Hana despertó más temprano de lo normal.
No sabía si fue un sueño, una visión o un recuerdo… pero algo la había jalado fuera del sueño como un tirón seco en el pecho. Se sentó en la cama, respiró profundo y miró la ventana. La ciudad seguía igual, silenciosa, como si no quisiera despertar.
—Otra vez… —susurró.
En la libreta donde anotaba cada visión, escribió:
“Eran sus ojos. No era un sueño.”
Esos ojos que había visto ayer no pertenecían a nadie que conociera. Eran tranquilos, pero cargados con una tristeza que no entendía. Y lo más raro: ella sentía que él la estaba mirando a través del tiempo.
Mientras tanto, en el otro punto de la línea temporal, Tatsuki estaba teniendo una mañana igual de pesada. Caminaba por la calle con los audífonos puestos, intentando ignorar la sensación de que alguien había estado “con él” en la noche.
No era miedo. Era… compañía.
—Estoy alucinando —pensó mientras avanzaba hacia el colegio.
Pero en la mitad de la calle, algo lo detuvo:
Un edificio que él conocía bien… cambió.
Las ventanas no coincidían. El color era distinto. Era como si estuviera viendo dos versiones del mismo lugar superpuestas, mezclándose como si la realidad estuviera fallando por un segundo. Parpadeó. Y todo volvió a la normalidad.
—No puede ser… —murmuró.
En su bolsillo, su celular vibró solo. Lo sacó. Pantalla negra. Sin mensajes. Sin notificaciones.
Justo cuando iba a guardarlo, vio su reflejo en la pantalla.
Detrás de él… la silueta de una chica.
Difusa, como humo, pero real lo suficiente para erizarle la piel.
Se dio la vuelta.
Nadie.
—No estoy loco. Ya no… —dijo, apretando el teléfono con fuerza.
Esa misma tarde, Hana tuvo un episodio similar. Estaba revisando archivos antiguos del terremoto, intentando entender cada detalle para reconstruir el pasado. Pero las fotos comenzaron a alterarse solas. Edificios que se movían. Cables que se torcían. Y por un instante breve… vio la misma calle donde Tatsuki había estado caminando.
Solo que en su versión… estaba en ruinas.
—¿Qué es esto? —dijo retrocediendo, sintiendo que el aire se le cortaba.
En ese momento, se escuchó un golpe seco proveniente de su ventana. Se acercó con cuidado y encontró algo imposible:
Un pedazo de papel… quemado en los bordes.
Lo abrió.
Había solo dos palabras escritas:
“NO LO SABES”
Lo peor es que estaba escrito con una letra que nunca había visto…
y aun así le resultaba familiar.