Fran la invitó a sentarse. Después se arrodilló frente a ella, pero no abrió la pequeña caja hasta que Carla, con los ojos ya llenos de lágrimas, asintió para que siguiera.
—Carla, mi amor. ¿Quieres casarte conmigo?
Las lágrimas brotaron de los ojos de la muchacha sin que pudiera evitarlas. La emoción la desbordaba y no le salían las palabras.
—Bueno, que me contestas, cariño, ¿quieres o no casarte conmigo?
—Sí, sí, claro que quiero —musitó ella al fin.
Fran deslizó el anillo en su dedo y besó sus mejillas húmedas. Después la abrazó con una ternura que deshizo el temblor de Carla. Su beso fue una celebración contenida, llena de miedo, esperanza y una promesa que ambos querían aprender a cuidar.
Estaba atónita, incrédula y a la vez muy, muy feliz. Aun no podía creer lo que acababa de pasar, Fran le había pedido matrimonio y estaba feliz por ello, iba a ser su esposa.
Tras un largo y frenético beso, Fran la hizo sentarse con él en el sofá para explicarle la situación tal como Roberto se lo había explicado a él. Estuvieron largo rato allí abrazados y planeando juntos su futuro.
Varias horas más tarde, decidieron ir a darles la buena noticia a Ana y a Sara, que habían visto como Fran arrastraba a su amiga fuera del barracón y se la había llevado a dios sabía dónde.
—Nos casamos —dijeron ambos al unísono y mostrándoles el anillo de pedida que Fran había puesto en el dedo Carla tan solo unas horas antes.
Ambas muchachas se miraron la una a la otra sin saber que decir, y tras un breve momento de desconcierto, empezaron a aplaudir de felicidad, abrazando a su amiga y después a Fran con emoción.
—¡Pero, eso es fantástico! Esto hay que celebrarlo —exclamó Ana emocionada—. Haremos un fiestorro por todo lo alto. Hay que hablar con Sam para que nos permita celebrarlo en la cantina, esta misma noche si es posible. ¿Qué os parece?
—A mi me parece una idea estupenda —dijo Fran con entusiasmo.
—A mí también me parece una idea estupenda —corroboró Carla.
—Muy bien dejadnos todo a nosotras, nos encargaremos de que todo sea perfecto.
Horas más tarde la fiesta estaba en todo su apogeo. Resultó ser una fiesta magnifica, pero sin demasiadas pretensiones. Todos sus amigos estuvieron allí: Sacha, Roberto, Carlos, Sam, las compañeras de trabajo de Carla y los compañeros oficiales de Fran. Algunos de los invitados se sorprendieron al conocer la noticia de su casamiento, porque no sabían nada acerca de su relación, ellos se habían encargado de mantener en secreto su relación, y tan solo unos pocos amigos íntimos lo sabían, aun así, todos estuvieron felices por la pareja.
Celebraron la boda tan solo cuatro días después de su apresurado compromiso, ya que no tenían demasiado tiempo de celebrar su matrimonio ante la inminente partida de Fran para realizar la misión a la que estaba destinado. Sara, Ana y Sacha fueron las damas de honor de Carla, y Roberto fue el padrino de Fran, no había podido ser de otro modo, al fin y al cabo, había sido él el que les había dado la solución a sus problemas. El capellán del regimiento fue arrastrado hasta aquel hermoso paraje en el que ella se solía relajar en sus jornadas de descanso.
La única pega, es que no hubo posibilidad de una luna de miel al uso. Quizás habría tiempo más adelante para ello, quizás al regreso de Fran. El pequeño hotel a las afueras del pueblo acogió a la feliz pareja de tortolitos para la noche de bodas. No era un hotel de cinco estrellas, pero a ellos les pareció el lugar más romántico del mundo.
—Te amo Carla, no sabes cuánto —susurraba Fran al oído de su recién estrenada esposa, mientras ella se acurrucaba entre sus brazos.
—Yo también te amo Fran —le respondió ella.
La noche de bodas fue íntima y serena; después de tantas dudas, se quedaron abrazados durante horas, hablándose en susurros y prometiéndose que la distancia no convertiría su amor en un silencio. Casi al amanecer se durmieron entrelazados, intentando no pensar en los pocos días que les quedaban antes de la partida.
Y casi sin darse cuenta, los días fueron pasando hasta que llegó el fatídico día de la partida de Fran. Fue un día triste, muy triste para todos. No solo fue duro para ellos, sino también para otras personas. Todos dejaban allí a alguien que se había alojado en sus corazones, y fueran amigos e incluso alguna que otra pareja más. Las despedidas siempre eran duras, aunque solo fueran temporales.
Carla le dio a Fran un suave beso en los labios y el respondió con otro apasionado y cargado de emociones contenidas. Para todos estaba claro que él no quería irse, aunque era su deber. Tan solo serían un par de meses y después pediría el traslado definitivo a alguna base poco operativa. Pero lo que verdaderamente preocupaba a Carla, era el siguiente destino de Fran, No conocía muchos detalles sobre la misión que les habían encomendado, ya que, por motivos de seguridad no habían divulgado demasiados detalles de la misma.
—Cuídate mucho, y vuelve sano y salvo. No soportaría perderte. ¡Prométemelo! —las lágrimas corrían descontroladas por el rostro de Carla.
—Te prometo que me cuidare, y que intentaré volver sano y salvo a tu lado —él enjugó sus lágrimas y las llevó a sus labios.