El tiempo no avanza,
se disuelve.
Como la sal en el agua,
como el eco en la piedra.
No hay relojes en la memoria,
solo pulsos que se repiten,
sin saber si son principio
o residuo de algo que ya fue.
No hay marcas en la piel de la distancia,
ni mapas que sostengan el ayer,
recordar es apenas un intento
de sujetar el humo con la sed.
La luz no llega,
se filtra.
Y en su sombra,
el instante se curva
como un pensamiento que duda de sí
mismo.
¿Qué somos cuando la hora se distorsiona,
cuando el segundo deja de medir?
Apenas una vibración que busca
un espacio tranquilo donde existir.
Habitamos la grieta de la tregua,
el intervalo mudo entre dos latidos,
donde los nombres pierden su relieve
y los rostros se vuelven sonido.
Somos la huella de una marea limpia,
el residuo de una nota que se apaga,
buscando en la penumbra del silencio
la arquitectura que la voz presagia.
Se desmorona el margen del presente,
se borra la frontera del ayer,
y nos quedamos flotando en lo suspendido,
sin un lugar al cual corresponder.
Porque el recuerdo no conoce fechas,
ni entiende de secuencias o de orden,
es un mar que regresa de golpe,
rompiendo siempre contra el mismo
borde.
Todo lo que creemos eterno,
es apenas una pausa
entre dos olvidos.
Y aun así,
nos aferramos al borde
como si el abismo fuera hogar.
Un centro donde el aire se detiene,
la certeza sutil de que en la nada,
despojados de horas y de nombres,
la memoria suspende su mirada.
Y en ese vacío que nada reclama,
nos descubrimos intactos,
siendo al mismo tiempo el naufragio,
el faro, y la marea.
Editado: 25.08.2026