Ecos del Olvido

CAPÍTULO 5: EL PRECIO DE LA VERDAD

CAPÍTULO 5: EL PRECIO DE LA VERDAD

Bogotá, 8 de noviembre de 1985

El cementerio Central de Bogotá a medianoche es un lugar donde los vivos no deberían caminar. Entre las lápidas cubiertas de musgo y los mausoleos que se alzan como fantasmas de mármol, Elena Restrepo avanzaba con pasos cuidadosos sobre el sendero de grava húmeda, sintiendo cómo cada crujido bajo sus pies resonaba en la oscuridad como una cuenta regresiva hacia el final de todo lo que había conocido.

Llevaba en su bolso una copia de los documentos del magistrado Urán Rojas, pero había escondido los originales en una caja fuerte del periódico junto con instrucciones detalladas para Guillermo Cano. Si ella no regresaba esa noche, los documentos serían publicados inmediatamente. Era un seguro de vida que esperaba no tener que usar, pero que le daba una extraña sensación de paz en medio del terror que la consumía.

Durante las veinticuatro horas anteriores había vivido la experiencia más intensa de su vida: la certeza de amar a alguien hasta el punto de estar dispuesta a morir por él, mezclada con la responsabilidad aplastante de ser quizás la única persona que podía exponer una red criminal que había destruido miles de vidas. Era un peso que jamás había imaginado cuando comenzó a trabajar como periodista, pensando que la tinta y el papel podían cambiar el mundo sin derramar sangre.

Se detuvo junto al mausoleo de los Héroes, como le habían indicado. La estructura neoclásica se alzaba imponente contra el cielo nublado, y por un momento Elena sintió la ironía amarga de estar negociando la vida de un hombre honesto en un monumento dedicado a quienes habían muerto por la patria. ¿Qué era Ricardo sino otro héroe anónimo, sacrificado en una guerra que la mayoría de colombianos no sabían que se estaba librando?

Un ruido de pasos sobre la grava la alertó. Tres figuras emergieron de entre las sombras: dos hombres de civil armados y, entre ellos, Ricardo Mendoza con las manos atadas a la espalda y una venda sobre los ojos.

Elena sintió una mezcla de alivio y horror al verlo vivo pero claramente maltratado. Su camisa estaba rasgada, tenía sangre seca en la comisura de los labios, y se movía con la rigidez de quien ha sido golpeado metódicamente. Pero estaba vivo, y eso era lo único que importaba en ese momento.

—Elena, no deberías haber venido —dijo Ricardo con voz ronca, dirigiendo su rostro hacia donde había escuchado sus pasos a pesar de tener los ojos vendados.

—Cállate —ordenó uno de los hombres, empujándolo con brutalidad.

El que parecía ser el líder, un hombre mayor con cicatrices en el rostro y ojos fríos como el hielo, se dirigió a Elena.

—Señorita Restrepo, esperamos que haya sido inteligente y haya traído lo que le pedimos.

Elena abrió su bolso lentamente, mostrando la carpeta con los documentos.

—Aquí está todo. Ahora liberen al detective Mendoza.

—Primero revisamos que esté completo.

El hombre tomó la carpeta y comenzó a hojear los documentos con la ayuda de una linterna pequeña. Sus ojos se movían rápidamente sobre las páginas, deteniéndose ocasionalmente en párrafos específicos. Elena observó su reacción y se dio cuenta de algo escalofriante: este hombre conocía el contenido de los documentos. No los estaba leyendo para verificar su autenticidad, sino para confirmar que estaban todos los que buscaba.

—Está bien —dijo finalmente—. Pero tenemos un problema, señorita Restrepo.

—¿Cuál problema? Cumplí con mi parte del trato.

—El problema es que usted ya leyó estos documentos. Y nosotros no podemos permitir que existan testigos de esta información.

Elena sintió cómo se le helaba la sangre. Había sido ingenua al pensar que la dejarían ir con vida después del intercambio. Estos hombres representaban una organización que había demostrado estar dispuesta a cualquier cosa para proteger sus secretos.

—Espere —dijo, tratando de ganar tiempo—. Yo puedo ser más útil viva que muerta. Soy periodista, tengo acceso a información, puedo...

—Señorita, usted ha demostrado que no es controlable. Ya no nos sirve.

Uno de los hombres desenfundó su arma y apuntó hacia Elena. En ese momento, Ricardo se las arregló para zafarse parcialmente de sus ataduras y se abalanzó hacia el pistolero, derribándolo de un golpe con el hombro. La venda se le cayó de los ojos, revelando una mirada de determinación férrea.

—¡Elena, corre! —gritó mientras luchaba en el suelo con uno de los secuestradores.

Pero Elena no corrió. En cambio, sacó de su bolso la pequeña pistola que había comenzado a cargar después de las primeras amenazas, meses atrás. Nunca había disparado a un ser humano, pero tampoco había tenido que elegir entre su supervivencia y la de la persona que amaba.

El líder del grupo se volvió hacia ella, sorprendido por su reacción, y Elena disparó sin pensarlo dos veces. El disparo resonó en la quietud del cementerio como un trueno, y el hombre se desplomó agarrándose el hombro.

Ricardo logró arrebatarle el arma al segundo pistolero y apuntó hacia el tercer hombre, que ya había comenzado a huir entre las lápidas.

—¡No se mueva! —gritó, pero el hombre desapareció en la oscuridad.




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