. Al menos el Consejo quiere vernos... Supongo que eso es mejor a que nos disparen.

—Ajustando coordenadas de seguimiento para los drones de escolta —respondió Iris, cambiando a un tono más operativo—. Relájate, Alex. Nos desviamos unos cientos de años luz, pero al menos acabamos en un lugar civilizado. Las posibilidades de aprendizaje son fascinantes.

—O de que terminemos en una jaula de zoológico galáctico —murmuró Alex, mirando con cautela a través de la cabina cómo la patrulla alienígena se alejaba, dejándolos a la espera de sus escoltas.




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