Ecos del silencio

Mensajes entre líneas

Hana y Tatsuki caminaron por las calles desiertas, cada uno sumido en sus propios pensamientos. La conexión que habían experimentado en el parque todavía vibraba en sus cuerpos, dejándolos con una sensación de asombro y responsabilidad al mismo tiempo.

—No puedo dejar de pensar en lo que vimos —dijo Hana, mientras ajustaba la bufanda alrededor de su cuello—. Es como si el tiempo nos estuviera hablando directamente.

Tatsuki asintió, revisando su cuaderno. —Cada símbolo, cada visión… parece un mensaje. Si lo desciframos correctamente, sabremos qué hacer antes del terremoto.

De repente, un sonido sutil como el roce de papel llamó su atención. Hana miró a su alrededor y vio un pedazo de hoja flotando en el aire. Se acercó y lo tomó. En él, había garabatos que parecían aleatorios, pero al mirar más de cerca, ambos reconocieron un patrón: sus propias iniciales entrelazadas con símbolos del cuaderno.

—Esto… esto no puede ser coincidencia —susurró Hana—. Es como si alguien o algo nos estuviera dejando pistas.

Tatsuki tomó la hoja y la comparó con su cuaderno. Cada símbolo coincidía con los que habían visto en las visiones, y formaba una especie de mapa. —Tenemos que seguir esto —dijo—. Nos llevará a otra parte de la historia que aún no hemos visto.

Hana respiró hondo y asintió. —Pero… ¿y si es peligroso? —preguntó, con un toque de miedo en su voz.

—Lo será —dijo Tatsuki con firmeza—. Pero si queremos cambiar lo que va a pasar, debemos arriesgarnos.

Avanzaron siguiendo las pistas del papel, cruzando calles, atravesando callejones y esquivando sombras que parecían observarlos. Cada paso los acercaba a un lugar donde pasado y futuro se encontraban, donde podrían entender la magnitud del terremoto y su verdadero propósito.

—Esto… esto es más grande de lo que imaginábamos —dijo Hana—. No solo es la ciudad. Es todo el tiempo.

Tatsuki la miró y sonrió con determinación. —Entonces no podemos fallar. Cada símbolo, cada visión, cada mensaje… es nuestra guía. Y juntos, vamos a llegar hasta el final.

Mientras avanzaban, el viento susurraba entre los edificios, trayendo consigo fragmentos de voces lejanas. Hana comprendió entonces que el tiempo mismo les estaba enviando advertencias, y que ignorarlas sería un error fatal.




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