—Me aburro —susurró Alex, dejándose caer en el asiento del piloto y mirando el techo de la cabina con languidez—. Si llego a saber que el primer contacto sería tan aburrido, me habría traído mi mini máquina recreativa para jugar al Come-cocos y Pac-Man. ¿Se acerca algo?
Iris suspiró.
—Negativo, nada se acerca a nuestra posición. Alex, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro, dime.
—¿Eres suicida?
Alex arrugó el entrecejo y se incorporó un poco en el asiento.
—¿A qué viene esa pregunta?
—Me activaste hace un año, pero en este año que te conozco he visto que te aburres si no hay algo interesante que ver. Además, he entendido que si la situación es peligrosa, pones todo tu interés en ello.
—No soy suicida —respondió Alex, cruzando los brazos.
—¿Seguro?
Alex resopló y dejó caer la cabeza contra el respaldo.
—Seguro.
—¿Entonces no te excitaste cuando comenzamos a construir la Quimera y casi vuelas medio planeta por un fallo del motor de antimateria? ¿O cuando hicimos la primera prueba de vuelo y saltaste de la Quimera desde unos 4000 metros de altura? ¿O...?
—Ya vale, Iris. —Alex levantó una mano, como si eso fuera a detener la lista—. No, no soy un suicida. Y sobre el problema de la antimateria, había un escudo de energía que cubría el núcleo; solo habría reventado yo solo con la base.
—Y conmigo. Yo estaba también ahí, por si lo has olvidado. ¿Y sobre saltar desde 4000 metros de altura?
—Estaba probando una armadura de vuelo y combate —respondió Alex, cruzándose de brazos de nuevo, con más firmeza esta vez.
—Sí, ya...
De pronto, comenzó a sonar la alarma del sistema de sensores de la Quimera. Un pitido agudo interrumpió la discusión.
—Algo se acerca a nosotros a gran velocidad —indicó Iris, cambiando su tono a uno operativo—. Dos objetos pequeños. Son los drones que nos escoltarán.
Alex se incorporó de golpe en el asiento, toda la languidez de un momento antes desaparecida.
—Enciendo la pantalla —dijo Iris.
Los dos objetos se acercaban rápidamente por el plano orbital, cruzando el vacío como centellas metálicas hasta situarse a ambos flancos de la nave humana. Alex se inclinó hacia el panel, siguiéndolos con la mirada.
—Recibimos una llamada —dijo Iris—. Conectando.
—Soy el Pretor Nerada —resonó una voz autoritaria y grave a través de los altavoces de la cabina—. Prepárense para pasar el control remoto de su nave. Serán dirigidos a una plataforma de aterrizaje en el espaciopuerto de Nirat.
Un chispazo de luz dorada recorrió los paneles táctiles de la cabina antes de que los mandos quedaran completamente bloqueados.
—¡Mierda! —soltó Iris—. He perdido el control de la Quimera. Nos controlan ellos.
La palanca de mando se puso rígida y las pantallas de vuelo manual adoptaron un color azul verdoso con símbolos alienígenas parpadeantes. Alex tiró del volante instintivamente, con los nudillos blancos sobre el mando, pero la Quimera ya no respondía a sus manos.
—Iris, haz algo —masculló entre dientes, sin soltar la palanca inútil.
—No hay nada que hacer, Alex. Están dentro de nuestros sistemas de navegación. Suelta el mando, no sirve de nada forzarlo.
Alex aflojó los dedos despacio, como si le costara físicamente ceder el control.
Atrapada por los haces de remolque energéticos de los dos drones, la nave dio un giro suave de noventa grados y se precipitó en una trayectoria de descenso perfectamente calculada hacia el planeta Khor'Vak.
A través de la gran pantalla frontal y los sensores de largo alcance de Iris, Alex contempló el espectáculo. El planeta no era azul como la Tierra, sino una masa imponente bañada en tonos cobrizos, dorados y verdes oscuros, rodeado por un complejo sistema de anillos artificiales cargados de tráfico interplanetario.
—Nunca había visto nada igual —murmuró Alex, con la frente casi pegada al cristal.
—Ni yo —admitió Iris, con una nota de asombro genuino que rara vez usaba en su voz—. Estoy procesando más datos de los que puedo almacenar en tiempo real.
Los sensores de Iris procesaban miles de lecturas simultáneas. Gigantescos cargueros estelares, patrulleras estilizadas y transportes ligeros se cruzaban en autopistas magnéticas invisibles, coordinados por la mente central de la estación.
Al atravesar la atmósfera superior, las nubes doradas se abrieron para revelar la megaciudad orbital. El espaciopuerto de Nirat no descansaba sobre el suelo, sino que flotaba sobre inmensas columnas antigravitatorias. Decenas de plataformas circulares sobresalían de una torre central monumental que parecía clavar el cielo.
Alex tragó saliva.
—Iris... ¿cuántos habitantes crees que tiene esto?
—No lo sé, Alex. Y por primera vez, no sé si quiero calcularlo.
La Quimera descendió perdiendo velocidad sin que Alex sintiera una sola turbulencia. Los drones guía posicionaron la nave sobre una plataforma secundaria de aleación oscura. Con una precisión milimétrica, los propulsores inferiores se ajustaron y los trenes de aterrizaje impactaron suavemente contra el suelo metálico, emitiendo un chasquido magnético que selló su posición.
El rugido de los motores de la Quimera se apagó por completo. Las luces de la cabina pasaron a modo de reserva.
Alex se quedó mirando la plataforma a través del cristal, sin moverse del asiento.
—Bueno —dijo por fin, con la voz un poco más baja de lo habitual—. Esto no estaba en el plan de vuelo.
—Nada de esto lo estaba —respondió Iris.
Y ambos se quedaron a la espera, en el corazón de la civilización alienígena.