Ecos del pasado

Capítulo 8 — Cuando estés lista para escuchar, búscame.

Carla estaba muy enojada, y la imagen de esa mujer besando a Fran que volvía a su mente una y otra vez, le hacían enojar aún más ¿Cómo había llegado a pensar que un hombre como él pudiera fijarse en una mujer como ella? Pagó su enfado con todos y cada uno de sus compañeros, algo que no iba con su naturaleza tranquila y amable, y esto llamó la atención de su inmediato superior.

Al terminar el turno, El Doctor Carlos Ramírez, su jefe en urgencias, mandó a llamarla para que acudiera a su despacho.

—¡Carla, hola! Por favor, pasa y siéntate tenemos que hablar.

Ella le obedeció y se sentó en la silla que él la ofrecía. Y el buen doctor, en lugar de sentarse tras su escritorio lo rodeo arrastrando una silla y sentándose frente a ella.

—¿Hace cuanto que nos conocemos, Carla? —preguntó él.

—Todo el tiempo que llevamos aquí —respondió ella con sinceridad, aunque no sabía a qué venia aquella pregunta.

Los dos se conocían desde hacía ya bastante tiempo. El doctor era un hombre bonachón que se llevaba bien con todo el mundo, pero que cuando había que poner las pilas a alguien, era tan duro como el que más.

—¿Puedes decirme qué es lo que te pasa?

—No sé a qué te refieres, Carlos —ella lo miró con el ceño fruncido y encogiéndose de hombros.

—Carla, he recibido varias quejas de tus compañeros sobre tu comportamiento de hoy, y me preocupas, tú no eres así. Siempre has sido una persona amable y atenta con todos. Se que algo te está pasando. Vamos, sabes que puedes contármelo.

—Yo…, yo. No es nada de verdad, son cosas mías. Te prometo que me comportaré mejor con mis compañeros a partir de ahora.

—Eso no es suficiente, Carla, y lo sabes. Tienes que abrirte a la gente, no puedes guardar tus sentimientos y tus preocupaciones bajo siete candados, eso no es bueno para tu salud mental.

Carla bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos, rompiendo a llorar. Sabía que necesitaba desahogarse con alguien y él estaba allí, ofreciéndose a escucharla. Tenía el corazón roto de nuevo y una sensación agría en la boca del estómago.

El buen doctor, estuvo un rato esperando a que se calmara, y que se decidiera a contarle lo que le estaba ocurriendo. Decidió dejarla llorar, para después volver a preguntarle.

—Muy bien, y ahora que te has desahogado, ¿vas a contarme que es lo que te pasa?

Y se lo contó, todo. El hombre la escuchó sin decir una sola palabra, hasta que ella lo miró con los ojos rojos y bañados en lágrimas.

—Muy bien, siento que estés pasando por todo esto, Y dime, ¿qué vas a hacer al respecto; vas a quedarte en tu habitación llorando por las esquinas, o vas a ir a hacer frente a la situación. Mira, creo que debes coger al toro por los cuernos, en este caso a Fran, y preguntarle directamente cuales son sus verdaderos sentimientos hacia ti, y cual es la relación que tiene con esa otra mujer.

Carla lo miró con atención esperando a que él continuara, pero él no lo hizo.

—No quiero que él vuelva a decirme que no siente nada por mí, no quiero volver a vivir aquella situación, he tardado demasiados años en sanar de aquella decepción, no quiero volver a pasar por aquello. Se que no soy una chica lo suficientemente atractiva para él.

—¿Y cómo sabes eso, Carla? si ni siquiera se lo has preguntado abiertamente. Todas las mujeres en la adolescencia tienen sus complejos, bustos pequeños, acné, gafas, aparatos de ortodoncias, pero eso se termina en cuanto se pasa esa etapa.

Carla sacó su teléfono móvil y le mostró una foto antigua suya al doctor.

—Sí, bueno, ¿Y qué? Mira, has cambiado mucho desde entonces, ya no eres la misma Carla de hace años. ¿Te has mirado bien en el espejo últimamente? Seguro que sí, pero no te ves como eres realmente. Además, te diré algo, sé quién es la enfermera pelirroja.

—¡Tú la conoces… ¿De verdad!? —la cara de confusión de Carla le hizo sonreír al doctor.

—¡Sí, claro! Se llama Sacha. Sé quién es, porque es la única pelirroja en todo el hospital. Llegó hace poco trasladada desde otro hospital de campaña, y creo recordar que me comentaron que era viuda de militar.

Carla se quedó callada por unos breves segundos, dudando si seguir preguntado sobre la misteriosa mujer pelirroja, y decidió que le importaba muy poco saber sobre la vida de aquella mujer, y cayó.

Los dos siguieron hablando un buen rato sobre cosas intrascendentes y sin demasiada importancia. Después, ella se marchó a su barracón. Allí se encontró con Ana y con Sara que, al verla entrar con los ojos aún rojos de haber llorado, se miraron la una a la otra cuestionándose si preguntar a su amiga sobre su estado anímico, pero no lograron resistir la tentación.

—¡A ver, que ha pasado ahora! ¡a quién hay que romperle las piernas! —expreso Sara con ironía.

Tenía los ojos hinchados y enrojecidos de haber llorado, y eso se notaba, a pesar de que antes de salir del hospital se echó agua por la cara para minimizar el rastro de su exabrupto emocional.

—Sí, eso, cuenta, ¿qué diablos a pasado? —quiso saber también Ana—. Además, aún no nos has contado que tal te fue anoche con quién tú ya sabes. Vamos, desembucha ya.




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