Ecos del hogar

Pájaro de mal agüero

El Padre Eterno es luz en las tinieblas; Él alejará las sombras y proyectará Su luz en Sus elegidos

La oración, repetida como mantra, llenaba cada espacio de la sagrada capilla de ls fortaleza. Rebotaba contra cada pared de piedra con la fuerza de una tormenta, atravesando la cálida luz del sol que entraba desde distintos ángulos a través de las fisuras del techo que exponían la majestuosidad de la bóveda celeste.

Veredor, el reconocido Lanza de la Iglesia, permanecía arrodillado junto al santo altar como le habían enseñado desde niño, con la mirada hacia el suelo y las manos fuertemente apretadas contra el pecho. Intentaba absorber cada palabra, extraer cada sílaba de ellas como si en esa oración se escondiese el secreto del universo. Esperaba, quizás, algún día tener el conocimiento de sus maestros. Comprender la voluntad del Padre Eterno tanto como aquellos a quienes admiraba.

Pero no podía. No al menos con el ruido de las botas metálicas y el continuo murmullo de los soldados que pasaban cerca de allí.

Siete meses.

Siete meses desde que estaban confinados en aquel reducto olvidado, oscuro y húmedo. Desde aquella rebelión, desde que aquel falso monarca había logrado desplazar al Rey Valdrick de su trono, y a su familia con él, y obligado a todos sus leales a seguirlo y guarecerse en esos viejos aposentos.

Pero Veredor no era de los que se quebraban fácilmente. Abandonado de bebé, había sido educado por los miembros más respetables de la institución para seguir las enseñanzas y la sabiduría del Padre Eterno. El único camino real a la salvación. Y el Padre Eterno sabía darle sus mayores pruebas a quiénes más amaba. Por eso Veredor sonreía. Porque podría haber sido diferente, más fácil, pero ese no hubiera sido el camino correcto.

El sonido de la puerta abriéndose lo sacó de aquel trance.

—Gran Sacerdote Veredor.

Un soldado de bajo rango irrumpió sin contemplaciones.

Veredor terminó de orar y se incorporó lentamente. Sus nudillos blanquecinos contrastaban con sus adoloridas rodillas.

—Espero que traigas contigo una buena justificación para interrumpir la conversación con el Padre.

—Lamento lo abrupto de mi entrada, pero traigo noticias de parte del Rey Valdrick. Tal parece que el demonio que acechaba el noreste de la fortaleza fue abatido. Los exploradores acaban de regresar.

—Gratas noticias has traído, en verdad. Pero no es razón suficiente para irrumpir así en la iglesia. Ten más cuidado la próxima vez que veas a un hombre orando.

Veredor continuaba dirigiendo su vista al altar, de espaldas al soldado.

—No es sólo eso, señor —respondio—. Han traído a un prisionero con ellos. Un mercenario que estaba allí. Y tiene un manto cubierto de plumas de cuervo sobre sus hombros. Lo llevan ante la presencia del Rey, quien lo solicita a usted de inmediato como representante de la fe.

Un manto de plumas. Un mercenario. El Cuervo.

La mirada de Veredor se afiló mientras volteaba rápidamente hasta encontrar sus ojos con los del soldado. Ese demonio, mercenario, hereje y asesino. Enemigo de la Única Iglesia. Un bandido que asola a los débiles. El que sólo se mueve por dinero y que desde que apareció solo vivía para ir contra los intereses de la santa fe y lo que ella representa.

Esta debía ser una señal del Padre Eterno, aquella que Veredor tanto tiempo esperó, de que Él aún no lo había abandonado. De que sus oraciones eran oídas. Y de que ahora eran respondidas con la captura del mayor enemigo que había pisado la buena tierra de Sabeiras.

Sonrió mientras un fugaz aire de gozo cruzaba su rostro.

—En realidad son grandes noticias. Finalmente podremos cobrar las vidas que ha quitado sin razón. Iré enseguida. Que el Padre te guíe donde vayas, soldado.

No esperó más que unos pocos segundos luego de que el mensajero de la buena nueva marchó. La ansiedad lo había invadido por completo cuando salió en dirección a la Sala del Rey, donde aquel monstruo sería juzgado. Finalmente se haría justicia. Finalmente, la voluntad del Padre Eterno sería la única que valiese en ese reducto infernal.

Esquivó las milicias que caminaban de un lado a otro, obstruyendo su marcha como si sus asuntos fueran más urgentes. Dobló la esquina y vio el tumulto de gente agolpada en las puertas, indicio claro de que ya estaba allí. Al fin lo vería de frente, directo a esos ojos que tantas vidas habían segado. Pero no llegó. Algo lo detuvo, en el exacto instante en que la temperatura comenzaba a descender.

Un destello brillante y frío se cruzó en su camino. Como una tormenta de nieve en las épocas de frío del sur, aquellos cabellos casi blancos caían en una coleta mal hecha, a las apuradas y sin cuidado sobre su espalda. Los ojos grises parecían estudiarlo con gélida indiferencia, con la distancia que suele tomarse de aquello que nunca es bien comprendido. Las pecas, apenas visibles en su nariz, parecían ser el único lugar que el hielo aún no había reclamado.

Con su mirada afilada y la mano derecha reposando sobre su espada, Alicia, la hija menor del Rey Valdrick, lo aguardaba cerca de la entrada.

Amiga de la infancia de Veredor, siempre había sido la obsesión de él el llevarla por el buen camino de la iglesia. Que conociera la verdad y pudiera seguir la senda correcta que se había colocado allí para ellos. Y si eso significaba caminar a su lado, sería entonces la voluntad del Padre cumpliéndose a través de sus cuerpos. Pero la Princesa de Hielo, como la conocían, era un hueso duro de roer. Parecía impenetrable en sus sentimientos, casi tan difícil de leer como un libro en una lengua extraña. Intentar llegar a ella era como intentar derretir un iceberg con una antorcha consumida.

—Tal parece que los rumores eran ciertos. Sí es así, entonces hoy tendremos un asunto menos del que preocuparnos.

La voz de Alicia era casi tan gélida como punzante.




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