Ecos del abismo. ( Reedición )

7

El grupo caminaba por los largos pasillos en dirección a la sala del Gran Consejo. La luz del sol se filtraba por los enormes ventanales, bañándolo todo con un resplandor cálido que contrastaba con el ambiente solemne del lugar.
—¿Algún consejo? —preguntó Alex.
Nerada se detuvo sin girarse.
—Con que no te comportes como un primitivo sin modales será suficiente.
—¿Primitivo sin modales? —replicó Iris a través del pinganillo de Alex—. Y eso lo dice alguien que pertenece a una raza que lleva seiscientos mil años matándose en una guerra. ¿Quién es aquí el primitivo?
—Dile a tu IA que hable menos y se desconecte —respondió Nerada con total indiferencia—. El Gran Salón está lleno de unidades de detección de dispositivos no autorizados. Si descubren que sigue activa...
Hizo una breve pausa.
—La freirán en el acto.
Alex se quedó inmóvil.
—¿Freírla? —preguntó con inquietud.
—Sí. Lanzarán un pulso electromagnético que destruirá sus circuitos. Así que... —Nerada lo miró por encima del hombro—. Si no quieres perder a tu amiguita, apágala.
Alex bajó la cabeza.
—¿Iris? ¿Has oído eso? ¿Qué debería hacer?
Durante unos segundos no obtuvo respuesta. La inteligencia artificial permaneció en silencio, procesando la información.
—Está bien... apágame —dijo finalmente con una serenidad que sorprendió al muchacho.
—¿Estás segura?
—Sí. Permanecer apagada durante un rato es mucho mejor que acabar con los circuitos fundidos.
Alex tragó saliva. Dudó unos instantes antes de llevar la mano al lateral de su traje.
—Nos vemos dentro de un rato, amiga mía.
Presionó el pequeño interruptor.
El aro luminoso del pinganillo comenzó a parpadear lentamente. La tenue luz azul que lo recorría perdió intensidad hasta convertirse en un débil destello. Después, una suave melodía electrónica sonó durante apenas un segundo, como una despedida, y la voz de Iris se apagó a mitad de un leve suspiro digital.
El silencio fue inmediato.
Por primera vez desde que la había conocido, Alex sintió que estaba completamente solo.
—Ya está... —murmuró con tristeza—. Continuemos.
Nerada no mostró la menor emoción. Simplemente reanudó la marcha.
Pocos minutos después llegaron a su destino.
Dos enormes puertas de oro, cubiertas de grabados antiguos, daban acceso a la sala del Gran Consejo. Frente a ellas permanecían inmóviles dos guardias.
Nerada se acercó y comenzó a hablar con uno de ellos.
Aunque seguía apenado por haber apagado a Iris, la curiosidad de Alex pudo más. Observó a los guardianes de arriba abajo.
—¿Gatos...? —susurró para sí.
En ese momento, el guardia con el que hablaba Nerada giró lentamente la cabeza hacia él.
Alex se sobresaltó. Durante un instante creyó que lo había oído y trató de disimular, aunque no pudo evitar seguir observándolo.
Era casi dos cabezas más alto que un humano y poseía un físico poderoso, cubierto por un pelaje corto de color arena salpicado de rayas oscuras. Su rostro era claramente felino, pero mucho más robusto que el de un gato corriente. Los ojos, de un intenso tono ámbar, parecían capaces de atravesar a cualquiera con una sola mirada.
Lo que más llamó la atención de Alex fueron sus colmillos.
Dos enormes dientes blancos sobresalían de la mandíbula superior y descendían varios centímetros por delante del hocico, curvándose ligeramente hacia el interior. Nunca había visto nada parecido. No parecían incómodos ni torpes; al contrario, daban la impresión de formar parte natural de aquel imponente guerrero.
El guardia sostuvo su mirada apenas unos segundos antes de volver a prestar atención a Nerada.
"Gatos... gatos... gatos...", repetía Alex para sí mientras rebuscaba en su memoria.
Y entonces lo recordó.
En uno de los viejos números de su colección de revistas Karma 7 había leído un reportaje sobre los felinoides de Lira.
¿Serían aquellos guardianes miembros de la misma raza que aparecía en la revista?
“Felinoides de Lira”, se repitió. El artículo de la Karma 7 le venía a la cabeza a fragmentos. Decía que eran una raza antigua y que su planeta de origen había sido destruido hacía eones y que ahora servían como guardia pretoriana de la federación por un pacto de honor. Que podían oler el miedo. Que nunca dormían del todo.
El guardia terminó de hablar y asintió una sola vez hacia Nerada. Luego posó su enorme mano enguantada sobre una de las puertas doradas.
El metal, que parecía macizo, se iluminó al contacto. Los grabados antiguos, líneas entrelazadas que Alex al principio había tomado por decoración, empezaron a correr como circuitos de luz líquida.
“Si pueden oler el miedo, ahora mismo debo apestar”, pensó Alex.
La luz recorrió las dos puertas de arriba abajo y se concentró en el centro, donde ambas hojas se unían. Un clic profundo, resonante, retumbó por el pasillo.
“Puedes entrar, Nerada de la Casa de Vel. El humano puede entrar contigo”, dijo el guardia. Su voz era sorprendentemente clara y profunda, con un leve ronroneo de fondo. El traductor los tradujo al español el idioma de Alex.
Alex dio un respingo.
Nerada ni se inmutó.
“Recuerda”, le dijo a Alex sin mirarlo, en un susurro cortante. “No hables hasta que te hablen. No toques nada. Y sobre todo, no intentes ser ingenioso.”
Las puertas comenzaron a separarse lentamente hacia dentro, revelando una luz blanca tan intensa que al principio Alex tuvo que entrecerrar los ojos.
El Gran Consejo no era una sala.
Era un abismo.
Una esfera perfecta de cientos de metros de diámetro, suspendida en la nada. No había suelo, solo una pasarela estrecha de cristal que flotaba desde la entrada hasta una plataforma circular en el centro. Alrededor, en gradas que desafiaban la gravedad, flotaban seres. Decenas. Cientos. Algunos humanoides, otros completamente imposibles de describir.
Y todos, absolutamente todos, se giraron para mirarlo en el mismo instante en que puso un pie en la pasarela.
El aire solemne del pasillo no era nada comparado con esto. Aquí el silencio pesaba.
A Alex se le erizó la piel y su mano, por puro reflejo, buscó el lateral de su traje. Buscó el pinganillo.
El aro luminoso seguía apagado. Frío.
Por primera vez, iba a tener que hacerlo realmente solo.




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