La decoración del lugar era bastante austera, a pesar de la mesa adornada para la cena. Un viejo sofá de tres plazas descansaba en un rincón junto a una estufa de leña de forja. La cama que parecía lo suficientemente cómoda a pesar de estar en un campamento militar. En la esquina opuesta al sofá, había un armario de tela donde se suponía que él guardaba sus uniformes y su ropa de civil, y una silla de madera hacía las veces de mesilla de noche.
La cena estuvo deliciosa. No fue para nada extravagante, unos sencillos entremeses compuestos de queso, jamón curado y algo de pan, y de segundo un plato de pescado con una guarnición de verduras y patatas y para culminar la velada un delicioso postre
—¿Quieres tomar una copa? —le ofreció él, y ella negó.
—No me gusta demasiado el alcohol, pero una cerveza no estaría nada mal. ¡Muchas gracias!
—Si quieres puedes sentarte en el sofá, creo que ahí estarás más cómoda.
—Claro, gracias.
Carla obedeció y se sentó en el sofá, que en verdad era muy cómodo, y él se dirigió hacia una pequeña nevera acomodada en un rincón del cuarto y saco un par de cervezas frías.
—No puedo ofrecerte un vaso, porque no tengo. Suelo beber directamente del botellín de cerveza.
—Oh, no importa, está bien así.
Fran le ofreció el botellín de cerveza y después se sentó a su lado en el sofá y se reclinó pasando su brazo por el respaldo tras ella.
—¿Y de dónde me has dicho que eres? Bueno, sé que eres española, pero aún o me has dicho de qué parte de España —se interesó Fran.
—Yo… soy de Madrid.
—¡Pues qué casualidad, yo también soy de Madrid! ¿y de qué parte?
—De un barrio al este de la capital.
—Bueno, el este de Madrid es muy grande, me refiero que de que barrio eres.
Ella trago saliva porque sabía que en cuanto le dijera de donde era lo más seguro es que comenzara a atar cabos y murmuro…
—Soy del Barrio de San Pascual.
—¡Vaya, qué casualidad! Yo también me crie en ese barrio, quizás nuestros caminos se hayan cruzado en alguna ocasión.
—Quizás, aunque lo dudo mucho el barrio es muy grande.
—Claro, si quizás llevas razón. Pero es curioso, la primera vez que te vi en la cantina, hubiese jurado que te conocía de algo.
—Bueno, me lo dicen mucho, tengo unas facciones muy comunes —lo que Carla más temía, estaba pasando, estaba empezando a sospechar.
—¿Por qué dices eso? Yo no opino lo mismo, eres preciosa, y de común no tienes nada.
Fran estaba cada vez más cerca, o al menos eso le parecía a ella. Estaba tan cohibida que no sabía dónde meterse, y para disimula Carla consultó su reloj, y soltó un suspiro resignado, para después levantarse de repente.
—¡Vaya! Que tarde se ha hecho —exclamó—. Mañana tengo que levantarme muy temprano y debo marcharme.
Fran se incorporó de inmediato, pero no la retuvo. Dio un paso atrás y la miró con atención. Parecía debatirse entre el deseo de acercarse y el miedo de que Carla volviera a cerrar la puerta que, con tanto cuidado, empezaba a abrirle.
—¿Puedo besarte? —preguntó Fran, apenas en un susurro. No había arrogancia en su voz, solo una vulnerabilidad inesperada que hizo que Carla levantara la vista.
Carla no respondió con palabras. Asintió despacio, con el corazón golpeándole el pecho. Durante años había imaginado ese instante y, sin embargo, la realidad la dejó más indefensa de lo que habría querido admitir.
Fran se acercó con cautela y rozó primero su mejilla con los nudillos. Luego inclinó el rostro y posó los labios sobre los de ella. El beso fue suave, cálido y paciente; no buscaba apresarla, sino convencerla de que estaba allí de verdad. Carla cerró los ojos y respondió, dejando que todo lo que había callado durante quince años temblara entre ambos.
Cuando se separaron, Fran apoyó la frente contra la de Carla. —Me gustaste desde la primera vez que te vi, ¿lo sabes? —confesó, con la respiración entrecortada.
El beso le había hecho temblar de pies a cabeza, pero algo en su interior la hizo retroceder. Estaba totalmente confundida, ella quería que hubiese algo más entre ellos, pero no estaba segura de que él quisiera lo mismo. Lo apartó suavemente, y se alejó de él tanto como pudo.
—Yo…, yo, debo irme. —suplico en un susurro apenas audible.
—No tienes que explicarme nada si no quieres —dijo Fran, con la voz baja—. Me gustas, Carla, mucho. Pero no quiero que sientas que te debo llevar a ningún sitio al que aún no estás lista para ir. Podemos ir despacio.
—Tú también me gustas, pero es que yo…, no sé. Sí, puede que esto este yendo demasiado rápido ¿podemos ir más despacio? No sé salir alguna vez más juntos, a pasear, a tomar algo, a cenar fuera —no estaba siendo del todo sincera con él, porque ella si estaba segura de sus sentimientos hacia él, esos no habían cambiado lo más mínimo con el transcurso de los años, pero él, de sus sentimientos hacia ella, de esos no estaba en absoluto convencida, ¿Y sí tan solo era atracción pura y dura? ¿Y sí él tan solo pretendía acostarse con ella y después “si te he visto, no me acuerdo”? Tenía que estar completamente segura que sus intenciones hacia ella eran totalmente honestas y no un simple calentón pasajero—. Mira, de verdad debo marcharme, mañana trabajo y…, y debo levantarme temprano.