Dos días después de su encuentro con Fran en la cantina, Carla seguía evitando aquel lugar. No era solo miedo a volver a verlo: era miedo a reconocer que, pese a los años, una parte de ella seguía reaccionando a su presencia con la misma vulnerabilidad de antes.
El día amaneció radiante, aunque algo frío, se levantó con ánimos de enfrentar su día libre y estaba dispuesta a relajarme todo lo posible. Armó una mochila con su libro, su iPod y una toalla, y salió del barracón camino a un bosque cercano. Hacía un tiempo que había encontrado aquel lugar encantador junto a un riachuelo que corría perezoso bajo el sol de la mañana. Podía escuchar el murmullo relajante del agua deslizándose sobre las rocas pulidas. Los pájaros cantaban en las ramas de los árboles y el susurró del viento acariciaba las hojas. El olor a tierra mojada, a flores silvestres y la frescura limpia del agua corriente logaron que se relajara completamente.
Ese lugar recóndito al que prácticamente no iba nadie. Era su refugio, porque la ayudaba a relajarse y desconectar del bullicio del campamento, por eso le gustaba tanto aquel lugar.
Se sentó en una roca grande desde la que podía ver una especie de piscina natural creada por décadas de corrientes constantes. El lugar ideal donde sacar todo lo necesario para pasar un día agradable, alejada de todo y de todos. Se colocó los auriculares de su iPod donde había descargado música relajante y se dispuso a leer un rato. No había pasado mucho tiempo, cuando dejo el libro a un lado y cerró los ojos tan solo un momento, pero se quedó dormida sin poder evitarlo.
Un sonido leve la despertó. Al abrir los ojos, encontró a Fran a unos pasos de distancia. No la tocaba; parecía haber entendido, por la expresión con que ella se incorporó, que aquel rincón era importante para Carla.
—¡Hola! —sonrió Fran de forma descarada.
El sol le daba a Carla de lleno en los ojos, obligándola a cubrirlos lo suficiente para poder mirar en su dirección.
—¿Qué haces tú aquí!? ¿cómo has encontrado este sitio? —le preguntó desconcertada incorporándose sobre sus codos.
—Pregunté por un lugar tranquilo y te vi venir hacia aquí —admitió, con una cautela que no encajaba con el recuerdo que ella guardaba de él—. No quería invadir tu espacio. Si prefieres estar sola, me voy ahora mismo.
—Pues sí… —no sabía que más decirle, de repente sus palabras se aturullaron en su boca, y tampoco podía decirle que se largase, porque el lugar no era exclusivo de ella, pero acababa de romper su cuota de relajación, y no solo por descubrir el lugar, sino por su sola presencia.
—¿Hay alguna posibilidad de que pueda acompañarte? —preguntó él al sentir su desconcierto.
—¡Claro! Este lugar no es de mi propiedad —fue lo único que se le ocurrió comentar a Carla, y después se dio una bofetada mental por haber dicho aquella estupidez.
—No parece que te agrade mucho mi presencia —comentó, pero sin parecer molesto.
—Ehmm, no es eso, es que me gusta estar sola cuando quiero relajarme, además me has pillado un poco desprevenida, eso es todo —se disculpó ella.
—Pues de veras que lo siento, no era mi intención incomodarte ni molestarte —parecía bastante sincero—. Si quieres me marcho, no es ningún problema.
—Está bien, no te preocupes. No pasa nada.
—Entonces, ¿no te importa que me quede un rato aquí contigo? —él casi le suplicó.
—Pues claro que no.
Carla miró el agua correr entre las piedras. La atención de Fran la descolocaba. De adolescente habría dado cualquier cosa por que él la mirara así; ahora esa mirada despertaba una mezcla peligrosa de deseo, desconfianza y rabia por todo lo que había callado.
—No quiero hacerte sentir incómoda —dijo Fran, más bajo—, pero me pareces una mujer preciosa. Y me preguntaba si tienes pareja.
A Carla le sorprendió la pregunta y lo miró directamente a los ojos por primera vez.
—Sinceramente, no creo que sea algo que te incumba —le contestó algo molesta.
Jamás, ni en sus más locos sueños, habría imaginado que el Fran que ella conocía pudiera preguntar algo como aquello, cuando nunca le había prestado ni la más mínima atención en el pasado.
Se levantó sacudiendo sus pantalones y recogió su libro. Metió todo en su mochila y comenzó a caminar hacia el sendero, ni siquiera se despidió de él. Se podía notar su molestia e incomodidad al caminar.
Fran se puso en pie, pero se detuvo a una distancia prudente. Su expresión perdió toda seguridad.
—Espera, por favor. No quiero molestarte. Si he cruzado una línea, lo siento de verdad —dijo, sin intentar detenerla—. No volverá a ocurrir.
Carla no respondió. Siguió el sendero hacia los barracones con el pecho apretado. Él no la persiguió. Aun así, cada paso le pesó como si estuviera huyendo de él y de sí misma.
—¿Se puede saber qué te pasa? —la interrogó Sara nada más entrar a la cabaña.
—Sí, eso ¿Qué te ocurre? —Ana también pregunto ansiosa porque su amiga les dijera el motivo de su enfado.
—¡El muy estúpido! ¡El muy idiota! ahora va y me dice que le parezco guapa y me pregunta si tengo pareja. ¡Después de tantos años de babear por él y de que yo fuera totalmente invisible a sus ojos! No me lo puedo creer —balbuceaba para sí misma.