El amanecer llegó lento, pintando el cielo con tonos rosas y naranjas. Hana se sentó en la orilla de su cama, mirando cómo los primeros rayos de sol atravesaban la cortina. La ciudad despertaba lentamente, pero ella no podía concentrarse en nada. Su mente estaba ocupada con la imagen de Tatsuki, un rostro que sentía conocer, aunque nunca lo había visto realmente.
Sacó su cuaderno y comenzó a hojearlo, buscando cualquier pista que pudiera ayudarla a entender. Cada página estaba llena de símbolos, anotaciones sobre visiones y fragmentos de recuerdos que parecían pertenecer a otra persona. Su corazón latía con fuerza mientras se daba cuenta de que no estaba sola, aunque la soledad la rodeara.
Mientras tanto, Tatsuki caminaba por las calles de su ciudad. La luz del sol le daba en la cara, y por un instante, sintió un calor extraño, como si alguien lo estuviera observando a la distancia. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Sin embargo, la sensación persistía: algo invisible lo guiaba.
Esa tarde, Hana decidió salir al parque nuevamente, siguiendo un impulso que no entendía. Caminaba entre los árboles, escuchando el crujido de las hojas bajo sus pies y el canto de los pájaros que parecían acompañarla. Cada paso que daba la acercaba a algo que no podía ver, pero que sentía con intensidad.
De repente, notó un destello en la distancia: una luz que parpadeaba suavemente, como si estuviera tratando de llamar su atención. Hana se detuvo, contuvo la respiración y dio unos pasos cautelosos hacia la fuente de la luz. Cada movimiento la hacía sentir más conectada con alguien… alguien que estaba allí, aunque invisible.
Al mismo tiempo, Tatsuki llegó a un cruce cercano. Sentía que debía seguir un camino específico, guiado por un impulso que no podía ignorar. Cada semáforo, cada farola, cada sonido de la ciudad parecía estar sincronizado con él. El mundo a su alrededor se sentía diferente, como si existiera una capa oculta que solo él podía percibir.
Hana se detuvo frente a un banco. Allí, sobre la madera, encontró un pequeño papel doblado. Lo abrió y leyó un mensaje que la dejó sin aliento:
"No temas. Estoy cerca."
Tatsuki, en el mismo instante, encontró un papel idéntico en su cuaderno, que había aparecido solo. Sintió un escalofrío recorrer su espalda. Todo indicaba que estaban inextricablemente conectados.
El día continuó y, aunque no podían verse físicamente, cada acción, cada pensamiento, cada gesto estaba alineado de manera casi perfecta. Hana se sentó en la fuente del parque y cerró los ojos, dejando que la brisa la envolviera. Podía sentir una presencia, una energía que no podía describir.
Tatsuki, a kilómetros de distancia, hizo lo mismo. Cerró los ojos, respiró profundo y sintió la misma sensación: un hilo invisible los unía, uniendo sus emociones, sus recuerdos y sus miedos.
Esa noche, mientras la ciudad se iluminaba con luces amarillas y naranjas, ambos se recostaron, mirando el cielo. Hana vio una estrella que brillaba con más fuerza que las demás, y Tatsuki notó el mismo resplandor desde su ventana. Una certeza se formó en sus corazones: no podían escapar de su conexión, y el momento del encuentro estaba más cerca que nunca.
Por primera vez, la distancia y el tiempo no importaban. Todo el universo parecía conspirar para acercarlos, y aunque todavía no se conocían físicamente, cada emoción, cada latido y cada pensamiento los guiaba hacia un destino inevitable: encontrarse y enfrentar juntos los misterios del tiempo.