Ecos del pasado

Capítulo 4 — Solamente amigos

Carla era una persona sencilla, de gustos sencillos, de esas personas que preferían quedarse en casa con una buena copa de vino y una película en Netflix que salir fuera a divertirse. Prefería una buena charla en una cafetería frente a un café a lo alocado de las discotecas y las reuniones multitudinarias. Era por eso por lo que no tenía ropa adecuada para salir en el plan en el que Sara y Ana pretendían, pero sus amigas no iban a dejar pasar la oportunidad de arrastrarla fuera de su zona de confort, por lo que decidieron atacar su armario intentando encontrar alguna prenda adecuada para la ocasión, sin embargo, estuvieron de acuerdo con Carla, en que la chica no tenía ninguna prenda interesante para una ocasión como esa. Entre las dos sacaron de sus armarios varios “trapitos”, que gustosamente le ofrecieron a Carla para que eligiera. Por suerte las tres usaban, más o menos, la misma talla.

Carla eligió un sencillo vestido de topitos rojos que marcaba su silueta de forma sugerente sin ser demasiado revelador. Se maquilló de forma sutil, porque tampoco quería parecer algo que en realidad no era, y se pintó los labios de un tono melocotón que los hacía resaltar de forma provocadora.

Era viernes noche y cuando llegaron al bar, estaba a reventar. Parecía que todo el mundo se había tomado la noche libre. El bar estaba repleto de soldados y Carla escudriñó el lugar en busca de aquella cara conocida, pero era imposible ver nada debido a la multitud que se agolpaba en la barra para pedir una bebida y los grupitos de soldados, enfermeras y civiles que llenaban el lugar. A pesar de la cantidad de gente que había en el pequeño local, Sara y Ana se las apañaron para encontraron una mesa libre escondida en un rincón y Ana se ofreció a ir por las bebidas.

—Muy bien ¿Qué vais a tomar? —interrogo a sus amigas antes de marcharse a pelear por una bebida en la abarrotada barra.

—No sé, una cerveza estaría bien para empezar —se decidió Carla.

—Otra para mí —se animó Sara.

—Bien, ahora vuelvo —Ana dio media vuelta y caminó hacia la barra contoneando sus caderas, y más de un soldado la silbó al pasar.

Pasaron horas entre risas, bromas y el coqueteo descarado de Sara y Ana. Carla consiguió relajarse, pero en los silencios volvía a pensar en Fran. Se repetía que era mejor no verlo; la parte de ella que todavía lo esperaba, en cambio, no dejó de buscarlo entre la gente.

Tras varias horas de risas, bromas y algún que otro coqueteo con los soldados por parte de sus amigas, y cuando el bar se fue vaciando de personas, al fin las tres se decidieron a marchar. Ya casi habían llegado a su barracón, cuando lo vieron. Fran estaba apoyado contra la pared junto a la puerta de entrada, y levanto la vista cuando las vio acercarse. Carla se paró en seco y él se acercó hacia ella. Cuando quiso darse cuenta, Sara y Ana ya habían seguido su camino hacia el barracón, y antes de adentrarse en el la guiñaron un ojo cómplice e hicieron el signo de “OK” con la mano, dejándola allí a solas con Fran.

Tras un breve e incómodo silencio, él hablo primero…

—Yo…, quería pedirte disculpas si te ofendí en algo esta mañana, no era mi intención —dijo intentando disculparse.

—No te disculpes, no dijiste nada inapropiado, aunque la verdad es que tu pregunta me pilló un poco… desprevenida. Y…, no, no tengo novio, ni salgo con nadie en estos momentos —le confesó Carla con la esperanza reflejada en el rostro.

—Me alegra saberlo —dijo Fran—. Me gustaría conocerte, Carla. Sin prisas y sin presionarte. Si aceptas, me encantaría que empezáramos siendo amigos.

—Muy bien, pues amigos entonces —respondió ella resignada porque qué otra cosa querría ser él de ella sino amigo.

Fran le tendió la mano como si aquel gesto sencillo fuera una promesa. Carla la aceptó. El contacto duró apenas un instante, pero a ella le recorrió un estremecimiento que no pudo disimular. No era solo atracción; era el vértigo de tocar, por primera vez, algo que había soñado durante demasiado tiempo.

—Estupendo, y ahora que somos amigos, podríamos salir algún día a tomar algo, o salir a cenar por ahí si te apetece.

—Claro, por supuesto, estaría bien.

—¿Qué te parecería mañana por la noche? —sugirió él.

—Lo siento, mañana es imposible, pero quizás podría algún día de la semana que viene, es que trabajo toda la semana y no tengo ningún día libre hasta entonces.

—¿Y qué día exactamente libras?

—Mi próximo día libre es el martes.

—El martes estaría bien para mí, ¿qué te parece si te recojo a las siete para ir a cenar?

—A las siete está bien para mí.

—Bien entonces, nos vemos.

—Sí, sí nos vemos —pero ninguno de los dos se movió del sitio.

Tras un silencio breve, Fran se inclinó lo justo para darle un beso suave en la mejilla.

—Buenas noches, Carla —murmuró. Luego se alejó, dejándole el corazón desordenado y una pregunta imposible: ¿por qué ahora?

—Esto es increíble, no hemos podido evitar cotillear un poco por la ventana. Dios, estoy completamente segura de que a ese hombre le gustas mucho, pero que mucho —Sara y Ana estaban incluso más ilusionadas que su mejor amiga.




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