La vida había llevado a Carla por un camino que jamás habría imaginado. Tras una juventud atravesada por las inseguridades, eligió la medicina y se aferró a ella con una disciplina que nadie le había supuesto. No fue la estudiante más brillante, pero sí la más constante. Ahora, en un hospital de campaña levantado junto a un campo de refugiados, atendía a quienes no podían permitirse esperar. Allí había aprendido a sostener el dolor ajeno sin olvidar el suyo.
El flujo constante de pacientes había estado llegando durante todo el día. Anemias, infecciones, lesiones de todo tipo. Lo habitual en un hospital de campaña que daba cobertura médica a un campo de refugiados cercano.
Carla caminaba con paso cansado hacia su barracón. Su turno al fin había concluido, después de un día de exhausto trabajo. No dejaba de pensar en lo agotador, pero gratificante que era su trabajo, y que lo único que necesitaba en ese momento era su pequeña pero cómoda cama y dormir como un bebé.
Al pasar junto al barracón que hacía de cantina, pensó en un sándwich mixto y una cola. Estaba a punto de entrar cuando distinguió un perfil conocido entre el movimiento de uniformes. Se le detuvo el paso. Era absurdo; en aquel lugar perdido, a miles de kilómetros de su barrio, Fran no podía estar allí. Y, aun así, el recuerdo de unos ojos y una sonrisa le golpeó con la fuerza de una vida que no había terminado de olvidar.
Recordó por apenas un segundo su vida pasada. Como quince años atrás, se había enamorado perdidamente de Fran. A pesar de que era solo una niña de apenas 14 años, sus sentimientos hacia él fueron tan intensos que no podía dejar de pensar en él ni un solo segundo.
Fran era apenas un par de años mayor que ella, y formaba parte de la pandilla del barrio, que ella y también su mejor amiga Paula frecuentaban.
Aquellos recuerdos habían dolido durante años. Sus complejos sobre el cuerpo, su timidez y su pelo indomable le habían enseñado a anticipar el rechazo antes incluso de intentarlo. Fran, hermoso, seguro y siempre rodeado de chicas, se convirtió en el símbolo más nítido de todo lo que Carla creía no poder alcanzar. Él jamás fue cruel con ella; quizá por eso le dolió tanto sentirse invisible.
Ella era todo lo contrario a lo que un chico cómo él le podría gustar, era la típica jovencita desgarbada, con el pelo indomable, aparato de ortodoncia y gafas graduadas, era una chica que pasaba totalmente desapercibida.
Flashback
Estaba sentada junto a su amiga Paula en las escaleras del edificio donde vivían, y su amiga intentaba consolarla de su decepcionante enamoramiento.
—Cariño, no puedes seguir así. Él no está interesado en ti, tienes que olvidarte de él y seguir con tu vida —le insistió su amiga Paula.
Paula y ella eran mejores amigas desde los once años y eran inseparables, al menos, hasta que Paula se hizo novia de Juan, con tan solo quince años. Juan era miembro de la misma pandilla de amigos a la que pertenecía Fran, pero al contrario que él, Juan era sencillo, cariñoso y además estaba loco por Paula. Por insistencia de su amiga, Juan le había ido con el cuento Fran de que a Carla le gustaba, y con la esperanza de que Fran se fijara en ella, pero para su desgracia, el muchacho no estaba en absoluto interesado en una chica como ella.
—Lo sé, lo sé. Quien iba a querer a alguien como yo —sonrió tristemente Carla.
—¡Oh, vamos! No digas eso. Tienes una vida por delante para encontrar a un hombre que te haga feliz —intentó consolarla su amiga.
—Para ti es muy fácil decirlo, tú ya tienes a Juan.
—Ya verás, dentro de unos años tus aparatos de ortodoncia y las gafas habrán desaparecido, los chicos se te van a rifar, y en ese momento te miraras al espejo y dirás “¡Vaya!”.
Carla siguió el consejo de su amiga, y continuó con su vida, pero jamás pudo olvidar a Fran, él fue su primer amor. Y, ¿quién puede olvidar a su primer amor?
Fin del flashback
Desechó la idea de entrar y comer algo y siguió su camino con las manos hundidas en los bolsillos de su bata médica. Estaba tan agotada, que pensó por un momento que había sido solamente una alucinación producida por el cansancio.
Entró a su cabaña arrastrando los pies, como si pesaran una tonelada y se dejó caer como un fardo en su cama.
Ana y Sara sus compañeras de cuarto, la miraron con preocupación.
—¿Qué tal te ha ido el día? —se interesó Ana.
—Ha sido un día agotador —le respondió frotándose los ojos con las manos—. Estoy tan exhausta que dormiría por días.
—Ya sabes como son los días en este lugar, los días tranquilos brillan por su ausencia últimamente —Sara movió la cabeza de un lado a otro con pura resignación.
—Chicas, me voy a dormir, mañana me espera un día tan loco como hoy. Creo sinceramente que necesito unas vacaciones.
Ana que estaba sentada frente al espejo de un viejo tocador que descansaba en un rincón de la cabaña, comenzó a cepillarse el cabello, algo que hacía cada noche antes de acostarse. De pronto su cara se iluminó con una sonrisa y miró a sus compañeras a través del espejo.
—¿Ya habéis visto a los nuevos oficiales que han entrado con el nuevo reemplazo? ¡Ufff! Madre mía, ninguno tiene desperdicio —Ana, que era una coqueta empedernida, estaba totalmente ilusionada con la novedad.