El amanecer pintaba el cielo con tonos rosados y dorados. Hana y Tatsuki caminaban por un parque vacío, cada paso levantando hojas secas que crujían bajo sus pies. El silencio era tan profundo que parecía contener todos los secretos de la ciudad.
—¿Crees que realmente podamos cambiar algo? —preguntó Hana, mientras observaba las sombras alargarse entre los árboles.
Tatsuki la miró, con expresión seria pero calmada. —No cambiar, sino entender —respondió—. Cada fragmento que descubrimos nos muestra cómo se entrelazan las memorias del pasado y del futuro. Si lo comprendemos, podremos actuar con precisión.
Entre los arbustos, un destello azul captó su atención. Al acercarse, encontraron un pequeño cuaderno con páginas gastadas y manchas de agua. Las notas eran fragmentos de recuerdos que no les pertenecían del todo, pero que resonaban con fuerza en sus mentes.
—Cada línea… es como un eco de alguien que estuvo aquí antes —dijo Hana, hojeando el cuaderno con cuidado—. Y siento que nos está diciendo algo.
—Tal vez sean instrucciones —dijo Tatsuki, tomando otra página—. O advertencias. Lo importante es que debemos interpretarlas correctamente.
Mientras leían, comenzaron a notar que las visiones de ambos empezaban a sincronizarse. Los recuerdos de Hana sobre el futuro se alineaban con los recuerdos de Tatsuki sobre el pasado, creando un patrón que antes parecía imposible.
—El tiempo… está respondiendo —susurró Hana, con un hilo de emoción en su voz—. Y nosotros estamos en medio de ello.
—Entonces —dijo Tatsuki, apretando su puño—— debemos seguir este rastro de memorias hasta el final. No importa lo difícil que sea, no podemos detenernos.
El parque parecía respirar con ellos, como si el propio mundo reconociera su determinación y los guiara hacia lo que debían descubrir. Cada hoja movida por el viento era un mensaje, cada sombra una advertencia, y cada rayo de luz una esperanza que los empujaba hacia adelante.