Ecos del Olvido

CAPÍTULO 7: LOS ECOS DEL SILENCIO

CAPÍTULO 7: LOS ECOS DEL SILENCIO

Bogotá, marzo de 1989

I. EL PESO DEL DESPUÉS

El café en la Zona Rosa estaba casi vacío esa tarde de marzo, apenas unas pocas mesas ocupadas por estudiantes universitarios que discutían sobre Gaitán y la violencia mientras fumaban cigarrillos que les duraban horas. Ana Lucía Vásquez había llegado temprano, como siempre, y había elegido la mesa del rincón desde donde podía ver tanto la puerta de entrada como la calle. Tres meses después de los eventos en La Rochela, aún conservaba ciertos hábitos de supervivencia que no lograba abandonar.

Llevaba quince minutos esperando a Miguel cuando lo vio llegar. Se movía diferente ahora, con una precisión nueva en sus gestos, como si hubiera aprendido a economizar energía emocional para las cosas que realmente importaban. La muerte de Gabriel Moreno los había afectado a ambos de maneras que aún estaban descubriendo.

—Perdón por la demora —dijo Miguel mientras se sentaba frente a ella—. Estuve en el cementerio.

Ana no necesitó preguntar cuál cementerio. Desde que habían regresado de La Rochela, Miguel visitaba la tumba de Gabriel Moreno cada viernes por la tarde. Era un ritual que había desarrollado sin explicárselo a nadie, ni siquiera a ella.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Ana mientras le pasaba el menú, aunque sabía que él pediría lo mismo de siempre: café negro y algún postre que no se comería.

—Como si hubiera envejecido diez años en tres meses —respondió Miguel con una sonrisa cansada—. ¿Y tú?

Ana removió su café con leche pensativamente. Era una pregunta que se hacía todos los días al despertarse, y cuya respuesta cambiaba constantemente.

—A veces siento que estamos viviendo en un país diferente al que conocíamos hace un año. Como si hubiéramos atravesado una puerta y ya no pudiéramos regresar.

Miguel asintió. Entendía exactamente a qué se refería. Habían visto demasiado, sabían demasiado sobre cómo funcionaban realmente las cosas, y esa información había cambiado la manera como percibían cada noticia en el periódico, cada discurso político, cada promesa de justicia.

—Elena y Ricardo sabían esto desde el principio —dijo Miguel—. Por eso Elena escribía como si cada artículo fuera su último. Porque entendía que conocer la verdad sobre este país era una forma de sentencia de muerte.

Ana recordó las últimas conversaciones que había tenido con Elena Restrepo antes de que la mataran. La periodista había desarrollado una filosofía peculiar sobre su trabajo: decía que investigar la verdad en Colombia era como ser arqueólogo en un cementerio activo, donde los muertos seguían enterrando a los vivos.

—¿Crees que valió la pena? —preguntó Ana de repente.

Era una pregunta que llevaba semanas sin atreverse a formular, pero que había estado creciendo en su interior como una semilla incómoda.

Miguel la miró durante un largo momento antes de responder.

—Gabriel Moreno sabía que iba a morir cuando convocó esa rueda de prensa. Carlos Hernández también lo sabía cuando decidió testificar públicamente. Y lo hicieron de todas formas. Eso tiene que significar algo.

II. EL PASADO QUE REGRESA

Dos horas después, Ana caminaba sola por las calles del centro de Bogotá, dejando que sus pasos la llevaran sin un destino específico. Era algo que había comenzado a hacer desde que regresó de La Rochela: caminar por la ciudad como si fuera una extranjera en su propia tierra, observando detalles que antes no notaba.

Se detuvo frente a una iglesia colonial donde una misa de tarde había comenzado a llenarse de mujeres mayores vestidas de negro. Le recordó a su abuela, que había muerto cuando Ana tenía quince años, y que le había contado historias sobre la violencia de los años cincuenta que ahora le parecían ensayos para lo que estaban viviendo.

"Mija, en este país la violencia es como las lluvias: llega por temporadas, pero siempre regresa", le había dicho su abuela una tarde mientras tejía y Ana hacía tareas. "Lo único que uno puede hacer es aprender a protegerse cuando llueve y a disfrutar el sol cuando sale."

Ana no había entendido entonces por qué su abuela hablaba siempre con esa mezcla de tristeza y resignación. Ahora lo entendía perfectamente.

Entró a la iglesia sin saber muy bien por qué. No era especialmente religiosa, pero había algo en el silencio de las iglesias que la tranquilizaba. Se sentó en una banca del fondo y observó a las mujeres que rezaban el rosario con una devoción que parecía más una conversación íntima que una oración formal.

Una de ellas, una mujer de unos sesenta años con el cabello gris recogido en un moño, se acercó después de que terminó la oración.

—Disculpe, señorita, pero usted no parece de por aquí.

Ana sonrió. En Colombia, especialmente entre mujeres de cierta edad, los extraños podían convertirse en confidentes en cuestión de minutos.

—Soy periodista —dijo Ana—. He estado trabajando en unos casos... difíciles.

La mujer asintió con expresión comprensiva.

—Mi hija era maestra en Urabá. La mataron hace dos años por enseñar a leer a hijos de campesinos. Desde entonces vengo aquí todos los días a pedirle a Dios que me ayude a no volverme amarga.




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