El aire era distinto al otro lado.
No tenía olor ni temperatura perceptible, pero al cruzar el umbral, una leve presión recorrió la piel de Alex, como si una membrana invisible lo reconociera, lo escaneara y, finalmente, le permitiera pasar. Sus botas resonaron suavemente sobre una superficie metálica que no parecía ser metal, y por un instante todo su cuerpo pareció más ligero, como si la gravedad fuera solo una sugerencia. Se detuvo un segundo, sin poder evitarlo, y miró hacia abajo, hacia sus propios pies.
Lo primero que vio fue un vestíbulo amplio y abovedado, donde la arquitectura parecía estar viva. Líneas de luz recorrían las paredes, el suelo y el techo como raíces brillantes que respiraban lentamente. No había esquinas: todo era curvo, orgánico, como si la estación hubiera crecido en lugar de haber sido construida.
A unos metros de distancia, tres figuras lo esperaban. Medían aproximadamente 1,65 metros, con cabezas grandes y una melena fina y oscura que les caía lacia hasta los hombros, en marcado contraste con la piel gris de sus rostros. Sus ojos eran pozos infinitos, sin fondo, incapaces de transmitir emoción. No pestañeaban. Reflejaban apenas la tenue luz del pasillo, fijos, casi hipnóticos en su quietud.
Uno de los seres se acercó a él.
—¿Te llamas Alex, verdad? —preguntó con una voz fría, carente de emoción.
Alex asintió con la cabeza.
—Me llamo Nerada y seré tu acompañante durante tu visita a la estación.
Alex ofreció su mano derecha en señal de saludo. Nerada la miró, luego lo miró a él, sin moverse. El niño bajó la mano lentamente, con la palma aún un poco extendida, como si no supiera dónde meterla.
—Si eres tan amable de seguirme, te acompañaré al alojamiento que te ha sido asignado.
El alienígena comenzó a caminar, seguido por los otros dos seres, idénticos a él en el rostro y en la melena oscura, aunque distinguibles por las manchas irregulares, de un gris más oscuro —casi negro—, que recorrían su piel. Parecían constelaciones tatuadas, formando patrones imposibles de descifrar. Estas manchas se movían suavemente, como si respiraran, como si tuvieran vida propia.
Nerada caminaba con una gracia ajena, lenta pero firme. Aunque sus rasgos eran iguales a los de sus acompañantes, había algo en él que lo diferenciaba. Una energía distinta lo envolvía, una tensión en el aire que hacía vibrar levemente el suelo con cada paso. Alex apretó el paso para no quedarse atrás, sin apartar la vista de él.
Los cuatro avanzaban por un pasillo amplio hasta llegar a una gran compuerta. De repente, sin explicación aparente, los tres seres se hicieron a un lado, despejando el paso, como si su instinto les indicara que debían apartarse. Le pidieron amablemente a Alex que hiciera lo mismo, y él obedeció, pegando la espalda a la pared.
La compuerta se abrió. Segundos después, tres criaturas enormes y de aspecto reptiliano entraron por ella. Los acompañantes de Alex evitaron mirarlas directamente. El niño, en cambio, no pudo apartar los ojos.
El primero, que parecía el líder, llevaba una armadura dorada de combate. Sus fauces dejaban ver unos dientes largos y afilados. Sus ojos, de un amarillo intenso, brillaban con una inteligencia clara. Sus manos terminaban en garras naturales que parecían capaces de destruir cualquier cosa.
Los guardias que lo acompañaban eran idénticos al líder, salvo por sus armaduras, que eran plateadas.
De pronto, el grupo de reptiles se detuvo cerca de Alex. El líder giró la cabeza y lo miró fijamente. Acercó su rostro al del niño y comenzó a olfatearlo. El aliento de la criatura le golpeó la cara: cálido, denso, invasivo. Alex contuvo la respiración y clavó los talones en el suelo, sin retroceder ni un centímetro.
El ser continuó observándolo intensamente y luego retiró el rostro.
—Zha'kren —dijo la criatura, antes de reanudar su camino.
Alex soltó el aire de golpe.
Nerada suspiró.
—Draconariis... se creen con derecho a hacer lo que quieran en la galaxia. Se creen los amos.
—¿Zha'kren? —preguntó Alex, con la voz todavía un poco tomada—. ¿Qué significa?
Nerada y los otros dos lo miraron.
—Tiene dos significados —respondió Nerada con tono neutro—: "ser inferior" y "saco de carne". Elige el que prefieras.
Alex apretó los labios y no dijo nada.
El grupo retomó la marcha. Mientras caminaban, Alex rompió el silencio.
—¿Quiénes son los Draconariis exactamente? —preguntó, todavía mirando de reojo hacia el pasillo por el que se habían ido los reptiles.
—Una raza guerrera —replicó Nerada—. Tienen asiento en el Consejo, flotas propias y muy poca paciencia. La Alianza los tolera porque nadie se atreve a desafiarlos.
—Bueno, ya hemos llegado a tu habitación —anunció Nerada—. Dentro de dos horas serás recibido por el Gran Consejo de la Alianza. Hasta entonces, permanecerás aquí.
