El sol estaba alto cuando Hana decidió salir a caminar por la ciudad. Cada paso que daba parecía resonar con un eco invisible, como si alguien más compartiera su mismo camino, aunque estuviera a kilómetros y años de distancia.
—Esto es demasiado… —murmuró para sí misma—. ¿Cómo es posible sentir que alguien me sigue sin verme?
En su mano, la libreta que llevaba siempre consigo temblaba ligeramente. No era el viento: eran los latidos de algo que no podía comprender. Cada símbolo que había anotado durante las visiones parecía cobrar vida, vibrando con una energía extraña.
Mientras tanto, Tatsuki recorría las mismas calles, aunque en su tiempo. La ciudad estaba llena de movimiento, pero él sentía que algo estaba fuera de lugar. Cada persona, cada edificio, parecía reflejarse de manera diferente, como si los años se superpusieran unos sobre otros.
En un instante, Tatsuki vio una luz parpadeando entre los árboles de un parque cercano. La misma luz que Hana había visto días antes. Sintió un impulso irresistible de acercarse, aunque no supiera por qué.
Hana, en su tiempo, vio la misma luz. Su corazón dio un salto: la reconoció de inmediato. Era como si su propio cuerpo reaccionara antes que su mente.
—No puede ser… —susurró Hana, avanzando con cautela.
De repente, ambos sintieron un tirón intenso, como si un hilo invisible los arrastrara. Hana cerró los ojos, y su visión se llenó de flashes: calles destruidas, edificios que se movían solos, y entre todo eso, una figura masculina que parecía tan real como ella.
Tatsuki también experimentó lo mismo. Una ráfaga de imágenes cruzadas inundó su mente: recuerdos de Hana que aún no existían, escenas que nunca había vivido y que sin embargo sentía como propias.
—¿Qué… qué está pasando? —dijo en voz baja, aferrando su cuaderno con fuerza.
Hana abrió los ojos y vio algo imposible: una silueta frente a ella, difusa pero reconocible. Los detalles eran vagos, pero la conexión que sentía no podía ser negada.
Al mismo tiempo, Tatsuki vio un reflejo idéntico. No podía tocarla, pero la sentía a su lado, compartiendo el mismo espacio invisible.
Por primera vez, ambos comprendieron la magnitud de su vínculo: no solo se trataba de tiempo o espacio, sino de algo más profundo, un lazo que trascendía cualquier lógica.
—Debemos encontrarnos… —pensó Hana con determinación.
—Sí… no importa lo que cueste —respondió Tatsuki en su mente, aunque ella no pudiera oírlo—. Te encontraré.
Esa noche, mientras la ciudad dormía, ambos se recostaron en sus camas, sintiendo la misma brisa, escuchando el mismo silencio. El tiempo y la distancia ya no eran barreras: algo más poderoso los estaba uniendo, y sabían que el próximo encuentro podría cambiarlo todo.