He caminado pasillos llenos de voces
cruzadas,
Dónde cada saludo era un universo,
cada gesto, un acertijo,
cada mirada, un espejo.
Conocí tempestades con nombre propio.
Huracanes de juicio,
brisas de ternura,
y soles que me invitaron a florecer.
Al principio, quise encajar.
Ser molde. Ser eco. Ser sombra.
Pero en el roce de tantas diferencias,
descubrí que también podía ser raíz,
puente, fuego...
y a veces, silencio.
Aprendí que la complejidad no es caos,
es partitura de una sinfonía humana.
Cada nota -áspera o dulce-
me afina, me revela, me expande.
Entendí el valor de la constancia,
de no apresurar el fruto ni la hora,
de aceptar que cada paso cuenta
incluso cuando el horizonte,
parece lejano.
Cada encuentro dejó una marca precisa:
un trazo en el mapa de lo que hoy sostengo,
una frecuencia que ya no se apaga,
un impulso que sigue
llamándome hacia adelante.
Fui guardando memorias en el pecho:
gestos breves que salvaron días,
palabras firmes que orientaron rutas
y silencios que enseñaron
más que cualquier discurso.
Aprendí a mirar con más calma,
a no juzgar el trazo en la tormenta,
a saber que cada historia lleva,
un peso invisible
que merece respeto.
En ese ensamblaje de instantes,
comprendí que la verdadera fuerza
no reside en no romperse,
sino en saber tejerse de nuevo
con hilos de mayor alcance.
Y en esta construcción constante,
descubrí que crecer no es aislarse,
sino integrarlo todo:
Las sombras, el impulso,
y la luz de quienes caminan a mi lado.
Gracias a ellos,
a los que me retaron,
a los que me abrazaron sin palabras,
a los que me enseñaron con su distancia,
sé que soy más de lo que imaginaba.
Soy la que escucha entre líneas,
la que transforma lo técnico en rito,
y lo cotidiano en arte.
Por eso, aunque el camino no fue
fácil,
sé que ha sido...
Especial.
By A.V
Editado: 19.09.2026