La lluvia comenzó a caer suavemente sobre la ciudad, haciendo que las luces de los faroles se reflejaran en los charcos del suelo. Hana y Tatsuki avanzaban bajo el paraguas, susurrando entre ellos sobre las visiones que habían tenido durante todo el día.
—Cada vez entiendo menos… —dijo Hana, mirando cómo la lluvia borraba parcialmente los grafitis de las paredes—. Es como si cada lugar tuviera su propia historia que no quiere ser contada.
Tatsuki la observó con atención. —No es que no quiera ser contada —dijo—. Es que solo nosotros podemos descifrarla. Cada sombra, cada grieta… nos muestra algo que otros no ven.
De repente, la lluvia se detuvo. Un silencio absoluto llenó el callejón. Y entonces lo vieron: una figura difusa que parecía observarlos desde la distancia. No era completamente visible, pero su presencia se sentía, como si el tiempo mismo la hubiera retenido.
—¿Quién… quién es? —susurró Hana, con el corazón latiendo rápido.
—No lo sé —respondió Tatsuki—. Pero siento que nos está guiando. Debemos seguirlo.
La figura comenzó a moverse, y cada paso que daba dejaba un rastro de luz azulada sobre el pavimento. Hana y Tatsuki la siguieron sin dudar, sintiendo que cada instante los acercaba a algo importante, aunque no sabían qué.
Mientras corrían, fragmentos de recuerdos pasados comenzaron a mezclarse: momentos que Hana no había vivido y que Tatsuki no recordaba haber presenciado. Todos formaban un patrón que, poco a poco, comenzaban a comprender.
—El tiempo… nos está enseñando —dijo Hana—. Cada visión, cada eco… nos prepara para lo que viene.
—Y si no entendemos a tiempo —dijo Tatsuki, con voz firme—, todo podría perderse.
La figura desapareció justo frente a ellos, dejando solo un pequeño objeto en el suelo: un reloj antiguo, con las manecillas girando en direcciones imposibles.
—Esto… es una señal —dijo Hana, recogiendo el reloj—. Nos está diciendo que el pasado y el futuro están conectados… y que nosotros debemos encontrar cómo unirlos.