Esa madrugada, Hana no pudo dormir. La sensación que había sentido durante el día persistía, más intensa que nunca. Se levantó y se dirigió a la terraza de su edificio, mirando la ciudad que dormía bajo la luz tenue de la luna. Cada farola, cada sombra, cada sonido parecía un mensaje cifrado que debía descifrar.
—No sé qué estoy buscando… —susurró, abrazándose a sí misma. —Pero siento que debo estar aquí.
Cerró los ojos y se concentró. Respiró profundo, dejando que la brisa nocturna llenara sus pulmones. Por un instante, la realidad se volvió borrosa: edificios que cambiaban de forma, calles que se alargaban y acortaban, luces que se movían solas. Hana abrió los ojos de golpe y vio un destello, una silueta detrás de los árboles del parque cercano. No podía distinguir nada, solo una presencia.
Al mismo tiempo, Tatsuki estaba en su habitación, mirando la ciudad desde su ventana. También sentía un tirón, un hilo invisible que lo llamaba. Su cuaderno estaba abierto sobre la mesa, y de repente, una de las páginas comenzó a moverse sola. Sobre ella apareció un mensaje escrito con la misma caligrafía que Hana había visto antes:
"Hana… estoy aquí."
Tatsuki sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabía que no era una coincidencia. Al salir al balcón, vio una luz extraña que parpadeaba entre los edificios, casi imperceptible, pero suficiente para llamar su atención. La misma energía que Hana había sentido lo atravesó de pies a cabeza.
Hana, en la terraza, extendió la mano hacia la silueta, deseando tocar algo que todavía no podía ver. Sintió que su corazón latía con fuerza, como si respondiera a un ritmo compartido.
—¿Es real… o solo estoy soñando? —murmuró.
En ese mismo instante, Tatsuki también extendió la mano hacia la luz. Por un momento, el mundo se detuvo: la ciudad, el viento, los sonidos; todo desapareció. Solo existían ellos dos, conectados por un hilo invisible que atravesaba años y kilómetros.
La silueta comenzó a materializarse frente a Hana. Poco a poco, los rasgos se definieron: cabello oscuro, ojos profundos, expresión seria pero tranquila. Hana contuvo el aliento. Finalmente, vio a Tatsuki, aunque aún separada por la distancia del tiempo.
—¿Quién eres? —preguntó, con la voz temblorosa.
Tatsuki sonrió levemente, aunque no podía responder en voz alta. En cambio, levantó su cuaderno y escribió:
"Yo también quiero conocerte."
Hana tomó su lápiz y escribió de vuelta:
"Entonces, hagámoslo. Encontrémonos."
Por unos segundos, el aire entre ellos vibró, como si el tiempo mismo respondiera a su voluntad. Los recuerdos de ambos comenzaron a entrelazarse: momentos que todavía no habían vivido, visiones del pasado y del futuro que se mezclaban, mostrando escenas que ninguno entendía del todo.
Hana vio calles destruidas por el terremoto que aún no había ocurrido, mientras que Tatsuki vio la ciudad intacta, llena de vida, como si ambos mundos coexistieran al mismo tiempo. Cada visión los confundía, pero también los acercaba más.
—No importa lo que pase… —murmuró Hana en silencio—. Te encontraré.
Tatsuki, sintiendo la misma certeza, pensó:
"El tiempo no nos detendrá. Nos veremos."
Y así, bajo la luz de la luna y las estrellas, ambos comprendieron algo importante: aunque todavía no podían tocarse, sus almas ya se habían encontrado. El hilo que los unía era más fuerte que cualquier distancia, más fuerte que cualquier año que los separara.
Por primera vez, ambos sintieron que el tiempo podía ser su aliado, y que el encuentro que cambiaría sus vidas estaba cada vez más cerca.