Ecos del pasado

Capítulo 11 — La única solución a nuestro problema.

Mientras las chicas intentaban encontrar una solución a los problemas de la pareja, Fran estaba sentado en la sala de oficiales, con una cerveza fría entre las manos, devanándose los sesos intentando encontrar una solución al problema que le quitaba el sueño. Y, en ello estaba cuando apareció uno de sus superiores, el General Ortega.

—¿Fran!? ¿Qué haces aquí tan solo? —el general lo saludó y se sentó a su lado en una de las butacas vacías.

La expresión apesadumbrada en el rostro de Fran, hizo que el General enarcara una ceja, y le palmeara la mano, estaba claro que el muchacho no estaba pasado por uno de sus mejores momentos.

—¡Ah, hola Roberto! —respondió este dando otro trago a su cerveza y desviando la mirada hacía el exterior.

El General Ortega era su inmediato superior al mando, y a pesar de ser unos cuantos años mayor que Fran, también eran grandes amigos desde hacía tiempo. Les unía una gran amistad desde hacía años, desde que Felipe, el mejor amigo de Fran, había perdido la vida en aquella incursión en territorio enemigo. Roberto, no solo fue su superior, sino también un gran apoyo para él. Le ayudó y le apoyó para poder salir adelante de aquella situación tan dolorosa para Fran.

—¡Bien, ¿vas a contarme que es lo que te pasa!? Sabes que te ayudare y te apoyaré en lo que pueda —se ofreció Roberto.

—Es… —Fran dudo— es, …por nuestra inminente partida —le confesó al fin.

—No te entiendo, nunca antes habías tenido dudas sobre nuestras misiones, a que viene eso ahora, ¿es por una mujer? Alguna de las guapas enfermeras del hospital quizás —Fran lo miro de soslayo y luego bajo la vista hacía la botella de cerveza que descansaba en su mano.

—Me conoces muy bien Roberto. ¿Cómo lo has sabido? —resopló Fran.

—Para soldados cómo nosotros, estas cuestiones siempre surgen por una mujer, lo sé de buena tinta. Dime una cosa, Fran, ¿Tú la quieres de verdad? —la pregunta de su amigo le dejó algo sorprendido.

—Sí —confesó Fran con seguridad—, más de lo que me gustaría admitir.

—Muy bien, ¿Y cuál es el problema entonces? —el general emitió una risa sardónica.

—El problema es que no quiero alejarme de ella, y nuestra próxima misión hace eso imposible. Sinceramente, me estoy planteando dejar el ejército, para poder quedarme con ella —el general lo miro confundido.

—¿Me lo dices en serio? ¡Vaya! —el general se quedó pensativo un momento y después le hizo una pregunta que él nunca se había plantado—. Y ella… ¿qué piensa ello con respecto a esa decisión?

—No lo sé, ni siquiera se lo he planteado. Solamente me ha dicho que no tome ninguna decisión sin antes consultárselo.

—Sabía decisión, sea lo que sea que decidas hacer, deberás incluirla en la decisión final, porque si te sales del ejercito pensando que es lo mejor que puedes hacer por ella, puede que después termines arrepintiéndote, y puede que termines culpándola por la decisión tomada. Estoy completamente seguro de que ella sabe lo importante que es para ti tu carrera militar.

—¡Entonces, ¿qué más puedo hacer!? No quiero dejarla, pero tampoco quiero dejar el ejército, ambas cosas son muy importantes para mí.

—Quizá haya otra solución a tu problema —sentenció Roberto, y Fran lo miro sorprendido.

—¿A qué te refieres, qué solución sería esa? No te entiendo.

—Bueno, si de verdad que la quieres, cásate con ella, aún tenéis tiempo antes de nuestra marcha. Nuestra misión no supondrá más de dos o tres meses, y después pides un traslado definitivo a cualquier base que se te ocurra. Sabes de sobra que a los oficiales casados les es más fácil conseguir un destino definitivo. ¿No te lo habías plateado si quiera?

Fran se levantó como si le hubieran picado los chinches. sonrió a su superior y salió de la sala de oficiales sin darle siquiera las gracias por el consejo.

—De nada, hombre ha sido un placer ayudarte —dijo Roberto soltando una carcajada— ¡Esta juventud!

Fran salió de la sala de oficiales con el corazón desbocado. A mitad de camino se detuvo. Aquella decisión no podía ser solo suya, ni una solución impuesta por la urgencia. Volvió sobre sus pasos para comprar un anillo sencillo y, sobre todo, para ordenar las palabras con las que quería preguntarle a Carla si deseaba construir ese futuro con él.

—¿Podemos hablar? Hay algo importante que quiero proponerte, pero solo si tú también quieres escucharlo —dijo Fran, con una seriedad que hizo que Carla contuviera el aliento.

Carla lo acompañó por el campamento, todavía confundida, hasta el barracón de Fran. No sabía qué iba a decirle, pero por primera vez sintió que él no trataba de decidir por los dos.




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