La lluvia comenzó a caer suavemente sobre la ciudad, creando un ritmo constante que acompañaba los pensamientos de Hana. Cada gota parecía resonar con sus recuerdos, recordándole las visiones que la habían perseguido durante días.
—No puedo dejar que esto me controle —murmuró, abrazando su libreta contra el pecho—. Debo entenderlo… debo verlo todo.
Mientras caminaba por la acera, notó que las sombras a su alrededor parecían moverse de manera extraña, alargándose y encogiéndose como si tuvieran vida propia. Se estremeció y apretó los puños: el tiempo no estaba actuando como debía.
A la misma hora, Tatsuki se encontraba en el parque, observando cómo la luz del sol se filtraba entre las nubes. Su cuaderno comenzó a vibrar y, por un instante, las palabras que había escrito parecieron brillar.
—Esto… no puede ser coincidencia —pensó—. Hay alguien más, alguien que manipula el tiempo.
Hana, sin saberlo, estaba cerca de un punto donde las líneas temporales comenzaban a mezclarse más intensamente. Sintió un tirón en el pecho y un calor extraño recorriendo su cuerpo. Cuando abrió los ojos, vio una figura que se desvanecía frente a ella, pero que de alguna manera le resultaba familiar.
Tatsuki también experimentó lo mismo. Una ráfaga de imágenes cruzadas llenó su mente: recuerdos de Hana que aún no existían, escenas de su futuro mezcladas con su pasado, y algo oscuro que los acechaba desde la distancia.
—¿Qué quieren decirme estas visiones? —murmuró Hana, mientras guardaba su libreta—. No puedo ignorarlas más.
Un trueno retumbó en el cielo, y ambos sintieron el mismo escalofrío recorriendo sus espinas. Sabían que el tiempo les estaba mostrando algo importante, pero todavía no comprendían todo el peligro que se avecinaba.
Mientras la lluvia se intensificaba, Hana y Tatsuki dieron un paso más cerca de descubrir la verdad. Pero también comenzaron a darse cuenta de que cada visión tenía un precio, y que lo que estaban por enfrentar podría cambiarlo todo para siempre.