Dos meses después de la partida de Fran, el nuevo responsable de la base, el General Alberto Morales, mandó a unos de sus oficiales para informala de que necesitaba verla en su despacho, y el joven se presentó en la puerta del hospital para acompañarla.
Carla se sorprendió cuando el joven oficial le informó de que el mismo General deseaba verla sin falta, y se preguntó “¿Qué era lo que podría estar pasando?”. Ni siquiera quería imaginarlo. “¿Qué querría de ella?”, solamente esperaba que no fuese ninguna mala noticia referente a Fran, porque no podría soportar saber que al malo le había pasado a su recién estrenado esposo.
El oficial la acompaño y le indicó que se quedara en la sala de espera hasta que alguien fuera a buscarla. Cinco minutos después apareció la asistente personal del General, la teniente Alma González. Saludó con una sonrisa forzada y la invito a seguirla. Recorrieron un largo pasillo hasta llegar al despacho del General. Llamó a la puerta, y sin esperar respuesta la abrió y tras anunciarla la invito a pasar.
El General Morales, un hombre de mediana edad y de cara agradable se levantó para saludarla, y después la invitó a sentarse. Se habían visto antes por el campamento y el hospital, pero no lo conocía personalmente. Carla era un completo manojo de nervios.
—Supongo que se preguntara por qué la he mandado llamar ¿no es así?
—Pues sí la verdad, me lo estaba preguntando —dijo estrujando sus manos sobre el regazo.
—¡Muy bien! Supongo que no hay motivo para seguir ocultado más la noticia…
—Es sobre Fran ¿verdad? —le corto ella bruscamente antes de que continuara
—Sí, desgraciadamente sí, es sobre él —dijo mientras asentía con la cabeza.
—Muy bien, pues dígamelo de una vez, porque no puedo más con la incertidumbre ¡Está muerto ¿verdad!? —pero el hombre negó enérgicamente.
—No, no está muerto, gracias a Dios. Su marido solamente fue hecho prisionero por unos insurgentes en su última misión.
Carla se derrumbó en el asiento. La palabra «prisionero» dejó el mundo sin aire. Se llevó una mano al vientre, como si así pudiera proteger la vida que Fran aún no conocía, y lloró con un miedo tan antiguo como el amor que acababa de encontrar.
—Debe saber que estamos haciendo todo lo posible para recuperar a su marido. Moveremos cielo y tierra para traerlo de vuelta.
Carla enjugó sus lágrimas como pudo y se levantó del asiento sin decir una sola palabra. En silencio se dirigió hacia la puerta, pero una vez atravesó la puerta del despacho del General Morales, todo empezó a darle vueltas. Intentó sujetarse a la pared del pasillo, pero cayó al suelo desplomada sin que nadie pudiera evitarlo. Al grito que salió de la boca de la asistente, el General salió corriendo de su despacho.
Carla fue trasladada a toda velocidad al hospital donde la atendió el mismo doctor Ramírez. Media hora después Carla despertó y se encontró acomodada en una de las habitaciones del hospital. Sara y Ana estaban a su lado.
—¡Mi bebé… ¿está bien!? —pregunto la muchacha asustada y con un tono de preocupación en la voz.
—¡Tranquila Carla, el bebé está bien! ¡No te preocupes! —intentó tranquilizarla su amiga Ana.
—¡Ay, dios! ¿Qué voy a hacer ahora? No puedo perder a Fran, no ahora. ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí!? ¿Por qué a nosotros…!?
—No vas a perderlo, no debes preocuparte, lo traerán de vuelta, ya lo veras —intentó animarla Sara.
—Y si no lo traen ellos, yo misma iré a buscarlo en persona —gruño Ana intentando poner un toque de humor a la situación.
Paso una semana entera en el hospital, porque el doctor Ramirez, no quiso darle el alta hasta ver que ella y el bebé estaban completamente bien. Tampoco dejo que volviera a trabajar en su estado de excitación, además no quería correr ningún riesgo.
Y mientras esperaba nuevas noticias sobre el rescate de Fran, se dedicó a dar largos paseos por el rio, pero sin alejarse demasiado del recinto, por si acaso. Y así pasaron otros dos meses sin noticias, su embarazo se empezó notar, porque ya estaba de seis meses. El trabajo le resultaba más duro y pesado cada día y el doctor Ramirez tomo la sabia decisión de prescindir de ella en su puesto habitual.
—¡Pero… yo necesito trabajar, no puedo estar de brazos cruzados esperando noticias! —protestó ante la insistencia del médico.
—Y no lo vas a estar, solo no quiero que vayas corriendo por los pasillos en tu estado, además, aquí vienen muchos enfermos con enfermedades de las que ni siquiera hemos oído hablar, no voy a arriesgarme a que tú y tu bebé se contagien de algo.
—Pero… —intentó protestar ella.
—Nada de peros, a partir de ahora te ocuparas del control de los suministros del hospital, es una tarea que venia haciendo yo, y ahora la realizaras tú. También es una forma de ayudarme a mí. ¡Y no se hablé más!
Así que, a partir de ese momento Carla comenzó en su nuevo puesto que no requería de ningún esfuerzo, porque prácticamente era un trabajo administrativo.
Carla fue trasladada desde el barracón que compartía con Sara y Ana a un alojamiento dentro de la base donde vivían los oficiales y algunos miembros de sus familias, porque al ser la esposa de un oficial tenía derecho a ello, y aunque suponía caminar una mayor distancia hasta el hospital, no importaba porque le daba la oportunidad de ejercitarse, que era lo que el doctor le había aconsejado. Sus amigas iban a visitarla con regularidad para animarla con su charlatanería, y sus risas francas y sinceras.