Ecos del pasado

Capítulo 16 — Una sorpresa emotiva.

Fran regresó a la base ese mismo día con el cuerpo todavía marcado por el cautiverio y una sola necesidad por encima de todas: encontrar a Carla. Durante los meses de encierro se había sostenido imaginando su voz, sus manos y la posibilidad de volver a verla.

—Bien, ¿cómo te encuentras, Fran? —fue la primera pregunta del general después de que Fran se cuadrara ante él y este le invitó a sentarse.

—Bastante bien, señor, dadas las circunstancias —confesó Fran.

—Supongo que estarás deseando ver a tu esposa. ¿no es así?

“Que pregunta más tonta”, pensó Fran, pero no dijo nada, tan solo admitió…

—Sí, claro. No he pensado en otra cosa desde mi liberación, señor.

—Claro, lo entiendo. Sin embargo, te he mandado llamar antes de ver a tu esposa porque he de decirte algo muy importante, algo que seguramente te sorprenderá, y a la vez te deje algo preocupado —comenzó a decirle.

Fran frunció el ceño desconcertado, y se irguió en su asiento, intentando no pensar en la posibilidad de que algo le hubiese pasado a Carla.

—¿Es Carla, ella está bien!? Por favor, dígame la verdad.

—Sí, sí, ella está bien, aunque está ingresada en el hospital.

—¿Cómo que está en el hospital…!? ¿Por qué!? ¿Y por qué nadie me ha informado de ello antes!? —el respingo que dio Fran en su asiento fue tal que parecía que le habían aguijoneado el trasero.

—Tranquilo, tranquilo, muchacho. Tú esposa está bien, tan solo está en el hospital, bueno, porque está muy cerca de dar a luz.

—¿Qué…? ¿Cómo…!? No puede ser, pero… —no solo volvió a saltar de su asiento, sino que casi toma a su superior por la solapa de su camisa militar, pero se contuvo.

—Debes tranquilizarte, ella está bien. Nos hizo prometer que no te dijéramos nada para no inquietarte y que te recuperaras bien antes de volver, pero dadas las circunstancias, tenía que decírtelo.

—Tengo…, tengo… no, debo que ir al hospital de inmediato, ella no puede dar a luz sola. ¡¡Dios!!

Mientras mantenían aquella extraña conversación, el teléfono del despachó sonó con insistencia, y el General levanto el auricular con despreocupación, escuchando con atención a su interlocutor. Se puso pálido en un segundo y colgó con una expresión de preocupación.

—Muy bien Fran, te llevaremos al hospital de forma inmediata, parece ser que tu esposa esta de parto.

Fran le miró con los ojos como platos y sin poder creer lo que estaba escuchando. ¿Cómo podía el general estar tan tranquilo, cuando él estaba que se subía por las paredes? El general volvió a levantar el auricular con una calma propia de su rango y dio las órdenes pertinentes para tener un vehículo a la puerta de su oficina de forma inmediata. Fran se despidió de él de forma protocolaria y salió del despacho del general tan rápido como su magullado cuerpo se lo permitió.

“Tengo que llegar allí lo más rápidamente posible”, pensó con su cabeza dando vueltas con montones de escenarios posibles que podían ocurrir en un parto.

Cuando llego al vestíbulo del edificio de la capitanía, un vehículo ya lo estaba esperando. Atravesó el campamento a toda la velocidad que le era permitido llegando a la puerta del hospital en tiempo récord. Se acercó rápidamente al mostrador y pregunto ansioso por habitación de su esposa. La recepcionista le sonrió amablemente y le informó que la paciente estaba ya en la sala de partos. Le dio las indicaciones pertinentes de cómo llegar y salió disparado para allá.

Corrió por los pasillos del hospital como si le fuera la vida en ello, y cuando dio la vuelta a una esquina se encontró de frente con Sacha y las amigas de Carla en una pequeña sala de espera. Sacha se acercó a él con una sonrisa y se abrazó a él sin decir una sola palabra. Lo agarró del brazo y lo arrastró hacia la sala contigua a la sala de partos, le tendió la vestimenta que debía ponerse para poder entrar a ver nacer a su bebé.

—Toma, ponte esto rápido, date prisa o no veras nacer a tu retoño —lo increpó.

Fran se lo puso todo lo más rápido que pudo, y después atravesó la puerta de comunicación con la sala de partos. Y allí estaba ella, su esposa, su amor, su todo. Estaba sudorosa y dolorida, y, aun así, le pareció la mujer más hermosa del mundo.

—Carla, cariño —dijo Fran, acercándose con los ojos llenos de lágrimas—. Estoy aquí. No voy a soltarte.

—¡Lo siento, no quería que te agobiaras! Pensé que me daría tiempo a que llegaras y quería sorprenderte. Pero al fin estas aquí para ver nacer a nuestro hijo. ¡Te amo! —le dijo con un puchero, y con las lágrimas surcando sus mejillas que no sabía si eran de felicidad o de dolor por las contracciones que estaba teniendo.

Fran le dio un tierno beso en la frente y después atrapó si boca con un beso urgente y cargado de necesidad. Fran la tomó su mano cuando ella se quejó de una nueva contracción.

La comadrona le ordenó que pujara, que ya era la hora, y ella pujó hasta el límite de sus fuerzas.

—No puedo, no puedo más —susurró mientras apretaba la mano de su esposo.

—¡Claro que puedes, amor mío! Vamos, una vez más, yo sé que tú puedes. —ella pujó de nuevo, y él Admiró la fuerza y la determinación de su mujer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.