Nos enseñaron a temer el temblor,
a disfrazar la tristeza con eficiencia,
a esconder el alma detrás de agendas,
a sonreír aunque el pecho crujiera
por dentro.
Nos dijeron que sentir era perder,
que mostrarse era rendirse,
que la emoción era un lujo
que no podíamos permitirnos.
A los hombres, les tallaron la piel
con mandatos:
no llores, no dudes, no te rompas.
A las mujeres, nos exigieron fortaleza
sin pausa:
sostén, cuida, resiste, pero no te quejes.
Y así, todos fuimos aprendiendo
a callar lo que duele,
a maquillar el cansancio,
a fingir que no pasa nada
cuando todo dentro grita.
Pero ¿quién escribió esa ley sin tinta?
¿Quién decidió que la vulnerabilidad
es sinónimo de derrota
y no de humanidad?
Hoy la desobedezco.
Hoy la nombro.
Hoy la rompo.
Desarmo el disfraz de acero,
me quito el peso del escudo,
y permito que la grieta
deje entrar la luz del mundo.
Aprendo a perdonarme la pausa,
a dejar de exigir impecabilidad a la herida,
sabiendo que la piel más fuerte,
es la que ha aprendido a cicatrizar.
Porque hay dignidad en el que se
cansa,
hay belleza en la que se derrumba,
hay verdad en el que dice:
"no puedo más"
y aún así,
sigue.
No somos débiles por sentir.
Somos valientes por mostrarnos.
Somos libres cuando dejamos de
fingir.
Somos humanos, no máquinas.
Sentir no es debilidad: es esencia.
Sentir nos hace ser humanos.
By A.V
Editado: 06.08.2026