Había pasado una semana desde que Carla vio a Fran en la cantina, y desde ese día, no había vuelto a verlo. Se sentía agotada y no tenía ganas más que de llegar a su cabaña y dormir el día entero. Había sido otro, de los numerosos largos y agotadores días. Sin embargo, necesitaba obligarse a comer algo y se dirigió a la cantina. Últimamente había perdido algo de peso, porque se alimentaba mal y de manera irregular, y eso no era nada bueno para su salud.
Saludó a Sam al entrar, pero no se acercó a la barra, ya que le vio algo atareado preparando algunos pedidos para varios soldados que se habían acercado a comer algo. Así que, tomo algo del autoservicio y se sentó en una de las mesas más alejadas de la entrada, como a ella siempre le gustaba hacer. Le iba a dar un mordisco a su sándwich cuando alguien hablo a su lado.
—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó la voz masculina que dejó a Carla casi sin palabras.
Carla levantó la vista y se quedó sin aire. La sonrisa de Fran no había cambiado, pero su rostro sí: los años le habían dado una serenidad que lo hacía aún más difícil de ignorar. El corazón le golpeó el pecho con violencia. Quiso responder, pero durante unos segundos solo pudo aferrarse al borde de la mesa y recordar que no era aquella chica de catorce años.
—Claro. Siéntate, si quieres —respondió Carla, intentando que no se le notara el temblor en la voz.
Carla recorrió con la mirada el espacio a su alrededor, y comprobó con desconcierto como el comedor estaba prácticamente vacío, y no pudo evitar preguntarse, ¿por qué querría él sentarse a su lado cuando había tanto espacio disponible?
—Me llamo Fran, ¿y tú? —ante la falta de respuesta por parte de ella, él siguió hablando—. Puede que parezca un cliché, pero, ¿qué hace una chica como tú en un sitio cómo este? —Carla parpadeo aturdida y rio de forma nerviosa. Sin duda estaba desconcertada, pero se obligó a contestarle.
—Mi nombre es Carla —fue lo único que atinó a decir.
Fran le había tendido la mano y ella la estrechó sin pensarlo y un escalofrío le recorrió la espina dorsal. A pesar de que le conocía hacía años, era la primera vez que le tocaba y no pudo evitar temblar de la emoción, su vello corporal se erizó ante su contacto. Él continuó hablando a la vista de que ella no decía nada.
—Mi reemplazo y yo acabamos de llegar, espero que puedas contarme algo de cómo están las cosas por aquí, pero antes dime, ¿tú cuánto tiempo llevas por aquí? —A Carla le resultaba difícil entablar una conversación con él, pero se obligó a contestarle para no quedar como una estúpida.
—¿Yo…? Pues llevo aquí más de dos años, soy médica en el hospital de campaña.
—Mis compañeros que aún andan por aquí me han comentado lo duro que está siendo este año, aunque estoy seguro de que tú lo sabes mejor que nadie —se interesó él, intentando mantener un nivel mínimo de conversación.
—Bueno sí, bastante. Las últimas lluvias caídas y la falta de higiene en el campo de refugiados han hecho que las enfermedades entre toda esta gente no nos den tregua. ¿Y sabes qué? Que los niños son los más afectados en todo esto, sinceramente, es una pena ver tantos niños con signos de desnutrición severa, piojos y fiebre —en un momento le había contado todo lo malo que pasaba por allí, porque la situación la indignaba tanto que no pudo evitar soltar todo lo que sentía ante la pregunta de él.
Carla le dio un último mordisco a su sándwich y terminó su bebida. Miró su reloj de pulsera dándose cuenta de la que era hora de irse, así que se levantó y recogió sus cosas para marcharse.
—Siento tener que dejarte, pero tengo que irme, mañana debo levantarme temprano para ir a trabajar y ya se me ha hecho tarde. Ha sido un placer conocerte, Fran, y un placer haber charlado contigo.
—¿Tan pronto!? —preguntó sorprendido—. Bueno, lo entiendo, y para mí también ha sido un placer hablar contigo.
—Bueno sí tengo que irme, necesito descansar porque ha sido una semana agotadora y estoy muy cansada.
Fran recorrió su cara con la mirada. Sin duda se podían apreciar los signos del cansancio en su precioso rostro, tenía ojeras por la falta de descanso. Carla nunca se consideró la mujer más atractiva del mundo, de hecho, se consideraba una persona del montón, más bien normalita.
—¿Me preguntaba si podríamos volver a vernos en algún otro momento? —la pregunta de Fran la pilló totalmente desprevenida.
—¡Esto…, Claro seguro! —contesto ella— Bueno, adiós, de verdad debo marcharme.
—¡Entonces, no veremos pronto, supongo! —dijo él con una sonrisa dibujada en su rostro.
Carla se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida, dejando a un Fran totalmente desconcertado por la falta de interés de la muchacha. Cuando Carla salió al frio de la noche, las piernas le temblaban sin poder evitarlo. Ni siquiera supo cómo pudo llegar hasta su barracón. Entro y cerrando la puerta tras ella y derrumbándose contra la madera. Por suerte, ni Ana ni Sara estaban allí para interrogarla, y eso hizo que la permitiera tranquilizarse poco a poco. No estaba preparada para responder aún a las preguntas de sus compañeras.
No podía dejar de preguntarse por qué después de tantos años y a tantos kilómetros de distancia de su casa y de su barrio, tenía que haberse vuelto a encontrar con él. Se derrumbó en su cama, sin ni siquiera desvestirse. El destino le estaba jugando una mala pasada y no quería volver a sentirse como se había sentido años atrás. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas sin poder evitarlo y siguió llorando amargamente hasta que el cansancio la venció.