Ecos del silencio

Entre recuerdos y futuro

Tstsuki tenía 17 años, al igual que Hana, pero su vida transcurría en un barrio distinto, más moderno y lleno de rascacielos que reflejaban la luz del sol en cristales gigantes. Su habitación, ubicada en el último piso de un edificio alto, estaba decorada con luces LED, posters de sus bandas favoritas y un escritorio abarrotado de libros de ciencia y tecnología. Cada objeto en su cuarto contaba algo de él: su amor por la física, su curiosidad insaciable y su constante deseo de entender cómo funcionaba todo, incluso el tiempo.

Desde pequeño, Tstsuki se había sentido diferente. No porque fuera más inteligente que los demás, sino porque, al igual que Hana, veía flashs de momentos que aún no habían ocurrido. Sin saberlo, estos fragmentos de futuro habían moldeado su forma de ser: más observador, más analítico, siempre buscando patrones en las cosas cotidianas. Su familia pensaba que era solo su imaginación activa, pero él sabía que lo que veía era real, aunque incomprensible.

Cada mañana, se levantaba temprano para observar la ciudad desde su balcón. Los coches que avanzaban, las personas que caminaban apresuradas, el murmullo de la ciudad… todo parecía normal para los demás, pero para Tstsuki cada detalle podía ser un indicio de lo que vendría. Tomaba su café con calma mientras repasaba mentalmente los flashes que había tenido la noche anterior: un incendio en un edificio, un accidente en la calle principal, un parque que desaparecía bajo escombros. Eran imágenes rápidas, pero lo suficientemente claras como para que su mente tratara de unirlas en un patrón lógico.

En la escuela, sus compañeros lo veían como alguien serio y un poco distante, pero muy confiable. Siempre estaba dispuesto a ayudar con los experimentos de laboratorio o a explicar un concepto complicado, aunque rara vez hablaba de lo que lo mantenía despierto por las noches: los fragmentos de futuro que aparecían en su mente. Su mejor amigo, Kaito, notaba su concentración constante y, a veces, lo molestaba diciendo: “Tstsuki, relájate, no todo se puede predecir”, a lo que él solo respondía con una sonrisa corta y un gesto de asentimiento.

Además de la escuela, Tstsuki tenía su rincón especial: un pequeño laboratorio improvisado en el sótano de su edificio. Allí experimentaba con relojes, sensores y dispositivos electrónicos que él mismo construía. Intentaba medir el tiempo de maneras inusuales, buscando alguna señal que le ayudara a entender por qué podía ver el futuro. Cada fallo le daba más curiosidad, cada acierto lo llenaba de esperanza. Sabía que detrás de esas visiones había un mensaje, algo que debía descubrir antes de que fuera demasiado tarde.

Aquella tarde, después de clases, se sentó junto a la ventana de su habitación y observó cómo el sol se escondía detrás de los rascacielos. Cerró los ojos y dejó que los flashes lo inundaran: un puente que no existía aún, calles que se habían transformado, personas que parecían correr de algo invisible. Una sensación extraña lo recorrió: no era solo curiosidad, también había un escalofrío de advertencia, como si el futuro le estuviera mostrando algo que debía evitar.

Con un suspiro, Tstsuki tomó su cuaderno de anotaciones y comenzó a escribir. Cada imagen, cada sonido, cada sensación que experimentaba era registrada con precisión. Sabía que algún día esos datos podrían salvar vidas, o al menos ayudarlo a entender por qué veía lo que veía. Mientras escribía, pensó en la extraña conexión que sentía con esos flashes, sin saber aún que, a miles de kilómetros, Hana estaba viviendo algo muy similar.

Al recostarse esa noche, Tstsuki miró el techo de su habitación y pensó: “No puedo cambiar nada aún, pero debo estar preparado. Todo está conectado, y siento que algo… o alguien… me espera en el camino”. Cerró los ojos, respiró profundamente y se sumergió en un sueño inquietante, donde fragmentos de futuro y pasado se mezclaban, preparándolo para lo que estaba por venir.




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