Ecos del pasado

Capítulo 5 — La primera cita

La semana pasó más rápido de lo esperado y, de pronto, llegó el lunes. Al día siguiente vería a Fran. Había imaginado una cita con él tantas veces que la realidad le parecía casi demasiado frágil: temía ilusionarse y, al mismo tiempo, temía más que él no apareciera.

—¡Bueno, bueno, bueno! Carla recuerda que tienes una cita mañana, no lo olvides —sonrió Ana con expresión casi infantil.

—No me lo recuerdes por favor, que ya estoy yo bastante nerviosa como para que tu andes incordiándome —protestó Carla.

—Ana, no seas infantil y déjala en paz ¿quieres? —la regaño Sara —. ¿Qué piensas ponerte mañana para la cita? —pregunto dirigiéndose a Carla.

—Sinceramente, no es que tenga mucho donde elegir —Carla hizo un puchero.

—¿Qué te parece si vamos hoy al pueblo a comprar algún vestido? —sugirió Ana.

—Tú crees, sinceramente no sé qué tipo de tiendas hay por estos alrededores, estos pueblos son de gente muy humilde —Carla no estaba muy segura que poder encontrar algo en aquel lugar.

—Tengo entendido, que mañana por la mañana ponen un mercadillo callejero en las afueras del pueblo. Podríamos ir ¿Qué os parece? —propuso Ana.

—Estupendo, seguro que encontramos algún trapito interesante —se entusiasmó Sara.

—Está bien, me habéis convencido. Mañana a primera hora iremos al pueblo.

Y al día siguiente a las diez de la mañana ya iban las tres, camino del pueblo, que, por cierto, no estaba demasiado lejos y se podía ir caminando.

Recorrieron el mercadillo casi en su totalidad, y se desesperaron al ver que la mayoría de los puestos eran de comida, y cuando ya casi habían perdido la esperanza, Carla divisó un puesto de ropa, al que se acercaron comprobando que lo que vendían no parecía estar tan mal.

Carla se probó varios vestidos que le parecieron apropiados para la cita, pero no la convencieron del todo ninguno. Las tres muchachas se sintieron desalentadas, y cuando ya casi estaban a punto de marcharse sin nada, de pronto lo vio, colgado de una percha en un rincón del puesto. Era un lindo vestido rojo que le pareció una preciosidad. Cuando salió del probador con el puesto Sara y Ana se quedaron con la boca abierta.

—¡Carla, te queda de fábula! — exclamó Sara entusiasmada.

—¡Por dios, es precioso, va a quedar deslumbrado! ya lo veras. —Carla se puso colorada como un tomate.

Se acercó al espejo apoyado en un lado del puesto y se contempló en él, el vestido desde luego era lindo, muy lindo. Nunca hubiera imaginado que una prenda así le quedaba tan bien. Quizás aún tuviera alguna oportunidad de conquistar a Fran, así que se quitó el vestido, lo pagó y volvieron al campamento ilusionadas por ver la expresión en el rostro de Fran cuando viera a Carla con aquel vestido puesto.

A la siete en punto alguien golpeó la puerta y Sara fue a abrir…

—¡Hola! —le saludó Sara alegremente—. Carla saldrá en seguida está terminando de arreglarse.

Sara le invitó a entrar, pero Fran prefirió quedarse en la puerta y no entrar.

Carla se miró por última vez en el espejo de su habitación antes de recoger su bolso y dirigirse a la puerta donde Fran estaba esperando. Y cómo era de esperar, a Fran se le abrieron los ojos como platos al verla lucir tan hermosa.

—Estás preciosa —dijo él, como si la frase le hubiera salido antes de poder pensarla—. Pero lo que más me gusta es verte sonreír así.

—Muchas gracias.

Fran alargo su brazo para que ella se colgara de él, lo cual no dudó en hacer. Caminaron juntos por el campamento hasta llegar a la zona de oficiales.

—¿Dónde vamos? —preguntó Carla con mucha curiosidad, porque que ella supiera, no había ningún sitio para comer en aquella área salvo el comedor de oficiales al que el resto del personal no tenía acceso.

—No seas impaciente, es una sorpresa, ya verás.

Se detuvieron frente a un barracón, y él le abrió la puerta invitándola a entrar, y entonces lo entendió, ese era el barracón de él. Nada más entrar lo vio, una mesita redonda y dos sillas. Los platos y cubiertos estaban colocados de forma que estaban enfrentados, y había una vela encendida justo en el centro de la mesa que le daba un aspecto romántico a pesar de la austeridad.

—Bueno, ¿Qué te parece? —Fran estaba orgulloso de lo que había conseguido en tan poco tiempo.

—Es muy lindo, pero no tenías que haberte tomado tantas molestias —le recriminó Carla.

—Todo esto es por ti, preciosa —murmuró él en su oído y el color subió a las mejillas de Carla sin poder evitarlo.

La cena transcurrió amena, charlaron y rieron con las anécdotas que él le conto de sus numerosas misiones a lo largo de sus diez años en el ejército y ella le dio algunos aspectos de su apática y nada interesante vida.




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