Hana tenía 17 años y vivía en un pequeño apartamento al borde de la ciudad, un lugar sencillo pero lleno de recuerdos de su infancia. Desde su ventana podía ver cómo las luces de los edificios se encendían poco a poco mientras el sol desaparecía en el horizonte, pintando el cielo con tonos naranjas y rosados. Cada atardecer era un momento que ella atesoraba, una pausa entre las tareas del colegio, los deberes de la casa y las expectativas de sus padres.
Su habitación era su refugio. Una estantería repleta de libros antiguos y cuadernos de dibujo ocupaba un lado de la pared, mientras que su escritorio, siempre ordenado, estaba lleno de lápices, pinceles y papeles. Cada tarde, después de hacer la tarea, se sentaba allí, dibujando lo que veía en la ciudad: calles con personas apresuradas, faroles encendidos, árboles que se mecían con el viento y el reflejo de las luces en los edificios. Sus dibujos eran más que simples trazos; eran su manera de conectar con el mundo y darle sentido a lo que sentía dentro de sí.
Sin embargo, Hana no podía ignorar lo que ocurría desde hacía meses. De manera inesperada, experimentaba flashes de recuerdos que no eran suyos. A veces veía calles vacías, edificios derrumbados y rostros llenos de miedo; otras, escuchaba sirenas y gritos provenientes de un tiempo que no existía para ella. Cada visión la dejaba con un nudo en el estómago, mezclando miedo, confusión y curiosidad. “¿Qué está pasando?”, se preguntaba cada noche, incapaz de hallar una respuesta.
Aquella mañana, al despertar, se encontró con que su madre le había dejado el desayuno en la mesa: un tazón de avena caliente con frutas. Hana lo miró con una sonrisa tímida y murmuró un “gracias” antes de sentarse junto a la ventana a comer. Mientras masticaba lentamente, observaba a los vecinos salir de sus casas y el tráfico empezar a moverse. Todo parecía normal, pero ella no podía quitarse de la cabeza los flashes que la habían visitado la noche anterior: un puente colapsado, una plaza vacía, una risa que no pertenecía a nadie que conociera.
En el colegio, su amiga Mai se acercó varias veces. “¿Estás bien, Hana? Te ves distraída otra vez”, le dijo mientras repasaban juntas la tarea de matemáticas. Hana solo sonrió y asintió, incapaz de explicar que había pasado media noche reviviendo recuerdos de un desastre que aún no entendía. Se sintió sola en su inquietud, pero al mismo tiempo, había un impulso dentro de ella que la mantenía buscando respuestas, queriendo ir al pasado y descubrir la verdad detrás de esos ecos del tiempo.
Cada noche, antes de dormir, Hana revisaba sus cuadernos y mapas. Anotaba fechas, lugares, nombres que aparecían en los flashes, intentando unir los fragmentos de memoria que se le presentaban. Cada descubrimiento aumentaba su curiosidad y su sensación de urgencia. Sabía que estos recuerdos no podían ser ignorados; algo importante estaba ligado a ellos, algo que podría cambiar su vida para siempre.
Aquella noche, mientras la ciudad dormía, Hana se recostó en la cama, cerró los ojos y dejó que los recuerdos la envolvieran: calles llenas de humo, voces que susurraban, una plaza que conocía pero no había visitado. Cada flash era un susurro del pasado o del futuro, un eco que reclamaba su atención. Hana notó que su viejo reloj de pared, que había pertenecido a su abuela, marcaba un tiempo que parecía ir más lento que el de la ciudad, como si también él intentara comunicarle algo.
Con un suspiro, se levantó y caminó hacia la ventana. Tocó el vidrio frío con la yema de sus dedos, observando la ciudad iluminada, intentando memorizar cada detalle que quizá, algún día, podría ayudarla a entender los flashes. Cerró los ojos un instante, respiró profundamente y volvió a su cama, tomando su cuaderno y escribiendo una última nota: “No sé qué está pasando, pero debo descubrirlo. Debo entender los ecos del tiempo antes de que se lleven algo que aún no conozco”.
Al recostarse, la luz de la luna iluminó suavemente su rostro, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que, aunque estaba sola, algo más grande la guiaba. Algo que conectaba su pasado, su presente y un futuro que aún no podía ver. Hana no sabía qué caminos recorrería, ni cuánto dolor o alegría encontraría en ellos, pero estaba decidida: debía enfrentar los ecos del tiempo y descubrir la verdad, sin importar lo difícil que fuera.