En la quietud de la noche,
la ciudad se alza como un gigante durmiente,
sus ventanas encendidas como luciérnagas
suspendidas en la oscuridad.
El cielo, un manto de terciopelo azul marino,
se extiende infinito,
salpicado de estrellas que parpadean
como diamantes distantes.
Un destello lejano,
—un avión, tal vez un satélite—
cruza el horizonte,
recordándonos la inmensidad que nos habita.
Hay un lenguaje secreto en cada balcón,
una historia insomne detrás de cada cristal
donde alguien guarda sus dudas,
donde otra mente intenta descifrar el rumbo
o simplemente contempla la nada.
Las calles, voraces de día,
descansan ahora en un profundo silencio;
solo el zumbido de los transformadores,
el murmullo del viento entre los cables
y el lejano rumor de un motor,
rompen la calma.
Somos pequeñas frecuencias en la penumbra.
faros discretos que dialogan sin palabras,
aprendiendo a ser luz propia
en mitad de una calma que todo lo abraza.
La ciudad, hervidero en la jornada,
reposa en la sombra,
recargando sus fuerzas
para el nacimiento de un nuevo día.
En este instante, el tiempo se detiene.
El pasado y el futuro se fusionan en el presente,
y la soledad de la noche se transforma,
en una oportunidad para la introspección
y el reencuentro con uno mismo.
Es en esta pausa donde el ruido cede,
donde las prisas del mundo pierden su peso,
y la mente encuentra la frecuencia justa
para escuchar lo que el día callaba.
La ciudad, en su serenidad,
nos invita a reflexionar sobre nuestra
propia existencia,
y sobre el lugar que ocupamos en el
mundo.
Y así, mientras la noche sigue su curso,
la ciudad duerme,
pero su espíritu permanece despierto:
vibrando en la penumbra,
esperando el primer rayo de luz
para volver a cobrar vida.
By A.V
Editado: 19.09.2026