FRAN
En una prisión perdida de algún país en guerra, Fran sobrevivía aferrado a una sola certeza: Carla. En la celda pequeña y abrasadora guardaba una fotografía de ella junto al corazón. Cada noche la miraba y se repetía que debía volver, no solo por la promesa que le había hecho, sino por la vida que aún soñaban construir juntos.
—Amor mío, te prometo que volveré pronto —susurró a la foto y depositó un beso en sus labios como si fuera la misma Carla.
Casi no le dio tiempo a guardar la foto de su mujer, que guardaba como una reliquia santa, cuando de pronto la celda se abrió y apareció un soldado. No era la primera vez que venían a buscarlo, tras dos meses de cautiverio, habían sido varias las ocasiones que vinieron a buscarlo y se lo llevaban para interrogarlo y torturarlo, la única razón que lo ayudaba a mantenerse con vida era la esperanza de volver junto a su amada, porque le había prometido que haría todo lo posible por volver sano y salvo, no podía faltar a su palabra.
—¡¡Vamos, levanta!! —le pateó el soldado para que se levantara— ¡Andando! el soldado lo empujo con su fusil que le hizo trastabillar fuera de la celda.
—¡Está bien, está bien, ya voy! —dijo sujetándose a una pared cercana e intentando enderezarse.
El impaciente soldado al ver que tardaba en incorporarse, le propino un golpe en la espalda con la culata de su fusil y Fran cayó al suelo hincando las rodillas. Dos soldados más entraron en la celda, le cogieron por las axilas y lo llevaron en volandas hasta una oscura y sucia habitación donde solamente había una silla bajo una única lámpara de luz muy potente.
“Dios mío, dame fuerzas”, pensó Fran, cuando lo sentaron en la silla y le amarraron las manos a la espalda y los tobillos a las patas de la silla, y ahí comenzó de nuevo su calvario.
Varias horas después, los mismos soldados que le habían sacado de su celda, lo arrojaron de nuevo dentro de su celda, sin contemplaciones. Estaba magullado y dolorido, pero él solamente pensaba en Carla, en si volvería a verla algún día o la dejaría viuda incluso antes de haber podido formar una familia con ella.
Cuatro meses después de su encarcelamiento (lo sabía por las marcas que había ido haciendo en la pared con un pequeño palito que encontró), la puerta de aquella mugrienta celda volvió a abrirse, para está vez dar paso unos hombres que no había visto en su vida. Se sorprendió al ver que vestían uniformes de oficial del ejército español. Fran, se abrazó a sus piernas llorando como un niño al que le hubieran regalado su juguete preferido.
—Tranquilo, mi coronel, le sacaremos de aquí en seguida —intentó animarle el soldado arrodillándose frente a él.
—¡¡¡Gracias, gracias, gracias, muchas gracias!!! —musitó porque por fin iba a volver a casa, a casa con ella.
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Más de cuatro meses habían pasado desde que había recibido la noticia de la desaparición de Fran, y Carla aún soñaba con la posibilidad de volver a ver a su amado sano y salvo. Estaba sentada en el porche de la pequeña casa donde el ejército la había hospedado, meciéndose suavemente y disfrutando de la fresca brisa primaveral. Hacía algunas semanas que había dejado de trabajar debido a lo avanzado del embarazo y a varios problemas de salud que podían poner en riesgo la vida del bebe y la de ella.
La sensación de paz y tranquilidad se vio perturbada por la aparición de una de sus amigas, que se turnaban para visitarla para ver si necesitaba algo.
—Buenos días preciosa ¿Cómo te sientes hoy? —Sara sonrió a su amiga desde el primer escalón del porche.
—Bien, gracias. Aunque estoy muy cansada de esperar la llegada del bebé, ya quiero verle ya la carita —le respondió Carla un poco desanimada—. ¿Y Ana, no ha venido contigo hoy?
—No, hoy tenía turno doble en el hospital, porque andamos algo cortos de personal. ¿Ha habido alguna noticia sobre Fran? —preguntó su amiga, pero sin ánimo de inquietarla.
—No, nada, y me estoy volviendo loca de no tener noticias acerca de él. ¿Tú sabes algo? —Le preguntó a su amiga intentando no llorar.
La verdad es que estaba cada vez más convencida de que no volvería a ver a su marido, y que su hijo o hija, ya que no había querido saber el sexo del bebé, crecería sin un padre.
—No, desgraciadamente no sé nada. Ramón ha intentado indagar sobre ello, pero no ha podido sacar nada en claro, es todo muy secreto.
Ramón era el nuevo novio de Sara, era teniente del actual reemplazo. Se habían conocido una noche que había salido con Ana a distraerse un poco, y había congeniado bastante bien con ella tras su breve encuentro en un pub del pueblo más cercano. Y parecía que iban en serio.
Su amiga Ana, al contrario que Sara, era reacia a las relaciones entre miembros de aquella comunidad tan variopinta. Decía que no quería pasar por lo mismo por lo que ella estaba pasando en aquellos momentos. Y aunque Carla intuía que le gustaba alguien de la base, ella nunca había dado pie a ningún comentario al respecto. Juan era compañero de Ramon, también teniente en la misma unidad. Era un muchacho bastante apuesto, y el también parecía sentir algo por ella, y aunque habían entablado alguna que otra conversación em las escasas reuniones de familias de militares a la que ambos habían sido invitados, ella intentaba en la medida de lo posible eludir sus encuentros. Pero eso no evitaba que él preguntara por ella a la menor ocasión.