Hay estrellas que no solo viven en el cielo,
sino en los gestos,
de quienes caminan contigo cuando anochece.
Sus palabras son faroles, sus abrazos,
constelaciones que guían sin condición.
La vida se estira entre soles que se van,
y lunas que regresan,
cómo promesas suaves en la piel.
Cada atardecer canta una lección:
Todo lo que termina,
tiene la forma de un nuevo comienzo.
La esperanza no grita,
pero susurra en los colores del ocaso,
Naranjas tibios,
Rosados que respiran lento,
Azules que curan sin prisa.
Los amigos,
esos fragmentos de cielo que eligieron,
quedarse,
son testigos del renacer,
de las pequeñas victorias,
de las risas que hacen que la vida,
duela menos y brille más.
Así, sigo andando:
Con los pies sobre la tierra,
la mirada en las estrellas,
y el alma abierta,
como la última luz del día,
cuándo el sol se despide,
y el cielo, por fin, se vuelve poema.
Porque al final de cada jornada,
cuando el silencio se adueña del camino,
comprendo que la verdadera claridad,
no depende del sol que se oculta,
sino de la huella que dejamos en el otro.
Y en esa dulce penumbra,
donde el tiempo se vuelve eterno,
nos descubrimos a salvo,
abrigados por la misma constelación,
sabiendo que mientras haya un abrazo,
siempre habrá un lugar donde florezca la luz.
Es un pacto invisible con la noche:
no temerle a la sombra del invierno,
pues la memoria guarda el eco cálido
de las voces que nos sostienen.
Avanzo con la certeza del caminante,
que ha visto el fuego encenderse en la distancia,
celebrando cada lazo que nos une,
cada nota que alivia el cansancio,
mientras el alma, en su rincón más puro,
sigue tejiendo puentes hacia el amanecer.
By A.V
Editado: 19.07.2026