Hana y Tatsuki llegaron a un parque abandonado, donde los árboles se mecían con un viento frío y constante. La ciudad parecía dormir, pero ambos sabían que la calma era engañosa.
—Siento… algo diferente aquí —dijo Hana, apretando la llave con fuerza—. Como si este lugar tuviera recuerdos propios.
Tatsuki asintió, abriendo su cuaderno. Las palabras comenzaron a escribirse solas:
"Cuando el pasado y el futuro se encuentren, la verdad aparecerá."
Hana respiró hondo. —¿Crees que podamos verlos al mismo tiempo? —preguntó, con un hilo de esperanza en la voz.
—No lo sé —dijo Tatsuki—. Pero debemos intentarlo.
Se sentaron uno frente al otro, colocando la llave y el cuaderno entre ellos. Cerraron los ojos, concentrándose en las visiones que cada uno había tenido por separado.
Al principio, nada pasó. Solo un silencio pesado y un susurro distante que parecía venir de todas partes. Pero de repente, un destello azul iluminó sus rostros. Las imágenes comenzaron a formarse: edificios derrumbándose, calles vacías, y fragmentos de recuerdos de sus propias vidas, mezclados con momentos del otro.
Hana abrió los ojos y vio lo que Tatsuki había visto días atrás. Y él, a su vez, pudo percibir las visiones de Hana. Por primera vez, compartieron el mismo fragmento del tiempo.
—Esto… esto es increíble —susurró Hana—. Estamos conectados.
—Sí —respondió Tatsuki—. Si podemos controlar esto, podremos entender lo que realmente pasó… y tal vez, cambiarlo.
Las luces de la ciudad parpadearon, y los símbolos proyectados por la llave comenzaron a girar, formando un patrón que parecía un puente entre sus dos líneas temporales.
—Debemos recordar cada detalle —dijo Hana—. Cada sensación, cada visión, todo importa.
Tatsuki la miró, con seriedad. —Si entendemos esto, podremos anticiparnos al terremoto. Pero no será fácil. El tiempo tiene sus propias reglas.
Y mientras el viento susurraba a través del parque, ambos comprendieron que su conexión era la clave para enfrentar lo que venía, y que a partir de ese momento, no habría vuelta atrás.