Ecos del silencio

Las primeras señales

Tatsuki no durmió bien esa noche. Entre más intentaba cerrar los ojos, más regresaban a él esas imágenes que no entendía. No era un sueño normal: eran escenas cortas, como flashes, que lo sacudían justo cuando empezaba a relajarse. Una mano pequeña sosteniendo una libreta, un puente iluminándose al atardecer, un cuarto lleno de papeles colgados en la pared… y esa misma sensación de vacío que había sentido la tarde anterior.

Al despertarse, se quedó sentado varios minutos en la orilla de la cama, observando el suelo como si esperara que ahí apareciera una explicación.
—¿Por qué siento que hay alguien más? —murmuró, pasándose la mano por el cabello.
Era un pensamiento extraño, pero no podía sacárselo de encima: la idea de que una segunda presencia, una chica, estaba conectada a él de una forma que no sabía explicar.

Mientras tanto, en otra línea del tiempo, Hana también despertaba con un sobresalto. La visión de unas manos masculinas escribiendo algo en un cuaderno la había perseguido toda la noche. No vio el rostro, pero sintió la presión, la urgencia, y un sentimiento que no podía describir: como si esa persona estuviera pidiéndole ayuda desde un lugar muy lejano.

—Otra vez… —susurró, llevándose los dedos a la frente.
No estaba asustada. Era más como una curiosidad intensa mezclada con una preocupación que aparecía sin permiso. Era absurdo, pero sentía que esa persona, quien fuera, estaba empezando a volverse importante.

Ese mismo día, Tatsuki salió de su casa con un cuaderno en la mano. No sabía por qué, pero sentía que debía registrar cada cosa que experimentaba, como si esas anotaciones fueran a tener sentido más adelante. Era un impulso que no podía ignorar.
Caminó hacia la colina detrás de su escuela, donde casi nadie iba. El viento fuerte le movía el uniforme, pero sostuvo el cuaderno firme y empezó a escribir lo que recordaba de las visiones. Cuando levantó la mirada, una sensación extraña le recorrió el pecho. Por un instante, juró ver la silueta de una chica parada al otro lado de la colina, con el cabello moviéndose con el viento nocturno… pero cuando parpadeó, no había nadie.

—¿Me estaré volviendo loco? —preguntó al aire, cerrando el cuaderno.
Pero en el fondo, sabía que no era locura. Era algo más. Algo que apenas comenzaba.

Hana, por su parte, decidió revisar los archivos antiguos del terremoto. Aunque vivía cuatro años después del gran desastre, nunca había entendido por qué la zona donde vivía Tatsuki había desaparecido del mapa. Esa duda la había acompañado desde niña, y ahora que estaba teniendo visiones, la intriga se multiplicaba.

Bajó al archivo comunitario y pidió permiso para revisar documentos antiguos. El encargado la miró extrañado, pero aceptó. Al abrir las carpetas, lo primero que vio fue una foto borrosa de un chico de su edad, parado junto a un templo viejo. No era muy claro… pero sintió un golpe en el pecho. No sabía quién era, pero esa imagen le provocó lo mismo que las visiones de la noche.

—¿Quién eres…? —susurró.
Y por un segundo, creyó sentir una respuesta. No en palabras, sino en un impulso eléctrico en la piel, como si alguien al otro lado del tiempo hubiera reaccionado a su voz.

Tatsuki, al mismo tiempo, levantó de golpe la cabeza. Le ardió el pecho por un instante y sintió que algo lo llamaba, como un eco lejano.
No lo entendía, pero ese día fue la primera vez que los dos sintieron la presencia del otro al mismo tiempo.

Las primeras señales habían comenzado.




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