Carla se despertó más temprano de lo habitual, porque no quería que sus compañeras le hicieran preguntas acerca de la noche anterior, ya se lo contaría más adelante. Así que cogió una toalla y se encaminó hacia las duchas colectivas que había en el campamento. Se ducho con tranquilidad, porque a aquellas horas no había nadie allí, y después regresó al barracón. Las chicas aún dormían, así que se vistió, recogió su cabello en un moño apretado y se dirigió a la cantina para tomar algo antes de comenzar un nuevo día de duro trabajo. Entró por la puerta trasera del edificio y se dirigió a la barra donde Sam preparaba el café, como siempre.
—Buenos días, Sam ¿Cómo se presenta el día?
—Como siempre, supongo, mucho trabajo y poco descanso. ¿Qué quieres tomar?
—Lo de siempre, un café bien cargado y uno de esos deliciosos bollos que sueles tener por ahí escondidos para los oficiales.
—No tengo ni idea de qué bollos me hablas —sonrió Sam volviéndose para preparar el café.
—¡Oh vamos Sam, no te hagas el loco, que nos conocemos de hace tiempo! Anda no seas malo y traeme uno que sé que los escondes en la trastienda hasta que llegan los oficiales a desayunar.
—¡Vale! Esta bien, ahora te traigo uno, pero solo porque eres tú.
Mientras San entraba en la trastienda a por el bollo, Carla se dio la vuelta para contemplar el salón de comidas. Y a pesar de lo temprano que era, vio como las mesas estaban casi llenas. Recorrió el salón con la mirada y de pronto lo vio allí sentado tomándose un café. No esperaba encontralo allí tan temprano, pero ahí estaba sentado en una de las mesas ubicadas en un rincón. Él no podía verla dada su ubicación, pero ella a él sí. Estaba solo, leyendo un diario y tomando café. Dudo si acercarse a él y saludarlo, pero la intención se vio cortada cuando la puerta principal de la cantina se abrió y entro una pelirroja vestida de enfermera que le sonrió y se dirigió hacia donde él estaba sentado. Le dio un suave beso en la mejilla y le sonrió, sentándose junto a él y tomando sus manos entre las suyas. Para colmo él la sonrió de vuelta.
A Carla se le encogió el corazón al ver a la enfermera besar a Fran. No sabía quién era aquella mujer, y esa ignorancia bastó para que los fantasmas de su adolescencia le susurraran que había vuelto a equivocarse. Se sintió ridícula por el dolor, pero no pudo impedir que le ardieran los ojos.
—¿Ocurre algo? ¿Qué te veo pálida, mi niña?
Carla sacudió la cabeza y se enderezó para enfrentar la mirada de Sam.
—Nada, no me ocurre nada, no te preocupes, Sam. Estoy bien, por favor, ¿puedes ponerme ese bollo y el café para llevar? Acabo de acordarme que tenía que haber llegado hoy más temprano al trabajo.
Mientras Sam le preparaba todo para llevar, Carla aprovechó para limpiarse una lágrima silenciosa que se le había escapado sin darse cuenta.
Se preguntaba, ¿por qué le molestaba tanto la situación? Fran ni siquiera le había dicho que la amaba y el beso que la dio la noche anterior podía significar muchas cosas, pero no necesariamente amor.
Cogió de las manos de Sam la bolsa con el café y el bollo, que ni siquiera sabía si iba a poder tomárselo, y caminó hacía la salida. No la importó pasar justo por delante de ellos, a los que no se molestó ni siquiera en saludar, y salió por la puerta principal rumbó al hospital.
Tan solo había caminado unos pasos por el exterior, cuando una mano la tomó suavemente del codo deteniéndola. Sabía perfectamente quien era sin ni siquiera mirarlo y se volvió lentamente para enfrentarlo con la mirada. Estaba enojada, frustrada, decepcionada y sus ojos brillaban por las lágrimas que pugnaban por salir, pero no dijo nada, no quería decir nada de lo que después pudiera arrepentirse.
—Carla, espera. ¿No vas ni siquiera a darme los buenos días con un beso? —sonrió él sin percatarse del estado emocional de la muchacha.
Se inclinó hacia ella con la intención de besarla, pero ella esquivó aquel beso, y él se quedó mirándola un momento, sorprendido por la inusual reacción. ¿Le había hecho una cobra?
—¿Te ocurre algo? —su cara era un mapa de incomprensión.
—Nada, no me pasa nada ¿Por qué lo preguntas? —pero él pudo leer en sus ojos que decían todo lo contrario.
—¿Estás enojada por algo? —preguntó desconcertado.
—¿Por qué habría de estarlo? No hay razón para ello, ¿verdad? —su ceja se alzó interrogativamente—. Ahora, si me disculpas, debo ir a trabajar, ya llego tarde.
La actitud fría de Carla lo tomó por sorpresa, y cuando fue a decir algo, ella le cortó tajantemente. Las palabras salieron de la boca de Carla sin pensar.
—No necesito explicaciones sobre tu vida —dijo Carla, intentando que la voz no le temblara—, pero sí necesito saber dónde estoy parada. No quiero ser una posibilidad mientras tú tienes otra historia esperándote.
Se volvió con brusquedad y prácticamente corrió en dirección al hospital. Entró como un huracán por la puerta de servicio y se dirigió directamente a su puesto de trabajo. No quería saber nada, ni quería hablar con nadie. Estaba completamente furiosa y muy enojada con él. Intentó contener las lágrimas que pugnaban por salir descontroladas, pero no pudo. Estuvo llorando un rato escondida en un almacén de limpieza para que nadie la viera llorar, y cuando las lágrimas cesaron y se encontró un poco más serena salió de allí con la actitud de una valquiria.