Ecos del abismo. ( Reedición )

8

Alex recorrió con la mirada la inmensa sala del Consejo. Nunca habría imaginado que pudieran existir tantas formas de vida distintas reunidas en un mismo lugar.

Había seres de aspecto humanoide con cabezas de pulpo, insectoides de brillantes caparazones, criaturas formadas por pura energía y enormes esferas de agua en cuyo interior nadaban especies acuáticas. Incluso creyó distinguir a unos pequeños seres con delicadas alas de mariposa revoloteando entre las columnas.

—¿Hadas...? —pensó, incapaz de creer lo que estaba viendo.

—Cría de la Tierra.

La voz, grave y poderosa, resonó por toda la sala.
Alex estuvo a punto de responder con brusquedad, pero se detuvo al ver a Nerada negar discretamente con la cabeza.

—Sí... soy yo.

Alzó la vista hacia el origen de la voz y sus ojos se abrieron como platos.

En una enorme plataforma se alzaban seis tronos ocupados por figuras imponentes.

El primero era un gris muy parecido a Nerada, aunque completamente calvo. Su rostro parecía esculpido en piedra y sus ojos carecían de cualquier emoción.

Un Gris Imperial, explicó la voz de Nerada directamente en su mente.

Alex dio un pequeño respingo.

A su lado se encontraba un humanoide de rasgos perfectos y mirada penetrante.

Pleyadiano.

El tercero tenía la piel completamente azul, y bastó cruzar su mirada para que algo en el pecho de Alex se aflojara, como si el aire mismo se hubiera vuelto más liviano.

Arturiano.

A la derecha distinguió a un enorme reptiloide idéntico a los tres guerreros que lo habían recibido al llegar.

A esos ya los conoces. Draconarii.

Junto al reptiliano flotaba una gran esfera de agua. En su interior nadaba en círculos lentos una criatura anfibia de piel escamosa y enormes ojos negros, que por un instante se detuvo a observarlo.

Abgal.

—Ahora mira al centro —indicó Nerada.

Alex obedeció.

En el único trono que no descansaba sobre el suelo, sino que flotaba varios centímetros por encima de los demás, se encontraba una gigantesca criatura semejante a una mantis terrestre.

Mántido.

Alex tragó saliva.

Joder... ¿En qué puñetero lío me he metido?

Los seis dirigentes del Consejo lo estudiaban en silencio, algunos con la cabeza ligeramente inclinada, otros sin apartar los ojos de él ni un segundo. Todos, excepto el draconarii.

Aquel lo miraba como un depredador contempla a su próxima presa.

El mántido habló.

—Dime, humano. ¿Cómo es posible que un miembro de una de las razas más jóvenes y primitivas de la galaxia haya aparecido en Aureon, capital de la Federación?

El silencio que siguió fue absoluto. Nadie carraspeó, nadie cambió el peso de un pie a otro. Todos esperaban su respuesta.

Alex respiró hondo.

—La verdad es que yo ni siquiera debía estar aquí. Estaba probando mi nueva nave espacial. Mi destino era Alfa Centauri, no... su planeta.

Varias miradas se cruzaron entre los consejeros.

El Gris Imperial tomó la palabra.

—¿Y cómo explicas que un humano posea una nave equipada con tecnología de salto de nivel tres?

Alex se encogió de hombros.

—No pienso responder a esa pregunta.

A Nerada se le encogió el estómago.

Nadie. Absolutamente nadie en la historia de la Federación se había negado a responder al Consejo.

Los murmullos estallaron por toda la sala.

El draconarii golpeó el brazo de su trono.

El silencio regresó de inmediato.

Fue el mántido quien volvió a hablar.

—¿Eres consciente, humano, de que bastaría una sola orden para convertir tu mundo en polvo interestelar?

Alex levantó la cabeza.

—Inténtenlo.

La sala quedó completamente inmóvil. Ni un solo consejero se movió.

—Ataquen la Tierra y dedicaré el resto de mi vida a destruir todo aquello que hayan construido. Aunque tenga que condenar mi alma para conseguirlo. No iniciaré una guerra..., pero tampoco permitiré que amenacen a mi mundo.

Respiró profundamente antes de continuar.

—Llaman primitivas a las razas jóvenes cuando ustedes llevan seiscientos mil años matándose entre sí. Si eso es lo que consideran una civilización digna de respeto, prefiero seguir siendo un salvaje.

Nerada cerró los ojos.

Está acabado.

Y la Tierra con él.

Nadie habló. El silencio era tan profundo que Alex podía escuchar los latidos de su propio corazón.
Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.

El mántido comenzó a reír.

Su carcajada, profunda y poderosa, retumbó por toda la sala.

—¡Me gusta este humano! —exclamó entre risas—.

Tiene... ¿cómo es la expresión que usan en su mundo?... ¿Pelotas?

Varias sonrisas aparecieron entre algunos consejeros.

Los hombros de Alex bajaron apenas un centímetro.

—Tranquilo, humano...

—Alex —lo interrumpió él—. Me llamo Alex. No responderé por "niño" ni por "cría". Solo por Alex.

La sonrisa del mántido se acentuó.

Entonces abandonó su trono.

Solo en ese instante Alex comprendió su verdadero tamaño.

La criatura era gigantesca.

Permanecía a más de doscientos metros de distancia y, aun así, pudo inclinarse hasta quedar a escasos centímetros de su rostro.

Alex tragó saliva.

Nunca se había sentido tan pequeño.

El mántido lo observó durante unos segundos antes de hablar con una voz sorprendentemente tranquila.

—Lo que intentaba decirte, Alex, es que no tienes nada que temer.

Hizo una breve pausa.

—No deseamos hacer daño a tu pueblo. Solo queremos entender cómo un humano ha conseguido una nave equipada con tecnología de salto de nivel tres. Esa tecnología no debería existir en un mundo como el vuestro.

Sus grandes ojos brillaron con curiosidad.

—Y eso... nos intriga muchísimo.




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