La puerta se abrió.
—Ah, se me olvidaba. Tu nave será analizada por si lleva algo peligroso. Y si quieres saber más sobre las razas de la Alianza Galáctica, esa tableta de información en tu mesa te será útil. También tienes comida y bebida. Que descanses.
La puerta se cerró suavemente, dejando al joven humano solo en la habitación.
La habitación era cálida y acogedora, con un ambiente tan pulcro y ajustado a sus medidas que parecía haber sido adaptada minuciosamente para él. Alex se dejó llevar por la comodidad del espacio antes de romper el silencio.
—¿Iris? ¿Estás ahí o te has echado una siesta?
—Jajaja, qué gracioso —respondió la voz sintética con sarcasmo—. Estaba recogiendo datos, tal como me ordenaste.
—¿Y bien? ¿Qué has averiguado?
Iris no habló al instante. Un leve parpadeo en la interfaz indicó que estaba ordenando y procesando los paquetes de información recién extraídos.
—Por lo que he visto, este planeta parece ser la capital de una federación galáctica. Su tecnología es bastante avanzada, catalogada como Tipo II en la escala de Kardashov.
—¿Tipo II? —preguntó Alex, alzando una ceja—. ¿Ningún rastro de tecnología Tipo III?
—Negativo —respondió Iris sin dudar—. Son avanzados, pero según mis análisis, su infraestructura global y energética no supera el Tipo II.
Alex se sentó en una de las sillas de la estancia y dirigió automáticamente su mano hacia un cuenco sobre la mesa, donde descansaba una fruta amarilla extraña, de piel suave y destellos translúcidos.
—¿Te vas a comer eso? —intervino Iris con tono de advertencia.
Alex soltó una leve carcajada.
—¿Crees que me van a envenenar?
—No, pero tal vez no sea buena para tu estómago. Todo esto es completamente nuevo para nosotros y no sabemos cómo reaccionará tu biología.
Alex se llevó la fruta a la boca y mordió. El crujido al morderla fue sorpresivamente denso, como si fracturara un cristal blando. Alex cerró los ojos un instante mientras una explosión de jugo helado le inundaba la boca. La textura no se parecía a nada que hubiera probado antes: empezaba como una manzana crujiente, pero en cuestión de segundos se disolvía en una cremosidad tibia, similar a un plátano maduro. El sabor era una montaña rusa, pasando de un dulzor cítrico y efervescente a un toque suave, parecido al de la miel con canela.
—¿Y bien? —preguntó Iris, con esa voz sintética que imitaba una ligera impaciencia—. ¿Tengo que preparar un protocolo de desintoxicación o sigues de una pieza?
Alex tragó despacio, disfrutando el regusto cálido que le bajaba por la garganta.
—Es... increíble, Iris —respondió sonriendo, mirando la otra mitad de la fruta amarilla que aún sostenía—. Empieza fría y ácida, como si fuera un refresco con gas, pero luego se vuelve súper suave, como crema dulce. Te deja una sensación de calor en el pecho, pero rica, como si te hubieras tomado un chocolate caliente en invierno.
—Fascinante —comentó la IA—. Mi escáner óptico detecta que tus signos vitales están estables y los niveles de serotonina han subido un cuatro por ciento. Sin embargo, te sugiero no atiborrarte. Aún nos queda la reunión y no queremos que un shock azucarado alienígena te haga perder el pulso frente al consejo.
Alex soltó una breve risotada al terminar el último bocado de la fruta y se reclinó sobre el respaldo de la silla.
—Dime, Iris, ¿los Grises qué te parecen? El análisis que efectué de sus rostros no me dijo nada.
—¿Cómo? ¿Nada?
—Nada. No mostraban ninguna clase de expresión ni emoción. Era como ver a un Vulcano de Star Trek, pero sin la lógica. Soy una inteligencia artificial, pero te juro que sentí un escalofrío enorme al procesar sus facciones.
—Sí, la verdad es que imponen bastante con esa neutralidad tan absoluta —asintió Alex, cruzando los brazos—. ¿Y los draconarii que nos encontramos en los pasillos? ¿Las lagartijas?
—Te puedo decir varias cosas de ellos —retomó Iris, cambiando la tonalidad de su voz a una más analítica—. Son guerreros natos. Por lo que pude observar en tu pequeño encuentro con ellos, las demás razas les tienen un miedo considerable, y ellos se aprovechan de esa reputación para...
De pronto, Iris cortó la frase a la mitad. El indicador luminoso de su interfaz parpadeó un par de veces en silencio.
—¿Y bien? No te calles —la urgió Alex, curioso.
—Bueno... por la forma en que te miraba ese líder del pasillo, me dio la impresión de que no te veía como una amenaza diplomática, sino más bien como un suculento filete al que se quería comer —indicó Iris, soltando una carcajada digital que resonó por toda la habitación.
Alex arrugó la nariz y miró de reojo hacia la puerta blindada del camarote, medio en broma y medio en serio.
—Fantástico. Primero comida alienígena dudosa y ahora soy la cena potencial de una lagartija gigante. Definitivamente sabemos cómo hacer amigos en esta federación.