Ecos del pasado

Capítulo 9 — La reconciliación más dulce.

Un par de días más tarde, Carla se sentía preparada para la explicación de él, aun así, se resistía de ir al encuentro de Fran. Ella pensaba que, si él hubiese estado tan interesado en aclarar las cosas, quizás debería haber insistido más en buscarla.

Él, por el contrario, pensaba que, si ella le había pedido espacio, era por algo. Así que decidió concedérselo, aunque se moría por besarla de nuevo.

Como era el día libre de Carla y hacía un día hermoso con un sol radiante y una temperatura agradable, la muchacha decidió que era el momento de salir de su encierro y tomar un poco de aire. Así que, saltó de la cama, se duchó y se puso ropa cómoda. No estaba dispuesta a quedarse en el barracón sintiéndome miserable y triste. Cogió un libro y su móvil, y caminó hasta su rincón favorito. Pero está vez no se atrevió a sentarse en el lugar de siempre, por miedo a que él apareciera, así que caminó a lo largo del riachuelo y encontró otro precioso lugar que no había visto nunca. Las rocas enmarcaban una idílica laguna de aguas cristalinas. Dejó el libro a la sombra de un árbol y se puso los auriculares dispuesta a escuchar su música favorita. Cerró los ojos disfrutando de la música y del entorno y allí pasó la mañana de su día libre. Cuando su estómago rujío de hambre, se dio cuenta de que no había llevado nada para comer, así que se levantó con decisión, se sacudió el pantalón y se encaminó hacia el campamento dispuesta a enfrentarse a lo que fuera.

Cuando llegó a la cantina se encontró con Ana y Sara. Sus amigas sonrieron al verla entrar y desviaron la mirada hacia la derecha del establecimiento. Ella siguió su mirada, y allí esta él. Era el momento de enfrentarse a lo que él tenía que decirle. Caminó hacia la máquina expendedora y sacó un sándwich una cola, y después caminó a su encuentro.

—¡Hola! —dijo ella sorprendiéndole, porque no la había visto— ¿Puedo sentarme contigo? —preguntó con la esperanza de que él no estuviera molesto con su tardanza en buscarlo para explicarse.

—Claro, por supuesto —indicó él con un gesto de su mano para que ella se sentase a su lado.

Contrario a lo que se podía esperar, fue ella la que comenzó a hablar.

—Fran, quería pedirte disculpas por mi comportamiento del otro día, me porte de una forma muy infantil. Yo no suelo ser así, debí dejar que te explicaras —Fran sonrió ampliamente y negó.

—No tienes por qué disculparte, Carla, pero te debo una explicación ¿Vas a dejarme que te de una explicación a lo que viste?

—A eso he venido, Fran. Por favor, ilumíname —él soltó una risa clara y cristalina, y después empezó a hablar.

—La mujer con la que me viste el otro día, es Sacha, ella es la viuda de uno de mis mejores amigos…

Él hizo una pausa y su mirada se ensombreció. Era como si intentara evitar el recuerdo de algo doloroso, sin conseguirlo. Suspiró pesadamente y después continuo con su explicación.

—Felipe murió en una de las numerosas incursiones que realizamos en territorio enemigo, y yo tuve el desagradable cometido de informar a Sacha de su muerte. La chica lo paso muy mal, y yo me sentía culpable. Conocía a Felipe desde hacía varios años, pero no a ella. Después de la muerte de él, visité su casa con frecuencia e intentaba que se sintiera algo mejor, y fue así como nos hicimos grandes amigos. Carla, te puedo asegurar que no hay nada entre nosotros más que una simple amistad. Ella amaba demasiado a Felipe como para pensar en otro hombre, al menos en una buena temporada.

—¡Lo siento, Fran! Fui una estúpida por no dejar que te explicaras antes, de verdad que lo siento. Debió ser duro para ambos la muerte de tu amigo.

—Sí, bastante —Fran agacho la cabeza con tristeza, y ella le tomó las manos por encima de la mesa.

Tras unos minutos sin hablar, con las manos entrelazadas y mirándose el uno al otro a los ojos, Fran se recompuso y la sonrió de nuevo.

He estado toda la mañana buscándote para darte una explicación, pero no te encontré. Les pregunté a tus amigas —dijo señalándolas con el dedo—, pero no supieron o no quisieron decirme dónde estabas. Se me ocurrió que quizás estarías en tu lugar favorito, y fui hasta allí a buscarte, pero no te encontré.

—No, no estuve allí, necesitaba pensar y paseé a lo largo del riachuelo —Carla se levantó, y le tomó de la mano para que le siguiera—. ¿Quieres ver dónde estuve? Vamos ven, te lo enseñaré.

Fran también se levantó dispuesto a seguirla. Salieron de la cantina cogidos de la mano, pasando cerca de donde estaban Ana y Sara, que los miraron marchar sonriendo.

Atravesaron el campamento cogido de la mano hasta salir de él y llegaron al riachuelo. Carla tiró de él para que la siguiera, subiendo río arriba siguiendo su cauce, y por fin llegaron al lugar que ella había encontrado aquella misma mañana.

—¡Vaya! —exclamó Fran sorprendido—. Jamás pensé que hubiera otro lugar incluso más maravilloso. Esté es, sin duda, mucho mejor que el sitio anterior.

—¿Verdad que es bonito!? Pues este es ahora mi lugar favorito.

Se detuvieron unos minutos para contemplar el paisaje. Fran la rodeó con los brazos, pero no la apretó: dejó que Carla decidiera cuánto acercarse. Cuando ella apoyó la cabeza en su pecho, él la besó con una ternura que le hizo olvidar, por un instante, todos los miedos.




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