Hana se despertó con la sensación de que algo había cambiado en su habitación. No era solo la luz del sol entrando por la ventana; había una vibración sutil en el aire, como si el tiempo mismo respirara con ella.
Se sentó en la cama y abrió su libreta, buscando algún rastro de lo que había sentido la noche anterior. Las páginas estaban llenas de símbolos y palabras que antes no había escrito, como si alguien más hubiera dejado un mensaje invisible. Sus dedos temblaron al leer:
"El hilo se estrecha. Debes estar atenta."
—¿Quién… me está hablando? —susurró, con un nudo en la garganta.
Mientras tanto, en su mundo, Tatsuki sentía lo mismo. Había algo en el viento, un susurro que lo llamaba, y al mirar por la ventana de su cuarto vio un destello de luz que parecía moverse hacia él. Sintió un tirón en el pecho, fuerte y preciso, y de inmediato tomó su cuaderno.
—No… esto no puede ser real —dijo, mientras escribía con rapidez, intentando ordenar sus pensamientos—. ¿Es ella… o solo estoy alucinando?
Esa mañana, Hana decidió hacer algo que nunca antes había intentado. Se acercó a la ventana y, con un lápiz, dibujó un símbolo en el cristal, copiando el que había aparecido en su libreta la noche anterior. Cerró los ojos y respiró profundo, intentando concentrarse en la sensación que había sentido al escribirlo.
Al otro lado de la ciudad, Tatsuki hizo lo mismo. Dibujó el símbolo en su espejo de baño, sintiendo que su mano se movía sola en algunos trazos. Fue entonces cuando escuchó una voz suave, casi imperceptible, que murmuró su nombre.
—Hana… —murmuró sin querer, y un escalofrío recorrió su espalda.
Hana, al mismo tiempo, sintió el mismo tirón en el pecho. Un escalofrío le recorrió la columna y el corazón comenzó a latir con fuerza. Por un instante, sintió como si alguien estuviera realmente a su lado, aunque sabía que estaba sola.
Durante el día, ambos comenzaron a notar coincidencias más fuertes. Un mismo pájaro que pasaba por sus ventanas, una melodía que flotaba en el viento, incluso frases que aparecían en sus libretas casi al mismo tiempo. Cada detalle les daba una certeza: el otro existía, y estaban conectados de una manera que desafiaba todo entendimiento.
Esa tarde, Hana decidió salir a caminar, atraída por una sensación que no podía explicar. Cada paso la acercaba a algo que aún no podía ver, pero que sentía con intensidad. A cada esquina, a cada sombra, percibía la presencia de Tatsuki, aunque él no estuviera allí físicamente.
Tatsuki, por su parte, salió también. No sabía por qué sentía que debía hacerlo, pero cada fibra de su ser lo impulsaba a buscar algo desconocido. La ciudad parecía diferente, como si estuviera en capas, y cada capa contenía fragmentos de recuerdos y futuros que aún no habían sucedido.
Al caer la noche, ambos se detuvieron al mismo tiempo en una plaza diferente, mirando el cielo lleno de luces que parpadeaban con fuerza. Sin saberlo, habían elegido lugares cercanos, separados por metros y años, pero unidos por el hilo invisible del tiempo.
Hana escribió en su libreta:
"No sé quién eres, pero siento que ya nos conocemos."
Y Tatsuki, al leer su propio cuaderno, encontró un mensaje idéntico:
"Yo también lo siento. Debemos encontrarnos."
Por primera vez, comprendieron que el tiempo los estaba guiando, y que no podrían escapar de este lazo que comenzaba a entrelazarlos.
El eco de sus vidas había empezado a resonar, y lo que vendría después cambiaría todo lo que creían saber sobre el pasado, el futuro y ellos mismos.