Se nos va la vida entre los dedos,
como el agua clara que baja del Ávila,
contando los días, sumando los miedos,
mientras la tarde se apaga, pálida.
Un día eres niño jugando en la cera,
marcando con tiza el sueño gastado,
y al otro, un testigo de tanta partida,
viendo cómo el mapa se queda vacío,
cómo el vecino cruzó la frontera,
y el nido del ave se quedó truncado.
¿Cuánto dura el brillo de una estrella en el Caribe?
Lo que dura un abrazo en la puerta de salida,
lo que tarda el destino en curar una herida,
lo que el pecho resiste mientras el cuerpo vive.
Nos volvimos expertos en decir "adiós" en los pasillos,
en congelar la vida a través de una
pantalla,
mientras la moneda pierde sus bolsillos,
y el ciudadano libra su diaria batalla.
Venezuela herida, ruda primavera,
donde la nostalgia se volvió rutina.
Hacemos promesas para el "mientras tanto",
compramos recuerdos con fecha vencida,
y el tiempo, ese lobo que no tiene llanto,
nos cobra en arrugas la fe sostenida.
Cambiamos los templos, perdimos el piso,
y a veces, de frente, dudamos de Dios.
¿Cómo no dudar cuando el sol se oculta?
¿Cómo no sentir que el reloj es verdugo,
cuando sobrevivir se volvió una consulta,
y el peso del día se siente como un yugo?
Todo es efímero, el oro y la queja,
el apagón ciego que roba la infancia,
la cola, el dilema, la herida ya vieja,
el puente que mide la cruel distancia.
Es efímero el mando, la marcha, el decreto,
el hambre de gloria de los opresores;
la historia es un río de curso secreto,
que siempre desecha a los falsos señores.
La vida es un suspiro, Caracas lo sabe,
lo sabe el Orinoco, lo sabe el que emigra,
con una maleta donde nada cabe,
salvo la esperanza que todavía vibra.
Pero en la mirada del viejo que deja,
su tierra en un rezo de manos cansadas,
hay algo que el tiempo jamás empareja:
la huella indeleble de las madrugadas.
La vida es un soplo, un juego de azar,
un viaje sin mapa, un cielo que truena,
y en medio del caos, volvemos a amar,
porque el alma es libre, aunque ruede la pena.
No dejes que el tiempo se rinda en la queja,
que lo que hoy nos pesa, mañana es olvido.
La noche es oscura, pero ya se aleja,
y el suelo que pisas no está destruido.
Somos la madera que aguanta el invierno,
el calor del budare, el café compartido,
lo malo es un soplo, no existe lo eterno,
y al final del cuento, en este suelo herido,
el tiempo nos dice: "Vivir ha valido".
By A.V
Editado: 19.07.2026