Les dedico esta historia a quienes han sido ecos antes que palabra.
A los silencios que me enseñaron a escucharme.
A las miradas que me sostuvieron cuando no encontraba la voz.
A las presencias que, incluso en la distancia, me habitan.
A las manos que me acompañaron sin pedir explicación.
A los abrazos que no necesitaron palabras.
A los hilos invisibles que me recuerdan que no escribo sola.
A quienes leen esto con el corazón abierto: Gracias por prestarme su frecuencia. Qué estas palabras les abracen como a mí me abrazaron al nacer.
Editado: 01.07.2026